domingo, 9 de diciembre de 2012

Cruzada Nacional contra el Hambre

La Crónica de Hoy.
Domingo 09 de diciembre de 2012.
Manuel Gómez Granados.

Una de las prioridades que el nuevo gobierno federal se ha fijado para el primer año de su gestión es acabar con el hambre. Esa propuesta es fundamental, pues la alimentación es un derecho humano, es decir, la garantía que todos debemos tener para alimentarnos dignamente.

El hambre es una vergüenza y un índice acusador de la insolidaridad social en nuestro país, que lamentablemente crece por múltiples razones, entre ellas, la escalada de precios internacionales de los alimentos que afecta sobre todo a las personas más pobres.

Bienvenida la cruzada nacional contra el hambre, lo que no queda tan claro es cuál es la mejor manera de terminar con el hambre: ¿dar el pescado o  enseñar a pescar?

Un primer dato es que en México el principal problema no es la producción de bienes, sino su distribución. Según cifras de la Asociación Mexicana de Bancos de Alimentos, avaladas por dependencias de la Secretaría de Desarrollo Social, se desperdician cada día 30 mil toneladas de alimentos.

Es una cifra descomunal, que implica casi 11 millones de toneladas al año. Para ponerla en perspectiva, nosotros tenemos un grado de desperdicio de alimentos similar al de Estados Unidos donde se desperdicia 40 por ciento de toda la comida producida o adquirida en otros países. En México, la cifra es poco menor pero sería suficiente para que, con dos terceras partes de ese desperdicio, se terminara  la pobreza alimenticia que padecen 26 millones de mexicanos.

Algunas razones de este desperdicio tienen que ver con el hecho de que algunos productores no logran llevar sus productos a los mercados del país. Faltan más carreteras o están en mal estado; además, en los últimos años, éstas se volvieron más peligrosas y, gracias a los ajustes en los precios de los combustibles, se elevó el costo para trasladar esos alimentos. Por otra parte, existe una gran cantidad de intermediarios que se aprovechan de esas desventajas y elevan los costos de los alimentos.

Así, aunque la idea de acabar con el hambre es muy importante, también  tendríamos que lograr cambios estructurales para garantizar la autosuficiencia alimentaria, facilitar el acceso de pequeños productores a los mercados urbanos, y evitar abusos de grupos que controlan en condiciones monopólicas el acopio y distribución de algunos alimentos.

Otras medidas igual de importantes tienen que ver con la educación de los consumidores: aprender nutrición básica, comprar sólo lo que se necesita, evitar el desperdicio de alimentos, etc.

Conviene atender el hambre, pero también es fundamental atender sus causas y asegurar que esta Cruzada contra el hambre sea eficaz y viable (todavía resuena en los pasillos de Palacio Nacional aquella convocatoria que hiciera  Adolfo Ruiz Cortines de la mítica “Marcha al Mar” que nunca se concretó).

Asimismo, es necesario aprovechar tecnologías que permiten producir localmente una mayor cantidad y variedad de alimentos, como hongos y hortalizas, que mejoran la dieta y reducen la dependencia alimentaria.

Incluso, existen propuestas, que ya reseñamos en estas páginas, de científicos mexicanos como Antonio Turrent Fernández, para mejorar la producción del maíz sin caer en la trampa de los grandes proyectos que generan más problemas de los que resuelven.

El nuevo gobierno tiene a su alcance un abanico de propuestas que le permiten detonar modelos de desarrollo sustentable que no se traduzcan en mayores daños ecológicos, que no impliquen construir grandes presas —por el costo político que tienen—, y que no sean programas clientelares, demagógicos o faraonicos.

Urge  apostarle a pequeñas iniciativas de alcance local que favorezcan la lógica del desarrollo rural, y  terminar de una vez con las presiones que propician la migración del campo a la ciudad y de México a Estados Unidos.

Proyectos de menor escala, intensivos en el uso de la mano de obra, ayudarían también a resolver problemas de desempleo que, en el caso de los jóvenes, se traducen en el pernicioso fenómeno NINI, que favorece la participación en actividades criminales.

Otra medida, por cierto, de bajo costo y alto impacto, sería apoyar mucho más el trabajo de los bancos de alimentos que existen en las 32 entidades de la República. Son instituciones que han demostrado su capacidad para actuar, pero que operan en condiciones de mucha fragilidad y desventaja cuando se les compara con instituciones similares de otros países.

Con acciones sistémicas, que involucren a los beneficiarios, el compromiso de acabar con el hambre se puede lograr. Este arranque de gobierno ofrece una oportunidad  para responder solidariamente a reclamos de justicia social. Podemos unir “dar de comer al hambriento con enseñar al que no sabe”.

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notaOpinion.php?id_nota=713889

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