domingo, 12 de mayo de 2013

No fue un accidente


La Crónica de hoy.
Manuel Gómez Granados.
Domingo 12 de mayo de 2013.


El martes 7 de mayo inició de la peor manera posible para los habitantes de San Pedro Xalostoc, uno de los antiguos pueblos del municipio de Ecatepec de Morelos, que ahora no se puede distinguir de asentamientos creados desde principios de los años 1970 y hasta la década pasada, que han terminado por hacer de Ecatepec un catálogo de todos los errores posibles en procesos de urbanización acelerada.

Es cierto, hay quienes tratan de justificar lo ocurrido en Ecatepec, Tlalnepantla, Naucalpan, Nezahualcóyotl y otros municipios conurbados al citar las cifras del crecimiento explosivo entre 1950 y 2000 que llevaron a que la población se multiplicara por 100. En 1950, según el censo que se levantó ese año, daba cuenta de 15 mil 226 habitantes en Ecatepec, 50 años después, eran ya más de millón y medio.

Lo que no dicen es que ese crecimiento no ocurrió gratuitamente. Contribuyeron la soberbia, los malos cálculos, tanto políticos como de viabilidad urbana o de riesgos para la protección civil de los cabildos de distintos municipios. Contribuyó la ceguera que llevó a apostarle todo a “aumentar la base fiscal” de manera súbita, sin importar las consecuencias; sin importar que se tuvieran que perforar pozos para extraer agua que en muchos casos era salobre o que se construyera en lo que eran los terrenos no aptos para la construcción, contaminadas incluso, de la antigua empresa Sosa Texcoco, que obviamente, no aguantaron el peso de las construcciones y se hundieron sin que —hasta el momento— se sepa quién pagará a quienes compraron casas ahí.  Esta apuesta permitió que se urbanizaran grandes extensiones de terreno en las peores condiciones posibles.

No sólo desaparecieron antiguos poblados como Santa Clara. También surgieron ciudades perdidas como San Agustín que, no en balde, en los años 1980 se convirtió en el epicentro de una ola de violencia. También, en el caso de Tlalnepantla, Ecatepec, e incluso algunas zonas de Naucalpan se permitió construir en zonas muy riesgosas.

En Tlalnepantla la situación fue más grave, pues se permitió la ocupación de las inmediaciones de las instalaciones de Pemex y las gaseras que originalmente se habían colocado ahí para reducir los riesgos en la ciudad de México. El resultado de esas malas decisiones lo vivimos en noviembre de 1984, cuando los depósitos de gas de San Juan Ixhuatepec, Tlalnepantla, explotaron cobrando la vida de más de 500 personas.

Casi 30 años después de aquella tragedia, la historia se repite. El número de víctimas es mucho menor y ello se debe a que el estallido ocurrió muy temprano, antes de que una escuela de Xalostoc fuera ocupada por los niños que acuden a clases allí. La historia se repite porque en 1984, como en 2013, lo ocurrido es resultado de la corrupción que explica la manera en que los gobiernos municipales del Estado de México han urbanizado sus territorios.

Pero hay varios elementos adicionales en el caso de Xalostoc. El primero es  la manera como en México se permite que tráileres con doble remolque, con exceso de peso, circulen a velocidades muy por encima de los límites y sin que —especialmente al atravesar zonas urbanas— exista restricción o vigilancia. Lo que es peor, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes rechazó la posibilidad de ejercer algún tipo de control por los daños pues —dijeron— se dañaría a una industria multimillonaria y, por ello, muy poderosa. Resulta absurdo, en este sentido, esperar alguna justicia. No sólo porque la SCT evidenció que, como autoridad reguladora, está del lado de quienes ponen en peligro a los usuarios de las carreteras y autopistas del país; también porque tanto el gobierno federal como el del Estado de México y el de Ecatepec han hecho todo lo posible por eludir cualquier tipo de compromiso para evitar que algo parecido ocurra de nuevo, como reubicar a quienes viven en el derecho de vía.

Por ello, lo que ocurrió en Xalostoc no fue un accidente. No fue el acto de un niño al que se le resbala un huevo antes de entregárselo a su madre. Lo ocurrido en Xalostoc es fruto de malas decisiones y la corrupción que las nutre, así como de la indisposición de las autoridades reguladoras del uso del suelo, del transporte y de las que tendrían que vigilar los límites de velocidad en las carreteras, para no cumplir sus responsabilidades. Parece que es el resultado de una conspiración para ponernos en riesgo a todos. Urge una reforma integral de planeación urbana a nivel nacional.

manuelggranados@gmail.com


No hay comentarios:

Publicar un comentario