martes, 6 de diciembre de 2011

AMLO, lo complejo del complejo fraterno

Fernando López Anaya.

Entre 1922 y 1936, filósofos del circulo de Viena pretendieron distinguir entre lo que es ciencia y lo que no merece tal etiqueta, y contar con un lenguaje común que exprese sólo lo físico, el espacio y el tiempo, para que, según Rudolf Carnap, integrante de este grupo de intelectuales, la ciencia no fuera un discurso sin sentido, como se decía de la clásica filosofía de Aristóteles y otros tipos de conocimientos, que se refieren a conceptos que no pueden ser verificables por la experiencia. La pretensión es formar un lenguaje universal y único, claro y preciso.

Ante este proyecto, se requería que la psicología, al igual que otras disciplinas, abandonara su lenguaje de esencias y abstracciones, y manejara términos con significados validados por la experiencia empírica, o que se preparara a formar parte de un conjunto de pseudociencias. Con esto, la psicología privilegia diversos tipos de reduccionismo conductual-determinista, donde todo se explica por medio de relaciones y procesos biologisista-sexuales y mecanismos conductuales. Así, términos como la fraternidad y la libertad no caben en este método, y bajo este razonamiento, no tienen sentido.

Sigmund Freud estableció en el psicoanálisis, un estudio de la experiencia y las relaciones mecanicistas de la conducta humana con la sexualidad. Si tocamos el tema de la fraternidad y queremos ponerlo al centro de un discurso, tal y como lo hizo, hace algunos días, el precandidato a la Presidencia de la República Mexicana por el Partido de la Revolución Democrática, Andrés Manuel López Obrador, al hablar de la fraternidad como su nueva forma de hacer política, el asunto nos refiere forzosamente al tema del complejo fraterno del que habla Freud en Totem y Tabú, como un elemento estructurante de la persona, donde se subraya el complejo de Edipo y Electra, como aquello que explica las motivaciones para asociarnos y considerarnos hermanos, aquello que detona una alianza para contrastar con la autoridad; y así, sustituir las carencias que arrastramos y/o complementar tendencias de conducta.

Ante esto, es pertinente ilustrar el hecho con el teorema de incompletud de Kurt Gödel, que expresa que ningún sistema de reglas puede mostrar todos los enunciados verdaderos de otro. Así, podemos inferir que todo lo verdadero que hay en las relaciones fraternales no puede ser “expresable” en un lenguaje que sólo admite lo verificable, como es el caso del psicoanálisis. Incluso, cotidianamente constamos que hay verdades en el corazón humano que no podemos expresar en su totalidad.

No podemos caer en la afirmación de que en todas y en la totalidad de nuestras relaciones que consideramos “fraternales”, la explicación del complejo fraterno tiene cabida, que pueden traducirse a términos de relación mecanicista-sexual; si nos acotamos a los reduccionismos de algunas escuelas de psicología, toda manera de relacionarnos, con cualquiera que sea su intencionalidad, su manifestación queda incompleta, indecible, frustrada…

En todo caso, en cuanto a las relaciones personales, podemos hacer un ejercicio de revisión y purificación, de sanación de nuestras intenciones, pero no excluir la posibilidad de que una relación interpersonal nazca de la certeza espiritual de que el otro es mi hermano. En este sentido, la fenomenología de E. Husserl puede ayudar a emprender lo que se llama una ‘epojé’; es decir, una suspensión del juicio, poner entre paréntesis los hechos que quiero purificar, aquellas relaciones fraternales que me urge revisar; incluso, no sólo purificar sino transformar.

En el ámbito personal, es pertinente manifestarnos como personas fraternales, pues sólo una certeza personalísima de confianza mutua puede lograr que cada individuo se exprese en plenitud. Pero no podemos decir lo mismo cuando las circunstancias son distintas, cuando el entorno es la esfera pública, cuando el lenguaje de la intersubjetividad es lo más funcional para avanzar en acuerdos y asuntos de bien común.

En un entorno de ciudadanía y asuntos de participación y vigilancia sobre temas de interés público, no podemos aceptar aquello que dé cabida a la imprecisión. Se requieren discursos políticos con argumentos claros, que den certeza de funcionalidad, sin romanticismos. Muchos quisiéramos pensar que la política es tan encantadora como estar enamorado, pero debemos abrir los ojos y criticar a los políticos, especialmente cuando no sabemos a qué se refieren cuando hablan de fraternidad y la construcción de una república amorosa.

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