martes, 7 de mayo de 2013

Mexicanos v/s fantasmas




Fernando López Anaya.

Historia es destino, así reza un dicho que en buena medida es cierto. La situación económica, social y cultural de nuestro país responde a la manera en que se ha contado la historia de México.

Hay una serie de principios intocables que permanecen en la narrativa de la historia de nuestro país, tales como: la soberanía nacional, la no reelección en el caso de legisladores federales y el ejecutivo federal, la separación Iglesia-Estado, los ideales de justicia y reparto de tierras que la Revolución Mexicana entraña, la prohibición a la producción y consumo de mariguana, la educación laica, entre otros, son algunos ejemplos de lo que hoy no se discute, o si se discute se reprueba desde una actitud dogmática, como si fueran artículos doctrinales de religión de Estado.

Esta visión de lo que debería ser nuestro país ha configurado una especie de antítesis del México ideal, y parece que esta antítesis se ha ido fortaleciendo y desarrollando, de manera que contamos con más argumentos para rechazar ideas que caminos para discutir y analizar propuestas de solución a los problemas económicos, sociales y culturales que México enfrenta. La antítesis se ha convertido en una especie de enterrador del desarrollo institucional, cultural, económico y social de México, es como si hubiéramos organizado una revuelta en contra de nosotros.

El legado histórico puede ser una carga que nos impida transformar con mayor rapidez aquello que no funciona en nuestra sociedad. La carga ideológica que la historia hereda ha vuelto loca la política, un ejemplo de ello es el rechazo a ultranza de ayuda internacional en temas de combate al crimen organizado con la excusa de que se vulnera la soberanía nacional, y con esto preferir que los delincuentes operen en los cuerpos policíacos a que extranjeros nos den lecciones de cómo proceder en los casos donde la población civil corre riesgos.

Otro ejemplo es la negativa sistemática y constante de que los proyectos de desarrollo social que implementan dependencias de gobierno involucren a agrupaciones religiosas o las favorezcan, ignorando que en muchas partes del país, las comunidades y el tejido social se desarrollan y fortalecen en torno a la religión. Si surge el caso de que en la práctica algún proyecto favorece a alguna denominación religiosa, las autoridades fingen demencia, y simulan una acción libre de tendencias y favoritismos.

La negativa a tratar los temas tabú de México son elementos del campo de lo absurdo que de la realidad misma, peleamos con una sombra que nos desgasta y nos confronta, luchamos contra fantasmas que tienen nombre y apellido: “soberanía”, “no reelección”… No estamos a la altura de los retos del mundo global.

En buena medida, este esencialismo que pretende “pureza sin mancha” se lo debemos a las instituciones que lo fortalecen, entre las que destacan escuelas y universidades, que además de ideologizar la enseñanza, apagan cualquier germen de creatividad, pues reprueban aquellas iniciativas que salen de las distintas lógicas y estructuras de los discursos del saber.

El creciente interés de certificar el quehacer de los profesionistas por parte de instituciones de enseñanza, ya sean privadas o gubernamentales, es muestra de que las universidades y el sistema educativo se van convirtiendo en un catálogo de lo que no hay que hacer. Como dijera Albert Einstein, “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.

Por eso en México tenemos más de 50 millones de personas hundidas en la pobreza, por eso la mayoría de microempresas que surgen a diario no resisten la maraña de reglamentaciones y engorrosos trámites, por eso los proyectos de desarrollo no sacan a nadie de la postración que representa el asistencialismo, porque nos entretenemos en una estéril guerra de mexicanos contra fantasmas.

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