sábado, 3 de agosto de 2013

Más a fondo, Francisco

Excelsior.
Manuel Gómez Granados.
Sábado 03 de agosto de 2013.



La reciente Jornada Mundial de la Juventud ofreció una oportunidad única para apreciar los destellos de lo que podría ser, en el mediano y largo plazo, el pontificado de Francisco. Lo que vimos fue el despliegue de las capacidades de un hombre que, en plena madurez emocional, intelectual y espiritual, demostró lo bien que conoce su oficio como pastor, así como las difíciles realidades de los países de América Latina.
Francisco ocupó a plenitud la cátedra de San Pedro, tanto en Aparecida, como en los edificios civiles y religiosos de Río de Janeiro y de la playa de Copacabana, y lo hizo con la holgura que le dan sus años como jesuita, “cura callejero”, como él mismo se definió, y —sobre todo— con los años que fue obispo auxiliar y arzobispo de una de las ciudades más hermosas pero más complicadas y desiguales de todo el mundo: Buenos Aires.
No sólo sepultó ideas absurdas en la relación entre los católicos y otras denominaciones cristianas cuando, en una favela, entró al templo de las Asambleas de Dios y rezó, ahí, un padrenuestro con los ministros y fieles de esa iglesia. También recordó a los obispos de su Iglesia —por segunda y tercera vez en lo que va de su pontificado— que no deben actuar ni pensar como si fueran príncipes. Les recordó que el oficio de obispo es el oficio del pastor al servicio de los más necesitados. Llamó a los jóvenes a “hacer lío en las diócesis”, e insistió en algunos de los temas centrales de su pontificado, con la necesidad de que la Iglesia salga a las periferias y se olvide ya, de una vez, de la auto-referencialidad que la asfixia. Y todo lo anterior lo hizo con un ánimo que sorprende cuando se considera que está a punto de cumplir 77 años y que, desde hace mucho tiempo, vive y respira sólo con un pulmón.
El problema que plantean estos y otros afanes de Francisco, como la creación de la Comisión de Estructuras Económicas de la Santa Sede, o haber renunciado a los lujos del Palacio Apostólico e irse a vivir a lo que, para propósitos prácticos es un cuarto de hotel en Santa Marta, es que corren el riesgo de quedarse en la categoría de destellos o de rasgos que definan la personalidad del Papa, pero que no afecten el funcionamiento de la Iglesia en general y de la Santa Sede en particular. El mejor ejemplo que el Papa podría darle a los obispos de la necesidad de no actuar “como príncipes” lo daría si el impulso que lo llevó a creación la Comisión de Estructuras Económicas, responsable de “evitar el despilfarro”, madura de tal modo que se modifique a fondo tanto al Banco Ambrosiano, al Instituto de Obras de la Religión, la Secretaría de Estado y la Curia misma.
Renovar estas instituciones Vaticanas no es cosa menor. En cada una existen intereses enquistados desde hace muchos años que se beneficiaron del papel que la Iglesia desempeñó en el contexto de la Guerra Fría, pero que —una vez superada esa etapa de la historia— parece que no han sabido redefinir en el espíritu del Evangelio su identidad y papel dentro de la Iglesia.
Que los cambios que Francisco esbozó en Brasil se hagan realidad no depende sólo de él, pero él es quien más puede hacer para que sean realidad. Agosto es un mes muerto en Roma, pero sería de esperar que en septiembre ocurran ya los cambios que muchos esperan en la estructura de la Santa Sede. Ojalá que sea así y que los católicos tengamos la madurez necesaria para apoyar los esfuerzos de este hombre que sembró tanta esperanza en Brasil.

manuelggrandos@gmail.com

Enlace: http://www.excelsior.com.mx/manuel-gomez-granados/2013/08/03/911901

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