sábado, 23 de noviembre de 2013

La libertad religiosa, una prioridad




Manuel Gómez Granados.

La semana pasada, el arzobispo de Nueva York, Timothy Dolan se despidió como presidente de la Conferencia de Obispos de Estados Unidos. Lo hizo con un encendido discurso en el que llamó a hacer de la libertad religiosa el núcleo del trabajo pastoral de los obispos en ese y otros países. No le faltaban razones. En los últimos meses han ocurrido ataques a grupos de cristianos, católicos o no, en distintos países. Mucha de la atención se ha centrado en lo ocurrido en Egipto en el contexto de la nueva crisis política que vive ese país. Allá, los ataques a la libertad religiosa fueron violentos. Involucraron la quema o destrucción con artefactos explosivos antiguos templos coptos, católicos o no.

Otro país en el que los ataques a templos y edificios religiosos están a la orden del día es Siria, donde incluso  la nunciatura apostólica en ese país ha sido objeto de ataques con explosivos. Y no es sólo la destrucción de edificios. Es—sobre todo—la persecución sistemática de cualquiera que no haga suya la lógica de los distintos grupos que se disputan el control de ese país.

De acuerdo con el cálculo del cardenal Dolan, el número total de cristianos víctimas de la violencia en los primeros 13 años de este siglo es de cerca de un millón. A ellos tendrían que agregarse las víctimas de otros grupos religiosos que incluyen a judíos, musulmanes y budistas.

Entre los países que podrían convertirse en los próximos meses en epicentros de graves violaciones de los derechos humanos de las minorías religiosas están Afganistán y Pakistán, que ya sufren de agresiones continuas. Esas historias son más difíciles de discernir pues, detrás de la persecución de los cristianos que viven allí, están también las historias de la disputa de grandes extensiones de terrenos para el cultivo de la amapola, la materia prima para la producción de la heroína, que inunda las calles de Europa.

Y están también los conflictos de origen étnico que golpean a Turquía, donde—desde hace más de un siglo—se vive un sordo conflicto entre el gobierno nacional turco y los kurdos y armenios, minorías étnicas y religiosas distintas de los turcos que fueron obligados a jurar lealtad al gobierno y, en el caso de los armenios, obligados a convertirse al Islam, bajo amenazas.

En este sentido, Dolan tiene mucha razón cuando habla de la necesidad de hacer de la libertad religiosa una prioridad del trabajo pastoral. Lo más interesante, sin embargo, no es que el arzobispo de Nueva York haga ese llamado. Lo que es digno de considerar es la manera en que la Conferencia de Obispos de EU asume este reto. Sin renunciar a reafirmar las definiciones morales de la Iglesia en temas como la defensa de la vida o la objeción de conciencia, los obispos de EU han lanzado tres iniciativas. Una coyuntural, que tiene que ver con la ayuda a las víctimas en Filipinas y otras dos de largo aliento. La primera, la Campaña Católica para el Desarrollo Humano, cuyo objetivo último es erradicar la pobreza en EU. La segunda, la Semana de la Migración que ocurrirá en enero del año próximo, para expresar así la solidaridad con las familias de indocumentados que viven angustiados por el temor a las deportaciones.

Dolan y la Conferencia de Obispos de EU tienen claro que la mejor manera de defender la libertad religiosa es respetando la dignidad de cada ser humano. Saben también que no hay mejor manera de ejercer esa libertad que poniendo en práctica  el amor al prójimo, la caridad que supone la justicia.


Enlace: http://www.excelsior.com.mx/opinion/manuel-gomez-granados/2013/11/23/930159


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