sábado, 21 de enero de 2012

La tragedia en la Tarahumara

Manuel Gómez Granados.
Esta semana surgieron diversas reacciones ante las informaciones sobre las condiciones de vida de los rarámuri en la sierra Tarahumara. Se trató de una reacción espontánea y vigorosa, que hizo del Zócalo, de la Universidad del Claustro de Sor Juana y otras instituciones académicas, espacios en los que los habitantes de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México pudiéramos ejercer la solidaridad.
Entre las cosas que se decían y que detonaron la respuesta de la sociedad se encontraban afirmaciones sobre una “epidemia” de suicidios, provocados por el efecto combinado de la sequía, el frío inclemente de la sierra, el hambre y el abandono en el que se encuentran las comunidades de ese rincón de nuestro país.
Distintas autoridades civiles, así como líderes religiosos, como el obispo de la Tarahumara, don Rafael Sandoval, han desmentido que exista esa “epidemia” de suicidios (http://bit.ly/ObispoTarahumara), pero casi todas las personas con conocimiento de lo que ocurre en la Tarahumara admiten que se vive una situación muy compleja que, por cierto, no es nueva. Ya en los años setenta y ochenta, el antiguo obispo de la Tarahumara, don José Alberto Llaguno Farías, denunciaba las condiciones tan difíciles en las que vivían los rarámuri.
Difíciles no sólo por la pobreza, sino por las injusticias que se cometían en contra de ellos en el marco –desde entonces– del combate al narcotráfico y el despojo del que eran (y son) objeto sus bosques y ríos que, por cierto, son los que hacen fértiles las tierras de labor en los estados de Sonora, Sinaloa, Durango y Chihuahua misma, y que además, sirven para que México pague las cuotas de agua por los convenios binacionales con Estados Unidos.
No en balde, la última pastoral de monseñor Llaguno, en 1991 titulada “Acerca de los derechos humanos”, daba cuenta de los abusos que se cometían contra los rarámuri a principios de los noventa. Fragmentos de esa pastoral se pueden consultar en un material que la UNAM publicó a la muerte de don José Alberto: http://bit.ly/necrologiallaguno.
Habla muy bien de los mexicanos de hoy que se reaccione con el vigor que se hizo ante los problemas de los rarámuri, pero habla mal de nosotros que tengamos tan mala memoria y no recordemos que ya desde 1988 monseñor Llaguno fundó –entre otras muchas instituciones en la Tarahumara– la Comisión de Solidaridad y Defensa de los Derechos Humanos, AC (http://www.kwira.org/pop/cosyddhac.htm), como una iniciativa encaminada a promover el respeto y la promoción de los derechos humanos de los rarámuri.
Ante la tragedia de esta etnia, nadie puede quedarse indiferente. Como dice la canción popular de León Gieco: “Sólo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente, que la reseca muerte no me encuentre vacío y solo sin haber hecho lo suficiente”. Todos estamos obligados a responder, a extender la mano a nuestros hermanos de la Tarahumara, indígenas y mestizos, pero no podemos apostar más a estas reacciones para resolver los problemas de los rarámuri y de los más de doce millones de indígenas mayas,  tzotziles o purépechas que viven en condiciones de discriminación, hambre y miseria.
Qué bueno que Twitter y Facebook hayan servido para impulsar una reacción cívica tan loable. Qué malo que a problemas estructurales sólo podamos ofrecer respuestas coyunturales. Pero si no reconocemos y resolvemos estos problemas, dentro de uno, cinco y veinte años volveremos a pedir limosna para seres humanos que hemos tratado como subhumanos.
Enlace: http://www.excelsior.com.mx/index.php?m=nota&seccion=opinion&cat=11&id_nota=803990

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