domingo, 18 de agosto de 2013

Desarrollemos los mercados locales

La Crónica de Hoy.
Domingo 18 de agosto de 2013.
Manuel Gómez Granados.


México vive momentos clave. Se tratan de aprobar reformas que, bien hechas, podrían contribuir a resolver muchos de los problemas del país; pero, no nos engañemos, el problema no sólo es generar riqueza; el país es hogar de empresas capaces de competir con otras de su rama en cualquier parte del mundo. Somos, en muchos sentidos, un paraíso de grandes monopolios. Ello hace que nuestro verdadero problema sea la manera como se distribuye la riqueza, así como el empecinamiento con un modelo que apuesta excesivamente a los beneficios de la estabilidad de algunos indicadores como el tipo de cambio, creyendo que así se resolverán todos los problemas. Hace 15 años que no tenemos una devaluación importante del peso, pero eso no ha impedido que la mitad del país sea pobre o miserable ni ha permitido que se logren avances en dos décadas de combate a la pobreza.

Es el mismo problema que tienen los programas sociales y otras políticas públicas aplicadas en los últimos tres lustros. Son políticas de contención, no de solución; apuestan al control político y no a liberar ni alentar las capacidades para producir. Los programas de gobierno no buscan redefinir la manera en que los mexicanos concurrimos a los mercados; refuerzan un modelo que concentra tanto como puede la producción (de ahí los monopolios), que reduce al mínimo las oportunidades de empleo y —sobre todo— concentra más el ingreso.

Esto refleja la monumental ceguera que padecen las tres ramas del gobierno, como lo demostró la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de echar abajo una norma que buscaba impedir la construcción de grandes supermercados en las inmediaciones de los mercados populares de la ciudad de México. El fallo de la Corte es una colección de lugares comunes que sólo demuestra qué tan ciegas pueden ser nuestras autoridades. Y es que en México siempre queremos ser más papistas que el Papa.

En Estados Unidos, por ejemplo, cuna si la hay del moderno capitalismo, las ciudades de Nueva York y Washington, DC, han hecho todo —desde hace por lo menos 20 años— para evitar que se instalen grandes supermercados en sus territorios. No es que se anule la competencia o el libre mercado, es que se reconoce que diferentes contextos requieren diferentes soluciones. En Nueva York, por ejemplo, sólo existen pequeños supermercados que compiten ferozmente en términos de precio y servicio. El resultado es que en cualquier barrio de la ciudad hay dos o tres pequeños supermercados, con productos baratos y amplia oferta que permite que uno pueda comprar desde salsa picante mexicana hasta salsa para pasta italiana, y todos con terminales bancarias para utilizar tarjetas de crédito o de débito. En Washington, el gobierno local fijó impuestos y requisitos especiales a los supermercados que rebasaran ciertos límites. El resultado  es que se preservan empleos y se evitan problemas como el tráfico excesivo en las inmediaciones de los grandes supermercados, que es otro de los problemas que ocurre en México por la concentración de la oferta.

Son modelos que, sin renunciar a la libre competencia ni al lucro ni al capitalismo regulan la manera en que se concurre al mercado y evita lo que ocurre en México: sólo las grandes empresas sobreviven gracias a una lógica absurda, de un liberalismo trasnochado, que destruye a los pequeños empresarios.

Esa lógica perversa es la que impide que, por ejemplo, los programas sociales del gobierno federal, como “70 y más” o los distintos subsidios que entrega Sedesol, sirvan para alentar la producción local de alimentos y el desarrollo de mercados locales.  ¿Por qué se excluye a los pequeños productores y comerciantes de la posibilidad de vender sus productos a los beneficiarios de los programas del gobierno? ¿Por qué se usan esos programas para beneficiar todavía más a las grandes empresas? De nuevo un ejemplo de EU, en Michigan y otros estados de aquel país, los recursos de los programas de ayuda para la compra de alimentos duplican su valor en dólares si las personas compran a los pequeños productores agropecuarios de esos estados. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo o algo parecido en México promoviendo que los beneficiarios de programas sociales puedan comprar en mercados populares o panaderías, tortillerías y tiendas del barrio, o incluso directamente a los productores? Bastaría una terminal bancaria en cada mercado popular y un recibo a mano para pagar de los fondos depositados en una tarjeta a los productores locales.

manuelggranados@gmail.com

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