domingo, 19 de enero de 2014

Cincuenta años de Guerra contra la Pobreza



Manuel Gómez Granados.

El cincuenta aniversario de la Guerra contra la Pobreza de Lyndon B. Johnson ha desatado un debate muy sano y necesario en Estados Unidos acerca de lo que se debe hacer o no para combatir la pobreza. El hecho de que, hace un año, se nos haya dicho que uno de los programas bandera del actual gobierno federal será la llamada Cruzada contra el Hambre, hace más importante considerar qué podemos aprender tanto de nuestras experiencias previas en el combate a la pobreza, como lo que EU ha hecho en este medio siglo.

Uno de los datos más interesantes que se ha dado a conocer es el de qué tan caro es ser pobre. Contra lo que muchas veces se piensa acerca de la pobreza como una condición en la que es posible encontrar alimentos baratos, las personas pobres gastan una proporción mayor de sus ingresos en los alimentos; la mayoría de los alimentos que consumen son de baja calidad nutricional, pues lo que buscan en primer lugar son calorías baratas, que se pueden encontrar a menor precio en alimentos chatarra, pero que terminarán por pasarles factura en la forma de una mala o deficiente salud, lo que implicará—andado el tiempo—mayores gastos en servicios de salud. Los hallazgos de cerca de 40 años de análisis de las políticas orientadas a combatir la pobreza indican que para atacar la pobreza en la raíz, es necesario facilitar que los pobres tengan  acceso a alimentos de calidad. Sólo así se romperán los llamados ciclos de pobreza intergeneracional, que hacen que la pobreza se transmita de una generación a otra. Además, los niños que no tienen acceso a alimentos de calidad, encontrarán más difícil desarrollarse y tener un buen desempeño académico.

Otro problema que las personas pobres enfrentan es la calidad y la ubicación de sus viviendas. Dado que la mayoría de los pobres obtienen sus ingresos en el sector informal de la economía, difícilmente tendrán acceso a vivienda de buena calidad en las zonas céntricas de las ciudades. Si logran vivir en esas zonas, muy probablemente ocuparán viviendas precarias, mal ventiladas, mal iluminadas, en zonas inseguras o con malos servicios. Todos esos factores contribuirán a fortalecer, en lugar de quebrar, los ciclos de pobreza. Si no ocupan las zonas céntricas, entonces muy probablemente  vivirán en las periferias de las ciudades, lo que implicará que gasten más para  llegar a sus lugares de trabajo y que sus hijos también gasten más para llegar a la escuela.

Quienes viven en las periferias, tampoco tendrán acceso a jardines, zonas de recreo, bibliotecas o iglesias. A veces porque no existen en las periferias y a veces porque ir y venir al trabajo o la escuela les consume todo el tiempo disponible.

El mayor gasto en transporte tiene otras consecuencias para los pobres. Entre las más notables está que carecen de los recursos necesarios para comprar libros. Los efectos de no tener libros en casa son determinantes para que un niño adquiera o no el hábito de la lectura. Los niños que tienen libros en casa, tienden a tener mejores desempeños académicos.

Un dato adicional. Como ya hemos señalado en estos espacios en fechas recientes, los pobres pagan mucho más por el acceso a los servicios bancarios y financieros. Intermediarios como Banco Azteca o los montepíos abusan de los pobres. Esos intermediarios hablan frecuentemente de qué tan pagadores son sus clientes pobres. La pregunta inevitable es, si ellos mismos reconocen que son pagadores, ¿por qué les imponen intereses tan altos?

Si nos atenemos a lo que Rosario Robles, la Secretaria de Desarrollo Social ha dicho en fechas recientes acerca de la Cruzada contra el Hambre, estaríamos a punto de conocer —ahora sí— los cambios a las políticas de combate a la pobreza y promoción del desarrollo. Atacar las causas estructurales del hambre, sin embargo, no se reduce sólo a que los pobres tengan más recursos. También implica resolver el problema de qué tipo de alimentos pueden comprar y a quien se los pueden comprar. Urge una política que reactive la producción de alimentos y la generación de empleos en las regiones; que favorezca, en lugar de entorpecer, la creación de cooperativas de producción y consumo y que aliente el ahorro, en lugar del consumo por medio del crédito. Pero también se requieren mejoras a la vivienda y al transporte público. De otra manera, los ciclos de pobreza seguirán intocados.



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