jueves, 19 de diciembre de 2013

Mis monstruos


Fernando López Anaya.
En una famosa serie inglesa de televisión, Mis monstruos y yo, se narra la historia de la familia Carlson. Esta serie narra la travesía de los Carlson para mudarse a una nueva casa en la que se encuentran tres monstruos: Fiend, Haggis y Norman. Estos monstruos, a pesar de su aspecto, parecen amigables y se integran a la vida cotidiana de la familia.

Distintas series de televisión entretienen a niños y niñas, y los hacen entender el mundo y su dinámica, otras los sumergen a distintas fantasías para desarrollar su imaginación, pero existen otras, que aunque parecen inofensivas, pueden tener importantes consecuencias en la manera de entender lo que es humano.

La tradición humanista, en especial el pensamiento escolástico, ha enseñado que la dignidad de toda persona humana radica en su libertad. Para algunos pensadores, ser libres es una simple certeza interior. Lo que sí podemos constatar, es que al menos cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, creemos que somos libres, y por ende pensamos que nuestros semejantes también lo son, y por lo tanto compartimos la misma dignidad de pertenecer al género humano. Distintos pensadores han hablado de la condición humana unida a aquella capacidad de elegir libremente.

Viktor Frankl, en su obra El hombre en busca de sentido, narra cómo aquellos individuos que habían sobrevivido a los campos de concentración nazi, muchos de ellos, cuando fueron rescatados, no sabían qué hacer con su libertad, incluso había quienes pensaban que no podía haber felicidad que les pagara tanto sufrimiento, y hubo quienes de víctimas se convirtieron en victimarios, pues se habituaron al escenario de la esclavitud y exterminio, ya sea como esclavos o verdugos, pues algunos eran forzados a obligar a otros a entrar en cámaras de gas, a que fueran objeto de las peores condiciones de sobreviviencia, habían perdido la conciencia de lo humano, y siendo liberados no encontraban sentido a su existencia.

La hipermodernidad en la que vivimos no toma en cuenta las enseñanzas del pasado, se concreta a narrar pequeñas historias sin antecedentes, sin un telón de fondo, cada capítulo es una nueva historia. La programación de televisión es muestra del más acendrado micro-relato que vacía de sentido las palabras, pues en cada micro historia las palabras sólo sirven para ese instante, nada más. La realidad no es como un capítulo de televisión, historia nueva cada 30 minutos. 

Las historias de una serie televisiva pueden crear en los niños una percepción distinta de lo humano. La capacidad de elegir libremente, de amar libremente puede endosarse a un fetiche, a un animal… a un monstruo, y sencillamente acostumbrarse a esta visión de un mundo irreal.

Y bajo el enajenamiento de una historia como la del monstruo que convive con un niño como si fuera su mejor amigo, ¿qué impide que una mascota tenga la misma importancia que una persona? ¿Será que algo parecido sucede cuando un niño le pone más atención a su perro que a su padre cuando llega de trabajar?

Quizá por eso nos preguntamos, ¿por qué las personas no son el centro de toda actividad económica? ¿Por qué vale más el dinero, el poder y las cosas que la vida de muchas personas? Quizá estemos creando un mundo donde se están incorporando a nuestra vida cotidiana algunos monstruos. ¿Usted qué opina? ¿Tiene algún monstruo como su mejor amigo?

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