viernes, 4 de octubre de 2013

La angustia, ¿una esperanza?




Fernando López Anaya.

Detrás de todo proyecto social, política pública, programa… encontramos una idea de ser humano. Ni siquiera podemos planear el trabajo personal si no partimos de lo que pensamos que somos, ya que el fin que establecemos se encuentra relacionado a la idea que tenemos de nosotros mismos.

Pero la idea que tenemos de nosotros mismos no es sólo nuestra. Somos el resultado de opiniones, estilos de actuar, líderes que marcan una época, pensadores que proponen a la humanidad una idea de hombre; incluso, somos también el resultado de corrientes de pensamiento que niegan cualquier humanismo.

Sin embargo, no podemos apostarle a la indeterminación cuando se trata de diseñar un plan de desarrollo humano para nuestros hijos y seres queridos. Le apostamos a una idea de hombre, tal y como nos la presentan las teorías sobre la libertad, y anhelamos que nuestros hijos opten voluntariamente a lo que les proponemos, con el débil argumento de que es lo mejor para ellos.

Ante la mirada crítica de los que sin piedad desenmascaran nuestras intenciones de desterrar de la educación todo aquello que parezca coacción, determinación... resulta casi imposible escapar de la sobreestructuración de la vida cotidiana.

A decir de la cultura judeocristiana, existe una intencionalidad por imponer un cierto orden a todo (logos), que va desde la ética que muestra el deber ser, los cánones de belleza que nos señalan cómo debe apreciarse lo bello, hasta llegar al nacimiento de planes de estudio que tienen como finalidad el ordenamiento del tiempo destinado al ocio.

En la actualidad, surgen nuevas formas de estructuración de la sociedad y de la vida, como la que describe en varias de sus obras el sociólogo Zygmunt Bauman, amor líquido, vida líquida, donde se subraya lo cambiante, lo nuevo, lo intempestivo.

Sin embargo, no deja de aumentar la carga sistematizadora de las ciencias y la técnica que enfilan todo a una idea de desarrollo humano, sistemas que guardan sus propias contradicciones.

El pensamiento hipermoderno que debió elaborar por aprendizaje una síntesis de épocas anteriores y nuevas, no ha logrado mecanismos que deriven en inclusión de mayorías a un sistema de crecimiento económico sostenido en la superestructura capitalista, por el contrario, las grandes economías parecen tambalearse en constantes y cada vez más frecuentes movimientos de efecto dominó.

También aquellos activistas que se estructuran a partir de la indignación, pasando por los socialistas, los de izquierda, hasta llegar a los anarquistas, que no han logrado ni siquiera ser un contrapeso real al neoliberalismo salvaje de la economía, que lejos de globalizar la solidaridad, establece abismales distancias entre los pocos ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más empobrecidos.

Quizá sea momento de sacar a los locos, a los delirantes filósofos que fueron el escándalo de su tiempo por el morbo que causaron. Tal es el ejemplo de Jean Paul Sartre que reclamó la oportunidad de los individuos a elegir, pero no desde las opciones de las estructuras y los sistemas de pensamiento vigentes, sino desde los sentimientos más desdeñados y despreciables como la angustia… ya que en sus escritos se observa la negativa de que este sentimiento caiga en la apatía. La “basura” tiene potencial, es una propuesta para abandonar la objetividad vigente y quedar inmersos en el puro y absoluto subjetivismo.

La oportunidad de elegir algo distinto para nuestro mundo puede radicar en soñar, en desenmascarar el realismo de sus engaños, y en sospechar de la realidad, pues parece más una ideología de desesperanza que un motivo de verdadero cambio. Urge rescatar la utopía, la ingenuidad de soñar, de inventar y reinventar lo que quisiéramos ser, por eso, la misma angustia puede ser el trampolín que nos haga fecundos para transformar lo que la realidad dice que no se puede.

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