domingo, 30 de septiembre de 2012

La prueba de la democracia


Manuel Gómez Granados.
La Crónica de Hoy.
Dominigo 30 de septiembre de 2012.

Según a quien le pregunte uno, México vive algo parecido a una democracia desde 1997 o 2000. No hay acuerdo, porque a de países como , o España que dejaron atrás dictaduras más o menos feroces, la nuestra era lo que se ha llamado una dictablanda. No hay acuerdo porque —a decir verdad— los frutos de la democracia no se perciben claramente.

Nos pueden decir, como hacen algunos académicos mexicanos o de otros países que México tiene un sistema con tales o cuales características, muchas de ellas —como la credencial para votar con fotografía— mejores que las de países más desarrollados como , pero en realidad, lo único es que a la de 12 o 15 años de vivir la “incertidumbre democrática”, para poco más de la mitad de la población, no ha habido un cambio sustancial en su manera de vivir.

La incertidumbre democrática no ha traído mejoras concretas a las vidas de quienes, hoy como hace 20 años, no tienen asegurado. Lo que es peor, la democracia mexicana vive en un periodo de marcada incertidumbre en precios de .

A la experiencia de la democracia mexicana, caracterizada por su estridencia, gritos y sombrerazos, se suma la ineficacia de muchas instituciones, particularmente notoria en los casos de la educación, la salud y la procuración y administración de justicia, y ahora se agregan precios muy elevados de alimentos como el maíz, el frijol y, apenas inicie el año próximo, de la carne de cerdo, la leche y sus derivados, entre otros.

A México le urge, en razón de lo anterior, una política de desarrollo social que efectivamente atienda las causas estructurales de la pobreza y lo haga desde una perspectiva ajena a los usos político-electorales, y con miradas de largo aliento, esto es, dejar de repartir migajas a los más pobres. Además, es indispensable reducir la grosera desigualdad.

El resultado de la elección de 2012 no es el que yo deseaba para México. Pero la democracia requiere de demócratas y, por ello, acepto y respeto la voluntad de quienes decidieron en sentido opuesto.

El gobierno que iniciará su gestión en 60 días enfrentará retos muy complejos. Quien lo encabezará tiene la ventaja de haber sido diputado y gobernador de su estado natal. Eso tendría que darle alguna ventaja para conocer cuáles son las necesidades del país. Además, encabeza el retorno de su partido al poder luego de 12 años. Uno supondría que en ese tiempo Enrique Peña Nieto habrá pensado qué determinó las derrotas del PRI.

Rosario Robles, quien probablemente pudiera ser la responsable de la política social, es una mujer que viene de una tradición política distinta a la del presidente; también ha sido diputada federal y jefa de gobierno del DF y tiene una maestría en desarrollo rural en la UNAM. No sé si las críticas que se le dirigen sean justas. La vida pública se ha convertido en algo parecido a aquel tango, “Cambalache”, en el que las nociones de lo justo o lo injusto, lo verdadero y lo falso, se pierden hasta convertirse en humo.

Lo fundamental es que la Secretaría de Desarrollo Social tenga un desempeño extraordinario, ajeno a toda duda, libre del cáncer de la corrupción, el clientelismo y la manipulación. Necesita transparencia y reducir la carga de trámites, de modo que el desarrollo social sea efectivamente gestionado por los pobres y no por elites, económicas o políticas, que tangencialmente consideren las necesidades de los pobres. Necesita de mecanismos ciudadanos de planeación y evaluación de la gestión pública. No necesita modelos que asfixien la creatividad en la telaraña de requisitos burocráticos que deben cumplirse en las capitales de los estados o de la República. La política social debe ir de la mano de las políticas agropecuaria, de producción de alimentos, de educación y de la siempre pospuesta reforma fiscal.

Sedesol necesita aprovechar las experiencias acumuladas en sus poco más de 20 años de vida y atacar las causas estructurales de la pobreza. Eso sólo podrá hacerlo en la medida que se facilite la producción a pequeña escala de alimentos y de empleos que satisfagan la necesidad abrumadora de mejor infraestructura (como escuelas o sanatorios) en los pequeños pueblos y ciudades de menos de 100 mil habitantes. Sólo así se romperá el ciclo de pobreza y migración a las ciudades o al extranjero, que nos asfixia y agota. Si resolvemos los problemas de los más pobres y reducimos la desigualdad, será la prueba de que somos una democracia que sí funciona.


manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=694186

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