domingo, 24 de junio de 2012

El G-20 y el futuro de México


La Crónica de Hoy.
Domingo 24 de junio de 2012.
Manuel Gómez Granados.

México fue anfitrión de la cumbre del G-20. En su seno se reúnen las 20 economías más importantes del mundo, por lo que las decisiones que se tomen en esa instancia, así sea sólo en el plano de las declaraciones, tienen efectos muy importantes para el futuro de la humanidad. La reunión ocurrió en el marco de la crisis global profunda que ahora golpea con más fuerza a Europa, aunque no se limita a ese continente. Así lo reflejan las recomendaciones que dan forma a los dos planes que la cumbre suscribió.

El más importante es el Plan de Acción de Los Cabos para el Crecimiento y el Empleo. En él se comprometen recursos para superar los problemas, pero además reconoce la necesidad de acciones coordinadas a escala global. Hasta ahora, cuando se habían enfrentado crisis de alcance global, como la de 1929, u otras crisis más recientes, como la de principios de  1980 o la de mediados de los 90, las respuestas habían sido de carácter nacional, con políticas como el New Deal de F. D. Roosevelt en Estados Unidos, o las medidas adoptadas por México en 1994-5, que sólo necesitaron de la coordinación de México, Estados Unidos y Canadá, por medio de los fondos para estabilizar el tipo de cambio en el contexto del Tratado de Libre Comercio.

La crisis en curso ha motivado una reflexión en común de las principales economías globales, así como compromisos comunes para coordinar acciones que resuelvan problemas estructurales, pero ya no a escala nacional o regional, sino a escala global.

Por una parte, hay compromisos específicos para hacer frente a la crisis bancaria y de deuda de la zona euro, como los que buscan estabilizar a España. Por la otra, hay acuerdos para evitar fuertes variaciones súbitas del precio del petróleo, así como medidas para garantizar la estabilidad fiscal no sólo entre los países individuales, sino a escala regional y global.

En este sentido, la cumbre del G-20 rompe con el Consenso de Washington, que asumía que los mercados, pensados como entidades con vida propia, serían capaces de encontrar equilibrios y soluciones a los problemas. Ahora, la declaración de Los Cabos no cuestiona el papel de los mercados, sino que reconoce la importancia de incorporar otros criterios. Por ejemplo, habla de la necesidad de evitar que las políticas de un país afecten a otros. Reconoce también un interés común en lograr un sistema financiero internacional fuerte y estable, que sólo podrá lograrse si se evitan políticas cambiarias tramposas, que manipulen el tipo de cambio. Reconoce, pues, que los intereses nacionales no justifican el que se tomen decisiones que afecten a otros países. Eso no es soberanía; eso es egoísmo.

La crisis actual ha venido a demostrar que la globalización no minimiza el papel de los gobiernos nacionales. Al contrario, los obliga a ser más eficaces, a desperdiciar menos, a no tolerar la corrupción o los abusos. Obliga a que los Estados nacionales sean buenos gestores de sus recursos, y que sean corresponsables ante otras naciones en el sistema financiero internacional. Basta ver a Europa y comparar a países con grados similares de desarrollo como Alemania e Inglaterra para ver ejemplos de un gobierno eficaz, que entienda su papel y lo que se espera de él. Si Alemania ha salido prácticamente intocada de la crisis es porque construyó desde el final de la II Guerra Mundial una economía social de mercado que reconoce el papel del mercado, pero impone límites éticos a su funcionamiento y no lo hace sólo de manera enunciativa, sino que cuenta con leyes, con reglas que garantizan que sea así.

Urge, en este sentido, que pasemos de las declaraciones a compromisos precisos a escala global en estos y otros temas, como el combate a la pobreza o la generación de empleo. Eso será posible en la medida que los gobiernos de cada país, miembros o no del G-20, garanticen mejores condiciones en el ámbito nacional para el crecimiento, la generación de empleos y el combate a la pobreza.

En México estamos en vísperas de elegir a los titulares de los poderes Ejecutivo y Legislativo de la Unión. Todos debemos asumir esa responsabilidad con la seriedad que las condiciones exigen. Debemos votar con plena conciencia de la gravedad de la situación que vivimos a escala global. Necesitamos un gobierno que garantice crecimiento y estabilidad. El primero no es posible sin la segunda. No conviene jugar albures con lo que hemos logrado hasta ahora.


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