martes, 19 de marzo de 2013

Animal salvaje

Animal salvaje

Fernando López Anaya.

Para el filósofo alemán Martin Heidegger, en su obra El ser y el tiempo, la época antigua griega representó el punto de partida donde el hombre, resuelto a dejar las explicaciones míticas de los fenómenos de la naturaleza, emprende la aventura de pensar desde un contexto “virgen”; es decir, libre de cualquier esquema conceptual que lo pudiera condicionar, crea una manera totalmente nueva de ver la realidad. Es entonces cuando se hace la pregunta más honesta que pueda haber, más íntegra y sincera, se pregunta por el ser de las cosas, cuestión que abarca toda la realidad, sin discriminar.

Federico Nieztche, en El nacimiento de la Tragedia, describe dos lecturas de la realidad que los antiguos griegos consideraban inseparables: lo apolíneo y lo dionisiaco. Lo apolíneo es el culto al dios Apolo, representa lo racional, el orden, lo estructurado; lo dionisiaco es el culto al dios Dionisios, y representa la pasión, la embriaguez, lo instintivo, lo salvaje, la locura…

Sócrates y Platón fueron señalados por Nietzsche de pretender hacer del mundo una realidad inteligible, con prioridad de lo racional sobre el mundo sensible. Para Nieztche, la decadencia del pensamiento surgió cuando se dogmatizó el culto al dios Apolo; incluso, culturalmente Dionisios derivó en la personificación del Diablo, pues orquestaba los excesos relacionados a los placeres del cuerpo y del mundo, al Diablo se le atribuyeron aspectos dionisiacos en la forma de “poderes malignos”.

Para Heidegger, la pregunta por el ser de las cosas se evadió, incluso se rechazó y atacó, como lo hicieron los positivistas lógicos como Rudolf Carnap, que reprobaron el lenguaje que trata sobre el ser de las cosas, en un afán por establecer un lenguaje único y universal para lo que consideraron ciencia, sólo aquello que tiene referente empírico (basado en la experiencia).

Lo cierto es que, muchas veces, en la visión que tenemos de la realidad, se excluyen dimensiones que no pueden ser “digeridas” por nuestro yo más profundo. Como dijera Nietzsche cuando se refiere al tema del arte al tratarlo como si tuviera funciones de válvula de escape: “impide que muramos de realidad”.

Estamos inclinados a excluir de nuestra visión lo que destruye nuestra imagen utópica del mundo, de aquellos que nos rodean, y principalmente de nosotros mismos.

Así, creamos un escenario “hipócrita”, edificamos una “máscara” de lo que quisiéramos ser, no de lo que realmente somos. Esto resulta de una cultura occidental imposibilitada a reconciliar dos dimensiones de la realidad: la sensible y la racional. Lo vemos cuando los protagonistas de los grandes acontecimientos de la historia son exaltados en sus virtudes heroicas, pero pocos historiadores se arriesgan a narrar que las motivaciones de estos personajes pudieron tener origen en su estado más primitivo, animal y salvaje.

La historia convencional educa y configura a pueblos y comunidades a su propia imagen y semejanza. Dicen que la historia la cuentan los vencedores, y los que vencen la narran cómo quieren ser recordados. Así pues, deberíamos recuperar una historia más humana, “salvaje”… para no ser víctimas de los espejismos que confeccionan muchos escritores, especialistas en crear horizontes utópicos, como si no existiera el mundo sensible de las pasiones desordenadas, mundo que, muy a menudo, conduce con fuerza a las personas.

Es necesario que emerjan personas irreverentes con su propia historia, capaces de esclarecer “lo que no se ve”. Por ejemplo, Michel Foucault, en su obra El orden del discurso señala el tema del Tabú, entendido como omisión, como un punto clave para esclarecer que en las formas culturales subyace el deseo de dominio, de poder; incluso, la omisión puede emerger como una llave que desnuda el verdadero mensaje de un discurso.

Michel Foucault presenta la historia de una nueva forma, abre nuevos derroteros. No cantó los grandes ideales de la Revolución Francesa como los fundamentos-madre de las revoluciones, sino que mostró la antiutopía de los protagonistas de la historia, sus inconsistencias y omisiones, sus sombras y pasiones, sin maquillajes.

Esta otra historia que poco conocemos, no se asume, no se reconoce, se oculta y se evade. Hacen falta hombres y mujeres que se arriesguen a mostrarla y transformarla. La historia fragmentada, antiutópica, existe y opera, es un error no descubrirla y asumirla, pues se encuentra a nuestro lado como un animal salvaje, que no por ignorarlo va a dejar de devorarnos en la vorágine de lo cotidiano.

El riesgo de enfrentar, descubrir y asumir el animal salvaje, es que este encuentro puede derivar en violencia, pues las pasiones son intempestivas, así lo muestran expresiones de lo que se considera contracultura, pero que paradójicamente, fecunda lo que toca con su talante revolucionario, incluso autoritario. Esta especie de “creatividad” de la contracultura conlleva una dosis de violencia.

Se requieren valientes que propongan caminos totalmente nuevos, que rompan con los estereotipos de lo estructurado, y que causen aquella violencia que enriquece. Por ello, no resulta sorpresivo que Friedrich Hegel, filósofo alemán, dijera que “la historia avanza en su lado malo”.

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