lunes, 8 de julio de 2013

¿Podemos ser productivos?


Fernando López Anaya.

En el primer trimestre de 2013, el Índice Global de Productividad Laboral de la Economía (IGPLE) por hora trabajada, resultado de la relación entre el Producto Interno Bruto (PIB) y el factor trabajo de las unidades productivas del país, bajó 0.2% respecto al mismo trimestre del año pasado. Este dato, unido a otros que hablan de la baja productividad de los mexicanos son preocupantes, porque la productividad tiene un lugar privilegiado para generar ingresos, y en un ámbito más amplio como es el bienestar social, fin que al que debería estar orientado cualquier tipo de productividad, entendida esta como hacer más con menos.

El bienestar social es un conjunto de factores que hacen que una persona y toda la comunidad se sientan satisfechas y realizadas por sus resultados;  entre los factores hay aquellos que son subjetivos, pero hay otros que son de tipo económico, social, técnico... y para que este bienestar social logre cierto grado de satisfacción entre la población se requiere, entre otras cosas, que cada vez más personas y sectores de la sociedad sean más productivos, pues parte de este bienestar se encuentra relacionado con  la cantidad de bienes y servicios con los que se cuentan, lo cual depende exactamente de hacer más con menos. Lo malo es que no se enseña a ser productivo, ni en la familia, ni en la escuela ni en el trabajo y más bien impera la mentalidad del menor esfuerzo.

Por otro lado, una visión amplia del bienestar social exige considerar la contraparte de la productividad, aquella que llaman “hipoteca social”, que implica atender aquellos sectores de la población que no son productivos, algunos por lo menos temporalmente, en este conjunto están los niños, los ancianos, las personas con capacidades diferentes… y aquellos que por razones de falta de capacitación y oportunidades no generan suficiente riqueza.

La exigencia de estándares de productividad no necesariamente es la clave para una sociedad más justa y con mejor calidad de vida. Se sabe que los japoneses redoblan su productividad en las jornadas laborales para protestar por las condiciones de injusticia que padecen. Esta productividad sin orden y dirección puede perjudicar a las industrias, pues conduce a un abaratamiento de mercancías cuyo origen se encuentra en la sobreoferta de productos, además se incrementan los costos de almacenaje y producción. Por todo esto, en ocasiones, producir a la máxima capacidad instalada no es conveniente.

Para algunos producir cuesta poco, y para las mayorías producir empobrece. Dada la discrecionalidad de autoridades para emitir licencias de funcionamiento para comercios o microempresas, la lista interminable de trámites burocráticos que dan espacio a la corrupción, la competencia desleal debido a la importación de infinidad de productos con bajos o nulos aranceles, las enormes y cuantiosas operaciones comerciales que evaden impuestos, los privilegios de los monopolios y su complicidad con las autoridades para gozar de un marco legal que los hace intocables, entre otros factores, producir en pequeña escala, en talleres familiares, en pequeñas cooperativas, no siempre significa crecimiento económico.

El hecho es que en México, el sistema político y económico da como resultado un sector de la población que requiere más apoyo (asistencial) y al que le urge mayor inversión, sea en capacitación, créditos, asesoría, y no siempre cuenta con el apoyo de las autoridades. En México, la política no siempre detona un crecimiento económico sostenido para todos; por el contrario, acota canales de distribución de la riqueza y los concentra en unos cuantos.

¿En qué condiciones podemos producir?, ¿en qué productos podemos competir?.... Urge que los mexicanos hagamos más con menos, que seamos más productivos, pero a la vez que establezcamos un orden a la eficiencia y a la maximización de recursos. La productividad que se convierte en bienestar social no se logra sin un crecimiento sistémico en todos los ámbitos: valores sociales como la confianza en el gobierno, instituciones y sociedad civil; la calidad en la educación; la simplificación de trámites; el combate a la corrupción; un marco legal que impida la formación de monopolios y oligopolios… La productividad no viene sola, es producto de la educación, de un cambio de mentalidad, y de la manera de cómo percibimos al gobierno, las instituciones, las empresas, el trabajo…

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