domingo, 14 de julio de 2013

Fuenteovejuna global

La Crónica de Hoy.
Domingo 14 de julio de 2013.
Manuel Gómez Granados.



En México estamos acostumbrados a vernos como víctimas de la migración y tenemos razones de sobra para ello. Miles de paisanos mueren todos los años al tratar de cruzar el río, el desierto o las bardas que nos separan de Estados Unidos. Miles más están presos, algunos de ellos acusados de crímenes que no cometieron.

La lista de los agravios podría ser interminable, pero nuestras manos no están del todo limpias. México también contribuye con su cuota de injusticias. Ahí están las “estaciones migratorias” que, como algunas de las cárceles en las que se detiene a mexicanos en EU, son monumentos a la violación de los derechos humanos. Y quienes tienen la suerte de no caer en las manos del Instituto Nacional de Migración, siempre corren el peligro de caer en las manos de los narcotraficantes, los secuestradores y los tratantes de blancas, además de que —al llegar a la frontera— seguramente deberán lidiar con algún “coyote” que, casi siempre, es socio de estas bandas de crimen organizado.

Y no es que falten denuncias de lo que ocurre a los migrantes. En México, hace poco, una película La vida breve de Sabina Rivas, basada en los abusos que sufre una chica hondureña, fue un éxito de taquilla y todos los días los medios mexicanos publican alguna nota sobre los abusos que padecen nuestros paisanos en EU o que infligen las autoridades mexicanas a los migrantes de otros países. No es un problema de desconocimiento.

Es un problema, más bien, de indiferencia. No creemos que sea algo que nos involucre directamente a nosotros. O, como lo dijo recientemente el papa Francisco, en la minúscula isla de Lampedusa, a mitad del camino ente Túnez y Sicilia en el mar Mediterráneo: “hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y del servidor del altar, de los que hablaba Jesús en la parábola del Buen Samaritano: vemos al hermano medio muerto al borde del camino, quizás pensamos ‘pobrecito’, y seguimos nuestro camino, no nos compete; y con eso nos quedamos tranquilos, nos sentimos en paz. La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles al grito de los otros, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bonitas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisional, que lleva a la indiferencia hacia los otros, o mejor, lleva a la globalización de la indiferencia ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no tiene que ver con nosotros, no nos importa, no nos concierne!”

Las palabras de Francisco no tratan de ser un recordatorio de la magnitud de esta tragedia visible de víctimas invisibles; todos la conocemos; todos sabemos lo que implica que entre 10 y hasta 12 millones de inmigrantes indocumentados vivan en Estados Unidos y que entre 3 y hasta 4 millones lo hagan en la Unión Europea; muchos de ellos sumidos en el miedo, en trabajos que ponen en peligro su salud y por los que reciben pagos significativamente menores que los que podrían recibir otras personas.

Todos sabemos, también, que además de esos 13 o 16 millones de indocumentados en EU y la Unión Europea, existen otros que mueren en los desiertos de México, o al cruzar ríos o mares como el Mediterráneo, o al escalar las montañas de Grecia. Y también están quienes han desaparecido a manos de secuestradores, tratantes o policías.

Las palabras de Francisco fueron un llamado a la acción; un llamado a superar esa actitud sensiblera que se reduce a decir “pobrecito” y simplemente dejar las cosas como están. Fueron un llamado a que nos reconozcamos directamente involucrados en el sufrimiento de los migrantes que, por distintas razones, tratan de encontrar mejores condiciones de vida. Fueron un llamado a que dejemos de actuar como los habitantes de Fuenteovejuna, que reconocen que han cometido un exceso (la muerte del comendador), pero se escudan en el anonimato para no hacerse responsables de sus actos.

La visita de Francisco a Lampedusa, los gestos que tuvo con los residentes de esa pequeña isla, a mitad del camino entre las costas de Túnez e Italia, y con los inmigrantes varados, son una invitación a actuar, a cambiar las cosas, las actitudes, a renovar las instituciones, las leyes y su aplicación, a garantizar la seguridad de hombres, mujeres y niños en tránsito por el país, en suma, que la conducta con las que en México acogemos a los migrantes de otros países, sea de verdad, solidaria.

manuelggranados@gmail.com

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