lunes, 28 de noviembre de 2011

Arrogancia perfeccionista

Fernando López Anaya.

En la segunda mitad del siglo XX, políticos e ideólogos hablaban de la dialéctica como el método del marxismo para interpretar y dar lectura a la realidad social, le llamaron la “izquierda hegeliana”; así se hizo posible el discurso de la lucha de clases. Por medio de la dialéctica se explicó la manera en que la clase feudal encontró su negación, es decir, su contrario, en el surgimiento de los burgueses, comerciantes que establecieron una nueva dinámica económica gracias a la llegada de la producción en serie, de esta manera se instauró un nuevo orden social.

Siguiendo esta lógica, los burgueses debieron encontrar su negación en el proletariado, que al aprender a usar la técnica de la producción en serie, lo esperado es que superaran a la clase burguesa, tal y como ésta superó a la feudal, pero la dialéctica se equivocó. La historia señala una brecha cada vez mayor entre los dueños de los medios de producción y la clase obrera. Parece que el marxismo no consideró la especulación financiera, el mercado de valores…

A finales de la segunda guerra mundial, el camino de la dialéctica no continuó su elevación. El pensamiento dialéctico se sustituyó por su contrario: crítico por esencia, originó un dogmatismo, debido a la sistematización abusiva. La dialéctica se convirtió en soporte restringido de una ideología que aniquila la negatividad, es decir, la reflexión crítica. La dialéctica se limitó a encerrase en un sistema. ¿Qué ocurrió? Carente de soporte lógico, el pensamiento dialéctico no se distinguía de la sofística, es decir, de argumentos válidos y no válidos, el punto de doblez se localiza en la dinámica de negación que el mismo marxismo no aguantó.

La actitud triunfalista de los ideólogos marxistas que impulsaron la crítica como la negación de una tesis para superarla y llegar a la síntesis, provocó que se cimbrara el sistema porque los estadistas creyeron agotar el método. Así resulta un marxismo inoperante, anquilosado y sin curarse a sí mismo.

H. Marcuse lo expresa así, El pensamiento dialéctico ha sido atacado en su punto débil: el enlace con la lógica, la lógica ha avanzado y la dialéctica no. Ahora nos encontramos mirando el pasado y buscando opciones al capitalismo agresivo,  que deja un saldo de más de mil millones de pobres en todo el mundo, en carencia absoluta, según datos de la ONU.

Las instituciones que se dedican a valorar las políticas públicas enfocadas al combate de la pobreza carecen de dientes, es decir, de posibilidades reales de cambiar el rumbo de muchas decisiones que toma el Estado, emiten evaluaciones que no conducen a la corrección de acciones ante la falta de resultados visibles de disminución de los índices de pobreza. La crítica tiene un valor de cambio, no de uso. La crítica es una mercancía más que se negocia. En México, la institución que evalúa la política pública de desarrollo social, CONEVAL, analiza impotente lo que dió a conocer en junio del presente año, el número de personas en situación de pobreza subió de 48.8 millones a 52 millones entre 2008 y 2010, lo que significa que el 46.2% de la población se encuentra en esa situación, contra el 44.5% de 2008.

El comunismo tuvo la oportunidad de dar opciones de progreso a los pueblos, pero la negación a la crítica ha hecho que su propia arrogancia perfeccionista se convirtiera en su propio enemigo.

La pobreza ha sido un tema de distribución equitativa, que requiere constantes ajustes y adaptaciones a los sistemas de administración políticos y económicos, según la sociedad cambia y se transforma. Los “buenos” resultados macroeconómicos pueden significar empobrecimiento. El aumento de las desigualdades es el resultado de la falta de inclusión social, y cuando el sistema económico se contrae, se estrecha y se mira a sí mismo como si fuera un fin y no un medio, los sectores de la población que pueden acceder a él son pocos. El crecimiento de la riqueza no precisamente se traduce en un progreso de la humanidad.

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