miércoles, 28 de diciembre de 2011

La política de hacer política

Fernando López Anaya.

En el 322 a.C., Aristóteles definió al hombre como un animal político; y en el s. XIII, Tomás de Aquino se expresó de la política como lo que hace posible el bien común. Actualmente reconocemos que las sociedades occidentales, y supuestamente democráticas, somos herederos de esta forma de pensar la realidad social.

En 1872, Federico Nieztche, crítico de la cultura occidental, advierte en El nacimiento de la Tragedia, dos lecturas de la realidad, y que los griegos desarrollaron, lo apolíneo y lo dionisiaco. Lo apolíneo es el culto al dios Apolo, representa lo racional, el orden, lo estructurado; el culto al dios Dionisios representa la pasión, la embriaguez, lo instintivo, la locura…

Según Nieztche, la cultura griega inicia su decadencia cuando se dogmatiza el culto al dios Apolo. Sócrates y Platón fueron señalados por Niezche de pretender hacer del mundo una realidad inteligible, con prioridad sobre el mundo sensible, y de detonar esta desintegración en el mundo occidental.

Miguel de Unamuno, en 1912, manifiesta en Sentimiento trágico de la vida, que vivir es una cosa y conocer es otra, y agrega, hay entre ellas una tal oposición que podamos decir que todo lo vital es antirracional… y todo lo racional, antivital.

En Occidente observan que damos énfasis a lo racional, y la política no escapa a este juicio. Una dimensión meramente teórica articula y ordena la esfera pública. Lo político no puede ser visto sólo como objeto de conocimiento, como tampoco debiera ser visto como cuestión meramente afectiva.

Manejar la política sólo como un ejercicio reflexivo, con medición de costos, activos y pasivos, llevó y sigue conduciendo a acotamientos territoriales, económicos, sociales… y por lo menos en México, a una regulación prohibitiva de  instituciones en cuanto se trata de administrar la democracia: IFE, partidos políticos, tribunales electorales… sistema de restricción al que pocos acceden, sólo a quienes el mismo mecanismo licita para colaborar con la maquinaria institucional, que sólo en el discurso formal responde a las necesidades de representatividad que tiene la ciudadanía.

A raíz de la alternancia en el poder en México del 2006, cada vez son más los políticos que emplean con mayor frecuencia recursos retóricos, donde tratan de adaptar su ideología política a una serie de gestos y ademanes que envuelven a los ciudadanos en una sofística del talante; que se traduce en una disposición anímica que determina el modo de ver la vida pública, en el día a día, en la espontaneidad.

El talante puede quedarse en lo superficial si no madura con la crítica racional. Si no existe este esfuerzo reflexivo, el carisma, lo anímico, lo intempestivo, se queda en un caudillismo de tono pálido y superficial, hueco, sin dirección. Para ilustrar esta realidad, el pasado 15 de diciembre de este año, Enrique Krauze, historiador y ensayista mexicano, alertó del precandidado a la Presidencia de México por el Partido Revolucionario Institucional, PRI, sobre su falta de “visión de Estado”, a la vez que el periódico New York Times, a este mismo personaje lo calificó de “telegénico”; todo esto como consecuencia de su poca habilidad para elaborar, intelectualmente hablando, un discurso “flexible”.

La política encuentra su expresión más viable en la participación y vigilancia activa de los ciudadanos, a través del diálogo y debate de ideas, donde se involucra el juego productivo del talante y las propuestas lógicas y reflexionadas.

Para que la política sirva, la ciudadanía necesita impulsar sus libertades y derechos, sin esperar a que los políticos los avalen, como si los pronunciamientos oficiales dieran sustento a la realidad social, y sin considerar que la “clase política”  tenga una especie de título de propiedad sobre la esfera pública.

La política es un asunto de los ciudadanos, los excesos se cometen cuando la dejamos en manos de unos cuantos; por ello, no podemos continuar quejándonos de cualquier clase de abusos sin emprender cambiar esta situación.

Infortunadamente, el marco legal, los proyectos y presupuestos en torno a las organizaciones de la sociedad civil no inciden en políticas públicas. Algunos pueden decirnos que solo la posibilidad de ejercer el derecho de asociación es una concesión loable que los políticos mexicanos hacen, y que en otras naciones esto es un sueño. No tenemos que agradecer aquello que de suyo nos pertenece, nadie nos regala nada a las organizaciones de la sociedad civil, mejor aún, todavía esperamos un despertar para exigir lo que nos deben los políticos y que se rehúsan a dejar, el poder de quitar y poner las reglas que normalizan la democracia.

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