lunes, 24 de octubre de 2011

El hambre: tercer jinete del Apocalipsis

Domingo 23 de Octubre, 2011

La Crónica de Hoy

Manuel Gómez Granados

“Abejas sin comida, colmenas perdidas”, dice un refrán respecto de aquéllos que trabajan fuerte pero que sus ingresos no son suficientes ni para comer. El jinete del Apocalipsis del hambre ya está aquí: uno de cada cinco mexicanos no tiene recursos suficientes para adquirir alimentos. Comen poco y mal.


El fenómeno es mundial, por eso existe una preocupación sobre el tema del hambre y la escasez de alimentos, tanto que, ahora, en todo el mundo, se publican noticias que tratan la magnitud de la crisis alimentaria global y los factores que tratan de explicarla. Instancias como el Banco Mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura, la FAO, organizaciones civiles de alcance global como Oxfam, y distintos gobiernos de todo el mundo dirigen sus esfuerzos para encontrar soluciones a este gravísimo problema.


Sabemos, por estudios que se han elaborado en crisis previas, que quienes más sufren por este tipo de situaciones son las clases medias y populares que habitan en las grandes urbes, y que estos sectores de la población tienen que dedicar entre el 50 y hasta el 70 por ciento de sus ingresos a la compra de alimentos y lo demás, aunque sean necesidades básicas, se atiende sólo si alcanza el dinero. Pero es difícil que esto lo comprendamos quienes nunca hemos tenido hambre.


Banco Mundial y Oxfam proponen establecer controles que impidan o limiten la especulación con los precios de los alimentos, que pueden ser muy útiles, del mismo modo que son buenas las iniciativas de la FAO para aumentar la productividad, mejorar las redes de distribución o abatir los costos de producción de los alimentos. Pero la realidad y la experiencia nos indican que esos programas o políticas no son tan rápidas como exige la realidad.


Una de las razones que explican la escasez de alimentos es que los habitantes de las ciudades no producimos alimentos. Dependemos de quienes los producen y de lo que podamos comprar con salarios que están lejos de ser tan dinámicos como los precios, ya que llevan varios años de acumular pérdidas constantes en su poder adquisitivo. Paradójicamente, Heriberto Félix, secretario de Desarrollo Social en México, en un comunicado de Sedesol del pasado 12 de mayo, dijo que diariamente se desperdician 30 mil toneladas de alimentos en nuestro país.


Lo primero que habría que señalar es que tenemos que reconocer y garantizar la alimentación básica para todos como un derecho humano fundamental, por lo tanto, no es optativo ni depende de la voluntad de los políticos en turno ni de la buena voluntad de algunos.


Dice la Declaración Universal de los Derechos Humanos en el artículo 25: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado, que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación…” Mientras logramos que este derecho se reconozca y garantice para todos, los llamados bancos de alimentos así como Cáritas y distintas organizaciones de la sociedad civil pueden ayudar a paliar el hambre de muchas personas. ¡Qué bueno que existen esos bancos de alimentos y las instituciones de asistencia social! Es de agradecerles el enorme servicio que prestan, pero reconozcamos que la alimentación es un derecho humano, y no es ético dar como caridad lo que se debe como exigencia de justicia.


Además, como lo hicieron nuestros abuelos, también podemos producir nuestros propios alimentos; incluso en pequeños espacios de patios o azoteas. Hacerlo implica usar tecnologías simples, sin grandes inversiones. El rango de alimentos que se pueden producir es variado, puede ir desde jitomates cultivados en macetas, hasta pequeños gallineros que produzcan huevo y carne para autoconsumo familiar.


Algunas instituciones como la Fundación Luis María Martínez, IAP trabajan con pequeños invernaderos en los que se producen hongos y legumbres. Las experiencias han sido muy exitosas en zonas rurales, donde se han impulsado estas iniciativas y en la periferia de ciudades, como Ciudad Juárez, Tepotzotlán, Estado de México, y Xochimilco, DF. La lógica es muy sencilla: en lugar de dar el pescado, hay que enseñar a pescar. En lugar de utilizar grandes extensiones de terreno, se cultiva de manera intensiva en un pequeño espacio.


Urge reinventar nuevas formas de producir alimentos y buscar las maneras de crear proyectos productivos sustentables, para construir un espacio cada vez mayor de economía solidaria y comunitaria. Ese tipo de economía a escala humana, además, puede ayudar a reconstruir el tejido social, recuperar la confianza entre las personas y favorecer la interacción entre vecinos. Urge también que todos seamos más austeros y ahorrativos o menos despilfarrados. Mientras, que la economía global siga buscando soluciones lucrativas para ganar más dinero con el hambre.

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