viernes, 31 de agosto de 2012

Desastrería

Fernando López Anaya.

Entre las historias populares, encontramos una narración muy singular que puede ilustrar gran parte de la problemática del diseño de las políticas públicas que combaten la pobreza en México. Es un cuento que trata de un hombre humilde y sencillo, al que le llamaremos Juan, y que tiene pendiente una cita importante con un hombre de negocios a la que tiene que asistir, recomendablemente, de etiqueta.

Juan, para tener un vestido adecuado a la ocasión, se ve en la necesidad de acudir con un sastre para que le arregle, según sus propias medidas, un saco que tenía en su ropero desde hace varios años, ya que no le quedaba debido a los cambios propios de la edad; así pues, acudió con el primer sastre que le pareció accesible en sus precios y diestro en su oficio. El mencionado sastre quedó formalmente de entregar el saco unas horas antes de que Juan acudiera a su compromiso. Cuando llegó el día, la sorpresa de Juan al probar su saco fue de que un hombro tenía más altura que el otro, y una manga era más corta que la otra, así que furioso reclamó al sastre que con aliento alcohólico se disculpaba. Finalmente, el sastre le dijo: dada la urgencia que usted tiene para presentarse de etiqueta, le recomiendo que simplemente camine un poco chueco, suba un hombro y encoja su mano para que el saco embone perfectamente y con esto usted disimule fácilmente este contratiempo. Juan, ante su desesperación, aceptó la indicación. Al acudir con el hombre de negocios, éste, al ver a Juan, comentó en sus adentros: ¡Pobre hombre! Parece que su deformidad es de nacimiento, ¡pero qué buen sastre tiene!


Una situación parecida sucede en el diseño de políticas públicas para el combate a la pobreza. Tenemos por un lado a un gobierno-sastre que se embriaga de una sobre estructuración técnica positivista-lógica que argumenta y sustenta respuestas desde discursos especializados, sin un panorama amplio, sin la construcción de una imagen de país a escala local, regional, nacional y mundial. Esto sin tomar en cuenta una serie de vertientes temáticas propias de cada región y localidad. 

Por otro lado, muchos programas que el gobierno ha confeccionado e instrumentado, han respondido a una necesidad específica, temporal y coyuntural en México. Cuando toca el momento de actualizar programas que han marcado de forma histórica al país, como es el caso de apoyos económicos que se han realizado de forma directa, ya sea para el campo o por otros motivos, nunca se plantea la posibilidad de reducirlos y/o condicionarlos, por el contrario, se amplían, ya que el costo político que el gobierno puede asumir es muy alto. Desgraciadamente, estos apoyos económicos aumentan sin disminución significativa de la pobreza, ya que en estados como Chiapas, Oaxaca y Puebla, tenemos municipios con índices de ingresos per cápita comparables con los que tienen los países más pobres del orbe. Por ejemplo, el Informe Latinoamericano sobre Pobreza y Desigualdad 2011 de la ONU, ( http://www.cinu.mx/comunicados/2012/04/informe-latinoamericano-sobre-/ ) aclara que en México hay municipios con un ingreso per cápita de US$ 603, es decir, perciben menos que los habitantes de Chad, cuyo INB, Ingreso Nacional Bruto, per cápita a mitad de 2010 es de US$ 620, y un poco más que los habitantes de Malí con un INB per cápita de US$ 600.

Finalmente, en un intento por hacer apología de programas que poco inciden a la reducción de la pobreza y que fomentan la dádiva, se construyen discursos que aluden a teorías apocalípticas, pues si estos programas gubernamentales no existieran, algunos creen que se desatarían estallidos sociales y revueltas.

Existe un miedo a pensar nuevos diseños de políticas públicas de combate a la pobreza sin mencionar costos políticos, sin utilizar el lenguaje de los técnicos que se especializan en lo específico de un discurso, a pensar en un cambio de diseño; incluso, existe el miedo a pensar en un cambio de sastre. Si no comenzamos con una lógica distinta, donde la ruptura se convierta en un recurso frecuente y cotidiano, seguiremos repitiendo la misma historia que ha marcado a México, aquella donde se enfatiza la riqueza de recursos naturales y geográficos, pero también la que señala una constante mediocridad para la toma de decisiones creativas y valientes que den un rumbo diferente al país.

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