domingo, 13 de noviembre de 2011

México hoy, democracia y discriminación


La Crónica de Hoy

Manuel Gómez Granados

Si algo queda claro en los pocos más de 200 años de experiencia de gobiernos democráticos en el mundo, es que la democracia por sí misma, sus reglas y sus métodos de selección de gobernantes, de toma de decisiones y de solución de conflictos, logran poco o nada sin derechos humanos y sin desarrollo integral. Estos tres conceptos, democracia, derechos humanos y desarrollo, se necesitan uno al otro, se refuerzan mutuamente y sólo cuando logramos un equilibrio dinámico y productivo entre los tres garantizamos la paz.

En México, el sentir de los ciudadanos, que se refleja en distintos estudios publicados en fechas recientes, arroja datos muy interesantes. Por una parte, tenemos la octava entrega de la Encuesta Nacional de Valores: Lo que nos une y lo que nos divide (ENVUD), que publicó este mes la revista Este País; por otra, tenemos la Encuesta Nacional Sobre Discriminación 2010 (ENADIS), que difunde activamente Ricardo Bucio, presidente del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación.

En ambas encuestas, queda de manifiesto que la mayoría de la población prefiere la democracia, a pesar de sus insuficiencias en la práctica. En las cinco clases en las que ENVUD divide a los mexicanos (baja, obrera, media baja, media alta y alta), la respuesta a la pregunta “¿usted considera que la democracia es buena o mala forma de gobierno?”, es “buena” para 74% de la clase alta y para 80% de la clase obrera. Somos, además, una sociedad “más moderna de lo que generalmente se admite”, sin importar el ingreso o la educación, y somos, nos dice ENVUD, una sociedad homogénea.

Las citadas encuestas identifican problemas en las prácticas democráticas. En un sentido, ENVUD, deja ver que no nos sentimos representados por diputados y senadores, lo que anularía el propósito mismo de contar con un congreso que represente al pueblo. Por otra parte, ENADIS muestra que prevalece la discriminación a los diferentes: los pobres, los indígenas, los negros, las mujeres y los homosexuales. Se discrimina más en la ciudad de México que en Guadalajara, lo que cuestiona las ideas más comunes acerca del vínculo entre religión y discriminación, y hace pensar en el peso que tienen las diferencias de clase.

Estos estudios manifiestan que somos un pueblo descontento, pero no somos nostálgicos del autoritarismo. Deseamos que continúen los avances en la democracia y tenemos claro que esos cambios deben respetar los derechos humanos, la transparencia en la gestión pública y el Estado de derecho. ENVUD señala, por ejemplo, que existe un “gran descontento entre la población con respecto a los gobiernos y que una parte de la sociedad civil exige cambiar el juego político”. Ese descontento contrasta con una disposición de ánimo que ya había dado a conocer la encuesta que la revista Nexos, publicada en febrero de este año, y que la ENVUD confirma: los mexicanos somos profundamente individualistas. No creemos en las ventajas que ofrece la asociación con otros. No sólo desconfiamos de las instituciones de la política; lo hacemos respecto de otras instituciones, y aún cuando existe un núcleo importante de mexicanos que desean que las cosas cambien y se organizan de distintas maneras para contribuir a la construcción de un México mejor, la realidad es que todavía son pocos.

A la vida pública mexicana le sobra mucha grilla, y le falta mucha política como actitud cívica, como disposición de ánimo para colaborar, para asociarse y encontrar soluciones a los problemas que tenemos en común. Existe un déficit para reconocer lo que le debemos al país y lo que el país nos ha dado, somos en buena medida, ingratos, incapaces de reconocer los bienes recibidos. ¿Qué tanto tiempo nos tomará reconocer los límites de nuestra condición actual, de nuestro individualismo exacerbado? ¿Qué tendrá que ocurrir para que cambiemos? Es difícil saberlo. Mientras que en otros países, incluso en Estados Unidos, abundan hasta los movimientos de protesta, en México nada o casi nada ocurre.

No es posible saber qué lectura darán los partidos y sus candidatos a este reto, pero tendría que quedar claro que estamos ya en una situación límite. Se avanza poco; se recrimina mucho, los problemas sin solución se apilan, y la mayoría esperamos que “alguien” los resuelva.

El descontento, el enojo hacia los políticos, la descalificación o incluso la ofensa no bastan. Se requieren actitudes cotidianas que alienten la colaboración, la confianza y la construcción de soluciones. Se requiere que cada uno atienda su metro cuadrado y haga su parte. Sin este cambio, seguiremos donde estamos ahora. Mientras esta historia de luces y sombras transcurre, pidamos por el eterno descanso de tantos muertos en nuestro país.

manuelggranados@gmail.com

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