domingo, 24 de noviembre de 2013

Las desventuras de la democracia

Manuel Gómez Granados.


En fechas recientes, el consorcio Latinobarómetro de Chile publicó la más reciente edición de su encuesta de América Latina. Las noticias hablan de avances, riesgos y problemas para nuestras democracias.

En México, por ejemplo, en los últimos siete años ha caído la proporción de quienes consideran que la democracia es el mejor sistema de gobierno y ha aumentado, en la misma proporción (17 por ciento), el número de quienes creen que no hay diferencia entre democracia y autoritarismo. En 2012, a causa de ese cambio, 37 por ciento de los encuestados creen que no hay diferencia entre democracia y autoritarismo, misma proporción de quienes prefieren a la democracia. Hay en ese cambio, grave por la rapidez con la que ocurre, mucho de desencanto con la incapacidad de nuestra democracia para generar bienestar, orden, justicia y  esperanza sobre el futuro del país.

El desencanto en algunos países se traduce en bajas tasas de participación, como en Chile, cuya reciente elección presidencial ha sido una de las menos concurridas de la historia. Algunos creen que eso cambiará cuando se realice la segunda vuelta que muy probablemente ratificará el triunfo de Michelle Bachelet, que así podrá regresar al Palacio de La Moneda a terminar lo que dejó pendiente la década pasada.

En Honduras, el desencanto con la democracia es el caldo de cultivo ideal para el fanatismo y para el fraude. La segunda nación más pobre de la región celebra elecciones hoy domingo y  para muchos es solamente una reelección por interpósita persona.  Xiomara Castro, esposa del defenestrado presidente Manuel Zelaya, podría ganar la presidencia y si no la gana, muy probablemente sea porque será víctima de un monumental fraude electoral, que es de lo que más se habló en los días previos a la elección.

En Argentina las cosas no andan bien. Luego de las más recientes elecciones legislativas, la presidenta Cristina Fernández se tomó unos días para recuperarse de una afección y su retorno a la Casa Rosada tomó la forma de una reestructuración mayor e inesperada de su gabinete. Lo que es más, la mayoría de sus antiguos colaboradores fueron enviados a algunas de las más preciadas y lejanas embajadas argentinas, lo que hace suponer que no los quiere como rivales para la sucesión presidencial en puerta.

Y los relevos provocan más zozobra, pues nombró como viceministro de Economía a Axel Kicillof, un joven economista, coautor de la expropiación de la petrolera Repsol, a quienes muchos ven como una especie de viajero en el tiempo, llegado de la década de los setenta a reciclar muchas de las recetas del keynesianismo, como políticas monetarias expansivas, búsqueda agresiva de créditos, control de cambios e impuestos a la producción agropecuaria, lo que hace suponer que Argentina entrará muy pronto en un ciclo corto pero muy agresivo de crecimiento financiado de la peor manera posible, con el propósito de que doña Cristina y la versión del peronismo que ella representa, ganen las elecciones de 2015.

Pero el país que más preocupa es Venezuela. En fechas recientes, Nicolás Maduro sorprendió al mundo al anunciar que la Navidad se adelantaba en el Orinoco. Lo que no dijo Maduro es que ese acto incluía, por una parte, que el congreso de su país lo invistiera (como hizo a finales de 1990 con Rafael Caldera) con facultades para gobernar por decreto, es decir, para tomar decisiones con carácter de ley sin que el congreso participe. Eso resulta sospechoso por varias razones. En primer lugar, porque cuando Caldera gobernó así, lo hizo porque no controlaba el Congreso y Venezuela vivía la crisis que desencadenó la llegada de Hugo Chávez al poder. Los poderes especiales a Caldera fueron el último intento, desesperado, para evitar el colapso.

Nada haría suponer que Maduro enfrente una situación parecida a la que sufrió Caldera en los años 1990, dada su condición de heredero universal de Chávez. Que recurra a una medida así, a la que sumó la incautación de una de las cadenas muebleras más importantes de Venezuela, habla de una crisis que nadie admite y que sólo podemos imaginarla como en un teatro de sombras.

Ante este panorama parece que la democracia se vació de significado y se ha reducido a formas de operación para que grupos de poder manipulen a la población. Ojalá que la reflexión nos lleve a formar una ciudadanía más participativa y activa en la que se exprese que el poder reside en el pueblo, y sea el instrumento de una vida mejor para todos.

manuelggranados@gmail.com



Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2013/798937.html

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