domingo, 15 de septiembre de 2013

Los dobles raseros

Manuel Gómez Granados.
La Crónica de Hoy.
Domingo 15 de septiembre de 2013.


Nadie discute que la convivencia en las sociedades democráticas es conflictiva por su propia naturaleza. No hay un centro único que decida qué es lo justo y tampoco hay acuerdos prácticos sobre otros temas como puede ser la sensatez de tales o cuales prácticas para expresar repudio o rechazo. Si algo caracteriza a la democracia es la constante reinvención de todo. Que así sea es muy positivo, pues nos obliga a todos a pensar una y otra vez qué es lo justo y cómo  podemos aspirar a la justicia.

El problema es cuando en un mismo espacio y de manera simultánea, la autoridad tolera prácticamente cualquier tipo de exceso de parte de un grupo y se muestra, al mismo tiempo, implacable, draconiana, con otro grupo. Eso es lo que está ocurriendo en la capital de la República. Mientras que a los maestros de la sección 22 del sindicato magisterial, el núcleo más activo de la llamada Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, se les toleran todos los excesos que ellos deciden cometer, a otras personas se les fustiga por cometer actos que nadie en su sano juicio podría considerar que constituyen delitos.

Uno de los casos más notables es el de los arrestos de personas que han cometido el crimen abominable de… tomar fotografías en la vía pública. Los cargos con los que se les remite a los jueces de primera instancia o al Ministerio Público son dignos de los antiguos regímenes de Europa del Este, de Cuba o de la República Popular China. Los más populares hasta el momento son los de “ataques a la paz pública” y el “ultraje a la autoridad”. Frente a ese tipo de acusación, es inevitable preguntarse, ¿quién comete más ultrajes, los maestros de la sección 22 o quienes, por la razón que sea desean tomar fotos en la vía pública?

En la lógica de las autoridades del Gobierno del Distrito Federal parecería que son quienes desean tomar fotos. Y no son  fotos que se tomen dentro de los cuarteles de las policías o dentro de las oficinas de los funcionarios públicos de la capital. Son fotos tomadas en la vía pública (donde nadie puede tener expectativa de privacidad,) y en algunos casos son fotografías de flores pero que, por algún mecanismo que sólo el jefe de gobierno del DF, Miguel Ángel Mancera, puede explicar, se convierten en “ataques a la paz pública” o en “ultrajes a la autoridad”. Cualquiera con un mínimo de criterio asumiría que, en última instancia, quienes han cometido todo tipo de “ataques a la paz pública” y han afectado a miles de ciudadanos son los maestros de la sección 22.

A final de cuentas,  el problema  no son ni las marchas ni las fotos. Si la noción de libertad de los gobiernos del DF es tal que se asumen todas las consecuencias de permitir que minorías violentas como los maestros de la sección 22 ataquen la poca o mucha “paz pública” que nos queda en el Distrito Federal, lo que corresponde es que se asuma así, de manera plena para todos.

El problema son los dobles raseros con que se actúa y que sólo hacen obvio lo que todos sabemos, que en la lógica de amigo-enemigo del gobierno del DF hay quienes merecen todas las consideraciones, sin importar qué clase de excesos cometan, y hay quienes merecen trato de animales, de ciudadanos de segunda y que no tienen derecho ni siquiera a tomarle fotos a las flores que se encuentren en su camino, como le ocurrió a la joven Dayana Sanjuan quien, por la razón que sea, decidió tomarle fotos a algunas flores de la Alameda Central y eso fue suficiente para que la remitieran a la agencia del Ministerio Público.

El juego del GDF es tan obvio que resulta insostenible en el largo plazo. Y no solamente porque contradice su supuesto compromiso con el respeto a los derechos humanos. El problema de fondo es que tolera, apapacha e incluso (a decir de algunos) financia a organizaciones que se establecen en el DF para, desde aquí, impulsar sus demandas en otros estados, pero es implacable cuando se trata de grupos que no ve como aliados y, sobre todo, cuando se trata de individuos que no forman parte de sus estructuras clientelares en la capital de la República. Será que quieren emular a Porfirio Díaz, quien dijo: a mis enemigos todo el rigor de la ley; a mis amigos la benevolencia.

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2013/783050.HTML

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