sábado, 28 de septiembre de 2013

Francisco va…




Manuel Gómez Granados

En fechas recientes, las revistas de la Compañía de Jesús en todo el mundo publicaron la entrevista que el papa Francisco concedió a Antonio Spadaro SJ.,  director de la La Civiltà Cattolica, En el mundo católico y no católico se ha debatido intensamente lo que esta dice o no dice.

Más allá del novedoso formato y su divulgación por internet, Francisco muestra un cambio muy importante en el discurso de la Iglesia respecto de sí misma. Más que insistir en el discurso defensivo, apologético y anquilosado que, para mal, ha prevalecido en un sector de la Iglesia en los últimos años, el Papa  habla de una Iglesia centrada en dar a conocer el Evangelio y opta por el acompañamiento cercano de los fieles comunes —el hombre es el camino primero y fundamental de la Iglesia —, que deja de dictar normas desde el helicóptero: a la derecha, a la izquierda… y decide caminar  en bicicleta o a pie o en transporte público con las personas reales, concretas, como lo haría Jesús si viviera en México, Buenos Aires o Roma.

A Francisco no le interesa la defensa de la Iglesia; él entiende que la mejor defensa de la Iglesia es la verdad  que ella misma manifiesta cuando se despoja del privilegio y camina junto con los más necesitados en los momentos difíciles, como lo refleja la carta que envió  a nuestro país apenas supo de los daños por las lluvias en México.

No cambia lo que la Iglesia enseña sobre la vida, la sexualidad o el aborto; más bien deja ver que quizás llegó el momento de que la Iglesia “se salga  de la alcoba” y centre su misión en anunciar a Cristo.  El discurso  del aborto, por ejemplo, que se convirtió en un modus vivendi para algunos, es peligroso en la medida que no toma en cuenta otros factores. Expresó: las personas cambian a lo largo de su vida; qué hacer con una mujer que en su juventud abortó, pero que—andando el tiempo—es capaz de reconstruir su vida y educa cristianamente a sus hijos, ¿condenarla? Él mismo responde que el confesionario no es una sala de tortura. Vaticano II dice: “la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad saludable. Pero es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa. Dios es el único juez y escrutador del corazón humano. Por ello, nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás”.

Francisco no deja de sorprendernos. Que diga lo que dice ahora es creíble porque muchos conocimos, incluso en México, lo que él y sus “curas-villeros” hacían en las zonas más pobres del conurbado bonaerense. Eso es lo que le da esa capacidad tan de él para re-crear las verdades más conocidas por católicos y no-católicos. Toda su vida como sacerdote o como obispo de Buenos Aires, se construyó como una narrativa de ejercicio de la caridad, del logos del amor verdaderamente cristiano que todo lo abarca, que está preocupado por amar y no por juzgar.

¿La Iglesia en otras regiones del mundo será capaz de seguir su ejemplo? Es difícil decirlo. Detrás de la sumisa obediencia de muchos, hay también quienes mienten y engañan. Tristemente, así le pasó a Juan Pablo II, quien depositó su confianza en personas que quizás  no la merecían. Por lo pronto, mientras algunas anquilosadas estructuras de la Iglesia se decantan en un sentido u otro, el ejemplo de este hombre del fin del mundo ahí está.


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