sábado, 31 de marzo de 2012

La Visita

Manuel Gómez Granados.
 
La visita del papa Benedicto XVI a México y Cuba se cumplió con la puntualidad que se esperaba. No hubo anuncios espectaculares, aunque algo del ánimo de las visitas de Juan Pablo II se revivió en los recorridos entre las distintas ciudades que visitó el sucesor de Pedro.
Como suelen ser sus intervenciones en público, los mensajes que pronunció Benedicto XVI fueron claros y concisos. Quien de buena fe lea esos mensajes encontrará una reflexión honesta sobre la realidad y los problemas que enfrenta México. En todos ellos estuvo presente el llamado a un cambio de vida, y mayor congruencia entre la fe que se declara y la conducta pública de las personas.
Tristemente, para México fue evidente el cansancio de un modelo de visita pastoral que ya desde tiempos de Juan Pablo II parecía agotado y ofrecía poco más allá de la explosión de un cierto fervor religioso fundado en emociones y sentimientos que, por su propia naturaleza, es fugaz, superficial e incide poco cuando se trata de aprovechar la riqueza del mensaje del Evangelio para impulsar el tipo de transformaciones que el país necesita. Si las convicciones de los practicantes de una religión se limitan sólo a esos destellos, no importa cuántas serenatas se canten o cuántas porras se griten, las cosas seguirán como están.
No sorprende que para muchos jóvenes la visita a México refleje una Iglesia que parece satisfecha consigo misma, incapaz de verse al espejo y de abrirse a la autocrítica. No es de sorprender que a la visita le haya faltado más entusiasmo y que provocara algunos efectos contrarios a los esperados. Lo que es más, muchos jóvenes ven que la Iglesia se aleja de la realidad y no tiene una propuesta para ellos, como si fuese una institución más preocupada por construir una muralla que la proteja que por ser fiel a su misión.
Basta considerar la encuesta Sociedad y Jóvenes en México de la cátedra UNESCO en Comunicación y Sociedad en México (http://scr.bi/UNESCOJovenesMx) para advertir que cuatro de cada diez jóvenes mexicanos consideran que no hay suficiente libertad para profesar la religión que se desee; que cinco de cada diez consideran que los jóvenes mexicanos de hoy son poco o nada espirituales y que seis de cada diez consideran que los jóvenes mexicanos son poco o nada religiosos.
Más que hacer cuentas acerca de la asistencia a los actos masivos, necesitamos preguntarnos qué haremos con el mensaje de Benedicto XVI ¿Cómo evangelizará la Iglesia a las personas de esta época poscristiana? Esa fue la preocupación central del Papa, como lo deja ver su mensaje al llegar al Aeropuerto del Bajío, pero es difícil que la Iglesia pueda cumplir con eso, si —por ejemplo— se niega a escuchar a las víctimas de los abusos sexuales de clérigos o si se niega a escuchar a las víctimas de la violencia que sufrimos en México.
Parece que la Iglesia perdió una oportunidad para ser voz de los que no tienen voz y para manifestar su compromiso con la paz, con el respeto a los derechos humanos y con la construcción de una sociedad más justa. Faltó, qué duda cabe, una actitud más profética y una renovada opción por los pobres.
Insistir en que se puede tapar el sol con un dedo o que México es una excepción en todos los sentidos sólo aleja más a la Iglesia de la sociedad mexicana y, sobre todo, de los más jóvenes. El Evangelio no envejece ni pasa de moda, somos nosotros los que no queremos entenderlo y la visita del Papa es una oportunidad para la renovación de todos.

*Analista

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.excelsior.com.mx/index.php?m=nota&seccion=opinion&cat=11&id_nota=822947

No hay comentarios:

Publicar un comentario