domingo, 1 de diciembre de 2013

La exhortación de Francisco


Manuel Gómez Granados.

La semana pasada los medios de comunicación de todo el mundo y distintos idiomas dieron a conocer los detalles de la exhortación apostólica del Papa Francisco: Evangelii Gaudium, la alegría del Evangelio.

El documento no es un tratado de economía, sino un juicio ético. Dice el Papa: “quiero dirigirme a los fieles cristianos, para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”… “Así como el mandamiento de no matar pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir no a una economía de la exclusión y la inequidad”. Un mensaje para un mundo que necesita humanizarse; que necesita educar la mirada para hacer de cada persona humana un fin en sí misma, sin ninguna subordinación al dinero, las estructuras o los sistemas económicos.

Varios pasajes del texto han sido motivo de análisis, aunque existe cierto desconocimiento del pensamiento de la Iglesia en el ámbito de lo social, queda claro que hay  un reconocimiento al valor de lo que dice el documento en materia de economía y de las relaciones de la economía con la política.

Un ejercicio hecho por el diario The Washington Post profundiza en el texto del Papa con la adición de más de una docena de gráficas, elaboradas con datos reales de distintas fuentes, que complementan lo que la exhortación dice. Es una resonancia que asombra cuando se considera que el Post no es un medio confesional ni nada que se le parezca. Otros comentarios profundos de economistas no vinculados a la Iglesia se publicaron en The Atlantic, una de las más prestigiadas revistas de análisis político, así como de Slate, una publicación digital muy influyente.

Francisco no cambia la doctrina o la teología de la Iglesia. Tampoco contradice a Juan Pablo II o a Benedicto XVI. Más bien al contrario. Quien lea el texto completo, se dará cuenta que ha referido casi cada párrafo con enseñanzas de sus predecesores. Quien hable de ruptura, se equivoca. Pero también sería mezquino escamotearle a Francisco el crédito que le corresponde por haber logrado que el mundo volviera a prestar atención a las palabras que se dicen desde la Santa Sede. No capturó la atención del mundo con rupturas o cismas. Lo logró al ser él mismo ejemplo de lo que el Evangelio dice. Acabaron los días del aislamiento del Papa en la soledad inescrutable del Palacio Apostólico e iniciaron las jornadas, siempre frescas, siempre interesantes, de las misas íntimas en la capilla de Santa Marta a donde se mudó. Dejó atrás accesorios ritualistas que agobian, como los zapatos rojos, y regresó al origen profundo de la Iglesia: la caridad y sencillez.

Del contenido de la exhortación, el pasaje más conocido y reproducido hasta ahora en la prensa financiera y de negocios es el parágrafo 54, en el que Francisco despluma al marginalismo, al neoliberalismo y, de manera más general, al capitalismo:

«En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando».

Estas palabras tienen especial importancia en un país como México en donde los gobiernos de los últimos 25 años han asumido como verdad absoluta las “teorías del derrame”—el marginalismo, por ejemplo—que llevó a Carlos Salinas, Vicente Fox y Felipe Calderón a reducir o dejar de cobrar impuestos, con la esperanza de que así se detonara el crecimiento y se crearan empleos. No fue así. Más bien lo que ocurrió fue que, por razones de mercado, se desbordó la informalidad, donde cada quien se rasca con sus uñas; miles de hectáreas se dedican ahora a producir drogas, y miles de jóvenes que se unieron a las filas del narcotráfico por ser quienes les pagan algún sueldo.

Y lo peor de las “teorías del derrame” es que, como lo señala ese mismo parágrafo, sólo han logrado que los excluidos sigan esperando, gracias a “una globalización de la indiferencia”, la cual  contradice aquello que san Mateo resume en “tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber…” El Papa,  insiste en una verdad básica del cristianismo: La fe sin obras está muerta.

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2013/800464.html

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