domingo, 8 de abril de 2012

La Semana Mayor

La Crónica de Hoy.
Domingo 8 de abril de 2012.
Manuel Gómez Granados.

Nuestros antepasados, inteligentes y devotos, llamaban a la Semana Santa, la Semana Mayor. Era una manera de reconocer el carácter fundamental de estos días. Más que un periodo de vacaciones, era un periodo de reflexión en el que las personas se daban la oportunidad de hacer un examen de conciencia para arrepentirse por los pecados de acción y de omisión,  y elaborar un propósito de enmienda, sea o no en el marco de los servicios religiosos de tal o cual iglesia.

Más allá de lo religioso, era un tiempo de introspección y recogimiento, al que le seguía la alegría de renacer, expresada en la costumbre de mojarse "con el agua que nos limpia", que nos renueva, que nos prepara para enfrentar nuevos retos.

Hoy, para muchos la Semana Santa es otra cosa y, sin embargo, México requiere más que nunca de periodos de pausa y reflexión para definir su futuro, para verse en el espejo, más allá de las pasiones que inevitablemente marcan a la política, al poder, a la búsqueda del lucro como único fin o el egocentrismo. Necesitamos pensar qué podemos cambiar como personas y como país y qué necesitamos hacer para lograrlo.

El más elemental análisis de muchos estudios nos dice que una de las prioridades es solucionar las relaciones de desconfianza. No confiamos en nosotros mismos y, obviamente, no confiamos en los demás. Es más; no confiamos en las instituciones que deberían ser generadoras, ellas mismas, de confianza y, por si fuera poco, tenemos un débil tejido social, es decir, las organizaciones de la sociedad civil son insuficientes y frágiles como para generar prácticas que promuevan mayor confianza.

México está en una encrucijada que no se agota en lo electoral, pero que lo incluye como una dimensión clave. La elección tendría que ser la oportunidad para dar los primeros pasos en la ruta de la reconstrucción de la confianza en México. No queda del todo claro qué tanta capacidad tendremos para lograrlo, pues las instituciones que organizan y califican la elección también padecen un déficit de confianza.

Ahora, más que nunca, necesitamos sacar lo mejor de nosotros mismos y apostarle al futuro. El pasado, con sus aciertos y errores es eso y nada podemos hacer ya para cambiarlo. El futuro, en cambio, es una tarea en la que podemos participar todos y  nos ofrece posibilidades que, bien encaminadas, podrían servir para que construyamos el México que queremos.

La Semana Mayor, con la oportunidad para reencontrarnos con la familia y disponer aunque sean unos minutos de recogimiento interior, se nos presenta como un periodo privilegiado para pensar y prepararnos a actuar en ese momento íntimo, cuando sólo nosotros sabemos qué haremos con nuestro voto y crucemos las boletas que nos entregan.

Ahora más que nunca, por la magnitud de los retos y del deterioro que vive la vida pública en México, tenemos que ser responsables y no renunciar al ejercicio de los derechos que tanto nos costó validar, ejercer y hacer efectivos.

La pausa que nos ofrecen estos días, tendría que servirnos, entre otras cosas, para reconocer que nosotros somos los responsables de lo que ocurra en México. Nuestras devociones religiosas, si las tenemos, pueden ayudarnos a comprender mejor, a darle significados más profundos, más trascendentes a las realidades que vivimos, pero no pueden sustituir nuestra conciencia y la responsabilidad que tenemos como actores de la vida que nos ha tocado vivir. En el México de hoy, no participar es claudicar y ocioso.

Pensar que basta con que mi familia esté bien sin importar lo que le ocurra a otras personas o a otras familias, es miope, es ingenuo. Tarde o temprano, lo que ocurre a nuestros vecinos o conocidos, terminará por afectar o por beneficiar a nuestras familias y a nosotros mismos.

Hay, en este sentido, una dimensión de la identidad mexicana que insiste en refugiarse en la familia o en las convicciones religiosas privadas; que cree que en esos espacios es posible construir bunkers que nos aíslen de lo que le ocurra a otros. Eso es absurdo. Lejos de refugiarnos, tendríamos que salir, disponernos a encontrarnos con otras personas, enfrentar las dificultades de reconciliarnos pese a nuestras diferencias y  perdonarnos mutuamente. Si logramos ir más allá del ámbito inmediato de la familia, podremos construir la confianza que tanto necesitamos. Confianza en nosotros mismos; confianza en los demás; confianza en el país.

No hay atajos. No hay recetas fáciles, sino un camino plagado de pruebas, con dudas y dificultades que, si las sabemos sortear bien, pueden servir para construir una sociedad más justa, menos abusiva, menos orientada a satisfacer únicamente las necesidades materiales de sus miembros.

manuelggranados@gmail.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario