lunes, 2 de abril de 2012

La urgencia de cambiar

Manuel Gómez Granados.

A principios de este año, la Confederación Nacional de Cámaras de Comercio (Concanaco), dio a conocer datos sobre la magnitud de la economía informal en México: 15.3 millones de personas están registradas como trabajadores en activo en el Instituto Mexicano del Seguro Social. Habría que agregar a quienes cotizan en el ISSSTE y sus equivalentes de algunos estados de la República. Si somos muy generosos con las cifras, podríamos pensar que hay entre 16 y 17 millones de personas con un empleo formal.

Este dato no dice nada por sí mismo si no advertimos que existe otro escenario de contraste: la realidad de un México en el que existen entre 16.5 (según la cifra de Concanaco) y hasta 26.3 millones de personas que trabajan en la informalidad (según el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=647818).

Para la Confederación de Cámaras Industriales, Concamin, hay 30 millones de personas en la informalidad, que califican como una “bomba de tiempo”, (http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=648793).

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía calcula poco menos de 15 millones de personas en el empleo informal (http://bit.ly/ConsultaENOE).

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos advertía, a finales de 2011, que la expectativa para el empleo en México seguiría siendo negativa.

Sea cual sea la cifra que se prefiera, es evidente que somos un país dual, escindido, dividido, en el que prácticamente la mitad de la Población Económicamente Activa participa en la economía informal, y una cantidad importante de ella en actividades contrarias a la ley o ilegales. La informalidad es una subcultura y no sólo tiene que ver con el empleo. Tiene que ver con prácticas muy arraigadas, costumbres, leyes complejas. Por supuesto, no es lo mismo informalidad que ilegalidad. No es igual la situación de una señora que vende tamales en la puerta de su casa para ganarse la vida, que el caso de un vendedor de productos pirata o de un narcomenudista.

La realidad del subempleo y el desempleo en México están sobre-diagnosticada, pero no hemos sido capaces de realizar las reformas que el país necesita para aumentar el ritmo de crecimiento. No faltan las acusaciones acerca de quién tiene la culpa por lo que ocurre en la actualidad. Incluso, podríamos resumir el debate público en el México de los últimos años como un monumental ejercicio de mutua asignación de culpas de lo que no funciona.

Se trata, en muchos casos, de juegos perversos que condenan a millones de personas y sus familias, a un sufrimiento estéril, innecesario, profundamente injusto y que lo único que logra es perpetuar el ciclo de desconfianza en el que estamos sumidos. Hay algo particularmente importante en el estudio de la UNAM titulado “Experiencias estratégicas de protección social desde organizaciones de trabajadores informales en México”, y es que la informalidad se encuentra más en personas que carecen de estudios de secundaria. Eso deja ver que no sólo necesitamos una reforma laboral, que en sí misma es muy urgente. Necesitamos también, una profunda reforma que garantice oportunidades de acceso a la educación, además de una simplificación administrativa para los que deseen integrarse a la formalidad, de manera gradual y continua. Sin esas reformas, que tendrían que ser sistémicas, el país seguirá —como está ahora— al garete, a la espera de que la economía de Estados Unidos funcione mejor y consuma más productos hechos en México y, de esa manera, nos vaya medianamente bien.

En toda América Latina y otras regiones del mundo se exploran nuevas soluciones. En Argentina se trata de aprovechar la ventaja que tienen como productores de alimentos y se regresa a las políticas de sustitución de importaciones. En Brasil, también se limitan al máximo posible las importaciones, incluidas las de partes automotrices mexicanas, y Chile, convulsionado por las protestas de miles de jóvenes universitarios, reconsidera los fundamentos de sus modelos económico y educativo.

La iniciativa de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) llamada “Empleo Decente” (http://bit.ly/TrabajoDecenteOIT) abona a la idea de que necesitamos un modelo que integre cadenas productivas en los sectores primario y secundario, que aproveche el acceso a materias primas y mano de obra con que contamos, y reduzca nuestra vulnerabilidad a los vaivenes del comercio exterior; pero también faltan más iniciativas que faciliten el autoempleo, para que éste sea no sólo una opción de trabajo formal, sino un acicate que detone la aceleración en el ritmo de crecimiento que le urge al país.

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=650235

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