martes, 8 de noviembre de 2011

Dimensiones Básicas de un Desarrollo Humano Integral

Miguel Martínez Miguélez

El ser humano es un suprasistema altamente complejo, pero más o menos integrado. El nivel de integración armónica determina el grado de desarrollo y madurez de su personalidad. Todo esto impone a la educación una tarea o misión sumamente ardua y difícil, en la cual frecuentemente fracasan muchos educadores y otros profesionales que trabajan en el desarrollo humano. La superación de dichas dificultades estriba en un conocimiento teórico-práctico de los diferentes niveles de las áreas a desarrollar en las profesiones de ayuda. Ésta es la labor que trata de ilustrar este breve estudio asumiendo un enfoque psicológico y pedagógico.  

Visión de Conjunto

El auténtico “desarrollo humano” siempre ha sido sesgado a través de la historia, en una u otra dirección, con una u otra perspectiva limitante que, a veces, dejan fuera de su vista aspectos centrales y fundamentales del mismo. Por ello, la “educación” así “desarrollada” quizá merezca otro nombre menos ilustre y, sobre todo, menos comprometedor.

El ser humano, como todo ser vivo, no es un agregado de elementos yuxtapuestos; es un todo integrado que constituye un suprasistema dinámico, formado por muchos subsistemas perfectamente coordinados: el subsistema físico, el químico, el biológico, el psicológico, el social, el cultural, el ético-moral y el espiritual. Todos juntos e integrados constituyen la personalidad, y su falta de integración o coordinación desencadena procesos patológicos de diferente índole: orgánica, psicológica, social, o varias juntas.

Por esto, el llevar a un ser humano a su pleno desarrollo y madurez, en su realidad integral, constituye la empresa más difícil y ambiciosa que pueda proponerse una persona, una institución e, incluso, una sociedad completa. Sin embargo, caminar en esa dirección, abriendo horizontes e iluminando caminos, es la meta que se propone, en general, toda verdadera educación y desarrollo pleno del ser humano.

El cerebro de un simple animal está formado por áreas perfectamente delimitadas y circunscritas: son áreas comprometidas con un desempeño genéticamente determinado para mantener su vida en perfecto estado y propagar la especie. El cerebro del ser humano, en cambio, está compuesto prevalentemente por áreas no comprometidas, disponibles para el desempeño y funciones que adquiere a través de la formación familiar y social; y es un hecho desafiante el que sólo una mínima parte de estas áreas no comprometidas (inferior, quizá, a un 10%) se desarrolle plenamente. Esta diferencia y situación señalan los alcances y posibilidades sin límites que se le ofrecen al ser humano por su misma estructura genética cerebral. Indica, asimismo, la magnitud de las metas y el nivel de los objetivos de su posible desarrollo futuro. Por ello, todo desarrollo del ser humano deberá tener en cuenta, en su programación, primero, las posibilidades del mismo y, en un segundo lugar, los medios más adecuados que faciliten y conviertan en realidad ese posible desarrollo.

En este sentido, el concepto mismo de desarrollo, cuando está referido al ser humano, debe ser bien entendido. Deberá ser entendido en sentido estricto (como despliegue o desenvolvimiento) en los niveles de las estructuras físicas, químicas y biológicas; pero deberá ser entendido en sentido sólo metafórico al referirse a la configuración de estructuras psíquicas, sociales, culturales, éticas, espirituales u otras de nivel superior, ya que, en este nivel, no existe una sola meta prefijada genéticamente, como es el caso de las estructuras inferiores, sino múltiples posibilidades, entre las cuales se deberá escoger basándose en criterios u opciones y alternativas, unas veces de naturaleza ideológica y otras, incluso, con trasfondo ético.

La amplitud y complejidad del desarrollo humano ha propiciado que múltiples disciplinas se hayan abocado a estudiar y tratar de desentrañar su realidad y enigmática naturaleza. La filosofía de la educación, la pedagogía, la biología genética, la psicología del desarrollo, la sociología educativa y muchas otras han dado aportes muy valiosos para guiar la acción práctica de las profesiones de ayuda. ¿Qué líneas matrices se derivan de estos esfuerzos e investigaciones interdisciplinarias?  La filosofía griega creó una imagen del hombre centrada en la virtud y la razón: el hombre alcanzaba la virtud a través del uso de la razón y siguiendo sus demandas. El pensamiento cristiano le añadió los conceptos de amor y pecado. El Renacimiento introdujo los aspectos de poder y voluntad, plasmando la imagen política del hombre. Los siglos XVIII y XIX racionalizaron el interés de los hombres por la propiedad, las cosas y el dinero. La imagen freudiana de la primera mitad del siglo XX enfatizó el aspecto impulsivo, irracional e inconsciente del ser humano, y la psicología conductista puso el acento en la presión que ejercen los factores ambientales. Pero nunca como en los tiempos actuales se enfatizó tanto la necesidad de la armonía y convivencia cívicas, como lo hace la Psicología Humanista (Martínez, 2004). Por ello, esa armonía de áreas del desarrollo humano es la que trata de ilustrar este breve estudio, ponderando la importancia y función de cada una de ellas.

El filósofo Baruch Spinoza afirmó que “el hombre es un animal social”, pero los pensadores existencialistas han puesto un énfasis particular en los dilemas que vive el hombre contemporáneo en una sociedad de masas y estandarizada, en la cual se siente como enjaulado, alienado y deshumanizado. En esa situación, aunque rodeado de gente por todas partes, el individuo se siente solo ante su propia existencia, que le obliga a encarar sus dudas, miedos y ansiedades, y busca la compañía de los demás como un medio para superar su soledad. Así, esta tendencia, natural en el hombre, se ve aumentada en los últimos tiempos.

Este cambio básico en nuestra sociedad, que hace de todo ser un ser-en-relación, donde cada entidad social está constituida por un grupo de relaciones que tiene con las demás entidades, requiere paralelamente un cambio en la educación. La nueva educación debe fijar como una prioridad el sentido y conciencia de la propia responsabilidad, es decir, ser sensible y percatarse de la repercusión positiva o negativa que la conducta individual tendrá en las demás personas.

Durante los últimos 20 años, la UNESCO, como Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, viene insistiendo en una serie de ideas de máxima relevancia (Ciret-UNESCO 1997, 2000, UNESCO 1979, 1998a, 1998b). Entre esas ideas están las siguientes afirmaciones:

¨ Los Países en Desarrollo sólo lo alcanzarán con una calificada y competente preparación de sus profesionales.
¨ La desorientación de la Universidad es un fenómeno mundial.
¨ Los cambios mundiales tienen un ritmo acelerado.
¨ La lógica clásica y pensamiento único generan pobreza.
¨ No podemos seguir parcelando el saber; necesitamos un enfoque transdisciplinario.
¨ Es urgente una visión trans-nacional, trans-cultural, trans-política y trans-religiosa.
¨ Debemos adoptar un paradigma sistémico para la complejidad.
¨ Es necesario rehacer los Planes de Estudio.
¨ El Diálogo como Método es imprescindible

Arriba señalamos que el “desarrollo humano” siempre ha sido sesgado a través de la historia. En efecto, McLuhan dice: “no sé quién descubrió el agua por primera vez, pero estoy seguro que no fueron los peces”. Todos llevamos una cultura y una historia a cuestas, como un agua que nos rodea y en la que vivimos, con todas sus implicaciones para nuestro proceso cognitivo, impregnada de valores, creencias, intereses, sentimientos, etc. Por ello, aun cuando se trate de Organismos de gran prestigio, como lo es, en nuestro caso, el PNUD, al fijar unos “indicadores para definir el desarrollo humano” con pocos conceptos una vida más larga, más saludable y más plena–, inmediatamente pedimos que se explicite el contenido conceptual de cada uno de estos componentes; y es aquí donde se ubica el problema. Efectivamente, nuestra mente inquisitiva quiere ver cuántos y cuáles son los factores que entran en juego y, sobre todo, qué función desempeña cada de ellos en esa compleja y enmarañada red estructural y semántica de relaciones que se forma, pues no se trata únicamente de algo multidimensional (asumiendo este término en su acepción estricta: geométrica), sino, y sobre todo, de algo mucho más complejo, como son las interacciones continuas entre sus variados factores.

Ahora bien, esta línea de reflexión desemboca por su propia naturaleza en la exigencia de un cambio de paradigma epistémico, en la necesidad de adoptar un paradigma sistémico (como nos pide la UNESCO desde 1979) para enfrentar la alta complejidad con que se nos presentan las realidades del mundo actual y, especialmente en el proceso educativo, pues, como dice Ludwig von Bertalanffy, “desde el átomo hasta la galaxia vivimos en un mundo de sistemas” (1981:47).

Ya desde la segunda parte del siglo XX, la filosofía de la ciencia se centró en este estudio epistemológico, y, en la sola década de los 60, le dedicó cinco simposios internacionales que concluyeron levantando lo que se ha llamado el acta de defunción de la concepción heredada (el positivismo lógico), la cual, a partir de ese momento, según Popper, “quedó abandonada por casi todos los epistemólogos”, debido “a sus dificultades intrínsecas insuperables” (1977:118). Esta posición se puede resumir en el título que Edgar Morin pone en una reciente obra suya: La cabeza bien puesta (2002), y que Einstein llamaba “saber pensar”. Por nuestra parte, ese arduo problema básico lo enfrentamos a fondo en una obra que ha tenido ya tres ediciones y más de una docena de reimpresiones, traducida también al inglés (19931, 19972, 2006c).

Nota tomada del artículo: "Dimensiones Básicas de un Desarrollo Humano Integral"
Revista de la Universidad Bolivariana, Volumen 8, Nº 23, 2009, p. 119-138
 

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