domingo, 28 de octubre de 2012

Claves para construir comunidades sólidas


Manuel Gómez Granados.
La Crónica de Hoy.
Domingo 28 de octubre de 2012.



Entre más se investiga y se analizan los grandes retos del desarrollo, los factores que explican porqué algunos países como Canadá, o son capaces de sobreponerse a crisis como la que vivimos a escala global en la actualidad, y por qué otros se sumen en espirales de violencia o logran rendimientos con los recursos que invierten, surgen consensos sobre la importancia fundamental de las comunidades.

No son las grandes ni los proyectos faraónicos de centros de convenciones u otros excesos las acciones que promueven el desarrollo de los estados y municipios.

Hay un consenso de siete prácticas o acciones que garantizan la viabilidad y la solidez de las comunidades como tales. Si logramos aplicarlas, tendremos comunidades integradas, activas, comprometidas. Es conocida la entre comunidad y sociedad. La es generalmente de origen biológico y la segunda, tiene como origen a la razón; la comunidad se vincula o cohesiona por el afecto, la sociedad por el interés. Aquí hablamos básicamente de la comunidad, pero las propuestas para reconstruir el tejido social bien podrían extenderse a la sociedad.

Dichas prácticas son: confianza; espacios públicos que puedan recorrerse a pie; parques, jardines y granjas comunitarias; árboles; que faciliten la cooperación; actividades artísticas; escuelas responsables y capaces de responder a los sociales.

La primera y más importante de todas es la confianza. Sin confianza en las instituciones y las personas, gobernar es caro y difícil. Basta ver lo que cuestan algunos institutos federales como el Electoral, el de Acceso a la Información o el papel que algunos le quieren dar a los notarios, para darnos cuenta de qué tanto desconfiamos y cuál es el costo de tanta desconfianza.

En segundo lugar se necesitan espacios públicos para la convivencia, que puedan recorrerse a pie y permitan el encuentro. Y es que al caminar no sólo nos vemos a los ojos; también somos capaces de reconocernos como personas, como vecinos, algunos dirían: como prójimo. En México, en los últimos 30 años, la calidad de vida de nuestras ciudades ha empeorado. La Supervía en el DF, los segundos pisos en el Estado de México o la multitud de libramientos en distintas ciudades de los estados, son obras que refuerzan la dependencia del auto, no de nuestra capacidad para caminar. Y se requiere del auto, porque desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez, nuestras ciudades se han diseñado para cumplir los caprichos de centros comerciales. Y sí, todos queremos tiendas bonitas, pero más que tiendas, lo que necesitamos son plazas públicas, zócalos o alamedas, donde las personas comunes puedan encontrarse, platicar, enamorarse e incluso, discutir cara a cara y sin depender de la capacidad para consumir en una tienda.

Además de calles que se puedan caminar, se necesita que esas calles conecten entre sí parques, jardines y —de ser posible— granjas públicas, donde los niños y los ancianos se conecten con la naturaleza; donde padres e hijos velen por el crecimiento de plantas que alegren nuestros sentidos o que produzcan alimentos.

Un elemento que puede existir en parques y jardines, que también es necesario en banquetas, camellones y jardines de las casas, son los árboles. Las ciudades con una mayor densidad de áreas verdes y con mayor número de árboles por cada persona son ciudades mejor integradas, más pacíficas, menos violentas.

La quinta cosa que se necesita para construir comunidades bien integradas son programas que faciliten la cooperación entre vecinos, pero también entre los sectores público, privado y social. Necesitamos pedagogías que hagan de la cooperación, no del conflicto, una forma de vida, una cultura.

La sexta cosa necesaria es arte. No se trata de construir museos faraónicos o llevar conciertos de famosos a lugares turísticos, sino de actividades artísticas para los vecinos, en casas de cultura bien promovidas, donde se presenten obras de teatro comunitario y recitales de estudiantinas o coros.

Finalmente, necesitamos escuelas responsables, capaces de responder a las auténticas necesidades de las comunidades, lo cual incluye los cambios en el mercado laboral; que no hagan de los profesores clientes de los políticos. Se necesitan escuelas flexibles, que recuperen y mejoren el conocimiento local, como técnicas de construcción, cultivo y cría de animales de corral, y desarrollar la inteligencia, la libertad y las capacidades de las personas.

Siete acciones clave que están al alcance de la mano y de cualquier comunidad, depende de la participación de todos.

Puede consultar el documento “Siete claves para comunidades fuertes” que la consultora PlaceMakers publicó en inglés en http://bit.ly/7clavescomunidad, así como el comentario que la revista The Atlantic hizo a este documento en http://bit.ly/7clavesTheAtlantic.

manuelggranados@gmail.

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=701868

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