viernes, 19 de octubre de 2012

Si no existieran, deberíamos inventarlas

Fernando López Anaya.

Dicen algunos pensadores que los sentidos no nos dicen toda la verdad; un ejemplo, es cuando observamos un oasis en el desierto y después verificamos que tan sólo es un espejismo. Esto es cierto, los sentidos nos presentan una pequeña parte de la realidad en comparación con todo lo que nos rodea. Por eso es necesario advertir que la realidad es algo más amplio que lo que podemos captar con nuestros sentidos.

Existen distractores que no nos permiten ampliar nuestra percepción del mundo, por eso es necesario un trabajo crítico de reflexión, para lanzar una mirada de largo alcance, capaz de distinguir espacios poco comunes. Tal puede ser el caso de las relaciones vitales, la solidaridad, la fraternidad, el espacio de aquellas relaciones de gratuidad, empatía y colaboración mutua. Estas relaciones se llegan a soslayar por considerarlas intrascendentes o sensibleras, además de que nos podemos centrar en la eficacia, lo rentable, el pragmatismo, en todo aquello que se rige por resultados lucrativos. 
  
Para entender esta otra realidad, podemos observar  a las personas que se agrupan para resolver problemas, aquellos que constituyen organizaciones de vecinos, a las asociaciones de campesinos, a las asociaciones para  rehabilitación de adicciones y, en general, a muchas otras organizaciones de la sociedad civil. Esas organizaciones cultivan un espacio propicio para el cultivo de la conciencia social, el desarrollo de la solidaridad y la confianza. Sin embargo,  también se tiene que decir que existen algunas organizaciones cuyos intereses son de otro tipo: imagen, prestigio, quedar bien, lavar las malas conciencias, y no les interesa realmente  la solidaridad.

Para tratar de entender lo que son las organizaciones de la sociedad civil, no basta con teorizar desde el escritorio y pontificar sobre ellas a partir de  de ideas preconcebidas, recordemos al representante del idealismo alemán del s. XIX, Georg W. Friedrich Hegel, cuando un alumno en su clase le increpó sobre su teoría: “pero eso que dice no tiene nada que ver con la realidad”. Hegel no se conmovió ni un segundo y expresó: “Pues peor para la realidad”.

El esfuerzo por definirlas conceptualmente no es sencillo y genera polémica,  pues el objeto de estudio es escurridizo, cambiante, se escabulle cuando lo tenemos en observación, tal y como son las relaciones vitales y la multiforme manera en que se expresa la naturaleza social del ser humano.

Estas organizaciones se agrupan entre sí, no necesariamente en torno a un tema o un propósito específico. Gran parte de ellas tienen conexiones con otras organizaciones, como las neuronas que se conectan en el cerebro, son miles los contactos y los nodos que tienen. Las relaciones entre las organizaciones no son jerárquicas, sino de colaboración entre iguales. En el conjunto de las organizaciones de la sociedad civil no existen uniformes ni ejércitos disciplinados con un comandante en jefe al frente de grandes bloques, hay ideologías diferentes, motivaciones distintas, objetos sociales muy variados e incluso métodos de intervención social muy distintos. Esa variedad de expresiones es parte de la riqueza de las organizaciones de la sociedad civil.

Lo cierto es que, en varios ámbitos, tales como el político,  ejercen un liderazgo motivacional más que coercitivo, elemento que las hace incrementar su potencial de influencia en casi cualquier espacio y en cualquier circunstancia.

Entre las organizaciones de la sociedad civil se vive una especie de anarquismo funcional, pues no hay normas ni reglas para subsistir –aunque sí hay leyes a las que deben sujetarse-,  cada una busca la manera de realizar sus tareas, comparten experiencias, información y conocimientos para seguir desarrollándose, pero ninguna impone reglas a las demás.

Las organizaciones de la sociedad civil son independientes unas de otras, forman grupos, y sin necesidad de renunciar a su identidad forman otros vínculos, ingresan a otra agrupación de una manera sencilla, pues casi todas son miembros de otras agrupaciones más amplias. La puerta de entrada entre las agrupaciones es la confianza, no hay más requisitos ni protocolos. Monsivais las llamaba organizaciones de entrada libre. 

Tienen una capacidad constante de innovación que las hace  creativas, versátiles, innovadoras. Gracias a estas cualidades, muchas de estas organizaciones producen materiales en los que documentan, sistematizan y difunden experiencias de desarrollo humano integral, combate a la pobreza, defensa de los derechos humanos; inauguran nuevos talleres y oficios con ideales de justicia y fraternidad, en muchas ocasiones marcan la pauta para reformular las políticas públicas o bien atender realidades soslayadas.

Creo que las organizaciones de la sociedad civil son el espacio para aquellos que vibramos con lo humano, para los que queremos que se escuche al  excluido y silenciado. Sin duda que si las organizaciones de la sociedad civil no existieran, tendríamos que inventarlas. Y más aún, considero que las que existen deben evaluarse y actualizarse permanente, de tal manera sean un espacio donde se desarrollen y profundicen cada vez más las exigencias de justicia social y de fraternidad.

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