viernes, 22 de junio de 2012

Lo que no debería sucederle a nadie

Fernando López Anaya.

En la sala de espera de un hospital del Seguro Social, un hombre con trazas de albañil deambula intranquilo. Repentinamente se ubica en el centro de la sala y pide que lo escuchen. Menciona que llevó a su esposa al hospital con un embarazo de 7 meses. El hombre que penoso lloraba, narraba lo que estaba padeciendo, detalló que a su esposa le tuvieron que practicar un legrado, y que su hijo no tuvo esperanza de vida. Después, a su esposa no le pudieron detener un sangrado, y murió en la plancha del hospital. Cuando menciona esto, pide que pregunten por el nombre de su finada cónyuge en los informes que ofrece el hospital para que corroboren los hechos. Pidió ayuda económica a los que escuchábamos para solventar los servicios funerarios, pues su esposa tenía 5 horas de haber fallecido y personal del hospital  le instaba a que retirara el cuerpo. Este hombre no tenía posibilidades, para que de manera inmediata, pudiera darle digna sepultura a su esposa.

No se hicieron esperar los gestos de solidaridad para apoyar a este hombre. De manera voluntaria se acercaban a darle una ayuda económica y decirle alguna palabra de fortaleza. Entendí que la solidaridad como tal existe en personas que ven reflejada su vida y su entorno en alguien que sufre.

No pude aprender de mejor manera lo que es ser solidario. La solidaridad no sólo se aprende y enseña como un concepto más que está en la cabeza, se experimenta cuando se vibra con el dolor y padecimiento ajenos.

Pero creo que me quedaba corto si consideraba que aprendí sólo lo que es la solidaridad, esto fue la punta del iceberg, aprendí algo más profundo... Aprendí a ver al hombre en su fragilidad y necesidad, y no cuando ostenta poder y riquezas. Aprendí a ver al hombre que llora y no al payaso que ríe a carcajadas. Aprendí a ver al hombre que baja la mirada y no al personaje que levanta una ceja. Simplemente, aprendí a ver al hombre cuando es hombre.

Ante esta experiencia límite contrasta aquél anuncio que hizo Michel Foucault en Las Palabras y las Cosas, “el hombre ha muerto”. Inaugura una idea nueva de hombre, aquella donde la libertad no existe, sino la determinación y el control de las instituciones y el poder, ya sea económico o político, sobre los sujetos para atravesarlos y configurarlos. Este escenario despoja a las personas de cualquier posibilidad de cambio individual y social.

No podemos aceptar la idea de un hombre determinado por sus circunstancias, siempre es capaz de hacerse dueño de sí mismo, de reflexionar sobre sí mismo y cambiar el rumbo de su propia historia, de sacar fuerza y voluntad después de tocar fondo y revelarse a las estructuras que lo condicionan.

Pero se requiere valentía para hacerse dueño de sí mismo, para pensar en su propia vida y dar un golpe de timón, para decidir sobre lo que se quiere y lo que no se quiere, para ser director y dejar de ser súbdito, para ser dueño y dejar de ser esclavo, para asumir la responsabilidad de construir una sociedad más justa y dejar de ser la masa amorfa que configura a los sujetos en objetos del mercado.

La historia de este hombre que perdió a su esposa e hijo es difícil de superar, y más cuando se vive en una sociedad que no garantiza igualdad de oportunidades. Esta situación también se debe a que a muchos de nosotros nos falta la valentía que se necesita para cambiar el rumbo de una sociedad, que es indiferente a las necesidades más apremiantes de mayorías vulnerables.

¿Cómo detonar un cambio en la sociedad que vive al margen de las decisiones que afectan a las mayorías, si no podemos en lo individual tomar las decisiones que requerimos para cambiar lo que no queremos?

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