domingo, 18 de diciembre de 2011

Libertad, te nombro libertad...

Manuel Gómez Granados.

El Congreso mexicano acaba de aprobar una reforma fundamental que es un avance  para garantizar el más importante derecho después del derecho a la vida: el derecho de creer o no creer, el derecho de profesar convicciones fundamentales de creencia o no creencia.

En México los conflictos Iglesia-Estado hicieron que olvidáramos lo importante que es creer o no creer lo que se nos pegue la gana. El Constituyente de 1917, afectado por  los conflictos entre carrancistas y obregonistas, impuso un modelo de predominio del Estado sobre las iglesias y de control, no de libertad, en materia religiosa.

La Constitución de 1917 impuso ideas de lo aceptable, lo moderno, y la libertad religiosa no estaba incluida porque no era políticamente correcta. Las siguientes dos décadas, marcadas por el radicalismo político e incluso persecución y conflictos armados, ahondaron ese modelo, como da cuenta la historia de las reformas a los artículos 3º, 24º, 27º y 130º de la Constitución, que pueden comprenderse a partir de la metáfora del péndulo que va de un extremo a otro.

Las reformas de 1992, marcadas más por el oportunismo político de algunos de sus promotores que por el interés de la nación, dejaron muchos huecos y ambigüedades, que se han agravado en la medida que la pluralidad religiosa se hace más evidente. Emerge ahora una realidad tan compleja como la historia detrás de la primera mezquita que, en 2012, se inaugurará en la ciudad de México, con financiamiento de la familia real de Arabia Saudita.

La Reforma, aprobada el jueves pasado en medio de un acalorado debate, es digna de reconocimiento. Se equivocan quienes la califican de una contrarreforma o que es para darle más privilegios a las iglesias o que se pierde la laicidad del Estado. Esos juicios corresponden a ideologías superadas y a prejuicios. Avanzar en el reconocimiento de los derechos humanos y pugnar porque se garanticen nunca será un retroceso.

El avance radica en que el Estado reconoce el derecho de todos y cada uno de nosotros a creer o no creer y a practicar o no practicar una religión. No es el último paso que debe darse. Quedan otros, pero es un paso firme para mejorar la convivencia social.

Por otra parte, esta reforma avanza en la coherencia de la legislación mexicana con los convenios y acuerdos internacionales, firmados por nuestro país en los últimos 60 años.

Y no olvidemos: la legislación previa a 1992 no se respetaba; era letra muerta, absurda e inaplicable, y contribuyó al desdén que muchos tienen por las leyes en México. Así creamos una cultura de simulación e hipocresía. Con cinismo se decía: La iglesia le perdona al Estado los diez mandamientos y el Estado le perdona a la Iglesia la Constitución.

Ahora tenemos un artículo 24 Constitucional más claro y sencillo. Pasa de una redacción interesada en controlar, en decir a otros qué se puede creer o hacer y qué no en materia de creencias, a una redacción simple y liberal —a contrapelo de lo dicho por los críticos—. Y si no véase la antigua redacción:

“Todo hombre es libre para profesar la creencia religiosa que más le agrade y para practicar las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo, siempre que no constituyan un delito o falta penados por la ley”.

“El congreso no puede dictar leyes que establezcan o prohíban religión alguna”.

“Los actos religiosos de culto público se celebraran ordinariamente en los templos. Los que extraordinariamente se celebren fuera de estos se sujetaran a la ley reglamentaria”.

Y compárese con la nueva, que reconoce la libertad religiosa:

“Toda persona tiene derecho a la libertad de convicciones éticas, de conciencia y de religión, y a tener o adoptar, en su caso, la de su agrado. Esta libertad incluye el derecho de participar, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, en las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo, siempre que no constituyan un delito o falta penados por la ley. Nadie podrá utilizar los actos públicos de expresión de esta libertad con fines políticos, de proselitismo o de propaganda política”

Enhorabuena. Quedan pendientes los inevitables ajustes a la legislación secundaria y definir qué es un delito o falta en estos temas, pero la reforma es un avance, sencillamente porque se privilegia la inmunidad de coacción, tanto de parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, de manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida actuar conforme a ella, en privado o en público, sola o asociada con otras personas.

manuelggranados@gmail.com


Enlace:
http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=622901

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