domingo, 5 de febrero de 2012

La crisis del agua


Manuel Gómez Granados. Apesar de los chubascos ocurridos en el Distrito Federal en esta última semana, amplias regiones de México como Durango, Chihuahua, Coahuila, Guanajuato, Aguascalientes, San Luis Potosí, Nuevo León, etc., sufren una de las peores sequías de nuestra historia reciente.  Las descripciones detalladas de los efectos abundan, del mismo modo que las reacciones y las discusiones entre los distintos grupos políticos. Lo que no queda claro es qué haremos para resolver estructuralmente esta situación, que ya nos habían advertido y sobre la que no tomamos las debidas prevenciones.

Es evidente que la sequía no es un fenómeno local. Por su propia naturaleza involucra procesos de alcance global. Sin embargo, también es un hecho que muchas de las decisiones que hemos tomado en México en los últimos años han agravado la situación. Entre las decisiones más graves están las que han dado forma a nuestras ciudades. La urbanización de las inmediaciones de la ciudad de México en los últimos 40 años “aprovechó” tierras que se consideraban de poco valor. Los gobiernos municipales del Estado de México vieron en la urbanización de antiguos depósitos de salitre, cerros y llanos, el único uso posible para amplias porciones de su territorio cuya única ventaja era la de ubicarse “a minutos del Distrito Federal”.

El modelo fue llevado hasta el absurdo en la sierra de Guadalupe o en el Vaso de Texcoco y es responsable del surgimiento de Ciudad Nezahualcóyotl, pero también se ha aplicado en tierras que tenían una vocación agropecuaria. Ese ha sido el destino de grandes terrenos en Cuautitlán, Texcoco, Zumpango y Chalco, entre otros municipios que, hasta hace 20 ó 30 años contribuían con importantes cuotas de producción de alimentos, oxígeno y equilibrio ecológico. Ahora se cierne sobre nosotros una amenaza palpable para municipios como Tepotzotlán, en el Estado de México, y para la delegación Xochimilco en el DF.

Ni qué decir de lo que ha ocurrido en el poniente de la ciudad de México, en la colindancia entre Cuajimalpa y Huixquilucan, donde miles de hectáreas de bosques milenarios y ríos y cañadas fueron destruidos para construir casas, con lo que se han elevado las temperaturas promedio en la ciudad de México, se ha reducido el volumen y la regularidad de las lluvias y se han generado desequilibrios que no sabemos cómo vamos a resolver, pero que parecen encaminarse hacia la desertificación, la crisis alimentaria y la agudización de la pobreza.

Es una historia que, a pesar de haber ocurrido frente a nuestras narices, hemos desestimado, pues autoridades, empresarios y consumidores consideramos que los beneficios de corto plazo son más importantes que los costos de largo plazo. La “sorpresa” es que el largo plazo ya es hoy. Ahora enfrentamos los efectos de largos periodos de sequía, apenas interrumpidos por violentos chubascos, capaces de saturar en minutos los sistemas de drenaje de la ciudad que padece, además, los efectos de la acumulación de basura.

No se ha querido admitir que esta urbanización, cuyo éxito se basa en la aglomeración de recursos y oportunidades en la ciudad de México es, en buena medida, responsable de la devastación ecológica. Ese es el modelo responsable de la crisis del agua. Mientras insistamos en quitarles agua a comunidades que se encuentran a más de 500 kilómetros de la ciudad de México, y bombear ese líquido a más de 2,500 metros sobre el nivel del mar para sostener un modelo de urbanización centrado en el uso del automóvil, las posibilidades de poner fin a la crisis del agua serán pocas o nulas.

México debe crecer, pero no tiene sentido que crezca sobre la base de la destrucción de recursos naturales, la cancelación de oportunidades para el futuro y la creación de condiciones idóneas para una catástrofe ecológica en el Valle de México. Urge llevar las oportunidades a las comunidades rurales y las ciudades medias ubicadas fuera de la órbita de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México para frenar, de una vez, este modelo que hace irresistible la tentación de acumular oportunidades, casas, escuelas, hospitales y empresas en la ciudad de México y sus inmediaciones. Urge un cambio cultural en uso, consumo y cuidado del agua.

No hacerlo pronto hará cada vez más difícil desmontar lo que ya existe ahora. Será más difícil, más caro y absurdo, traer agua a la ciudad de México y, desde luego, elevará los costos de cualquier proyecto de recuperación o rescate ecológico que intentemos en el futuro inmediato.

Qué bueno que el gobierno destine miles de millones de pesos al problema de la sequía, pero si no resolvemos el problema de fondo a nivel estructural y cultural, de nada servirán.

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=634390

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