domingo, 12 de enero de 2014

Es la economía... Pero también la familia


Manuel Gómez Granados.


Por estas fechas, en Estados Unidos, se celebra el 50 aniversario del inicio de la llamada Guerra contra la pobreza. Esa guerra formó parte de un programa más ambicioso: la Gran Sociedad, con el que Lyndon B. Johnson inició su accidentada presidencia, producto del asesinato de John F. Kennedy, que incluyó —entre otros— los acelerados cambios que restituyeron los derechos civiles y políticos a las minorías de afroamericanos, latinos y nativos–americanos.

La Guerra contra la pobreza generó muchas intervenciones. Algunas estaban orientadas a reparar las unidades habitacionales que Franklin D. Roosevelt había construido durante la Gran Depresión que, 30 años después, acusaban los efectos del tiempo y de políticas como la congelación de rentas para viviendas. La Guerra contra la pobreza también detonó una serie de estudios sobre este problema en EU y en otros países, que inspiraron la política exterior norteamericana, como en el caso de las llamadas Brigadas de la Paz (Peace Corps), creadas unos años antes por Kennedy.

Más importante que los programas en sí, lo que la Guerra contra la pobreza detonó también fue la creación de toneladas y toneladas de estadísticas. Esos números, que incluyen desde los montos de la ayuda, hasta diversas evaluaciones de lo logrado con esa ayuda, ofrecen un corpus invaluable para entender qué funciona y qué no funciona cuando se trata de combatir la pobreza.

Ese es el espíritu que anima el trabajo de Raj Chetty, economista adscrito al Proyecto de Igualdad de Oportunidades de las universidades de Harvard y Berkeley quien, el 17 de diciembre de 2013 presentó sus hallazgos en una videoconferencia que puede verse en el portal del Banco Mundial (http://live.worldbank.org/improving-equality-opportunity). El trabajo permite identificar tres factores clave en la lucha contra la pobreza. Uno es el del incremento en el ingreso de las personas. No hay vuelta de hoja, para combatir la pobreza se debe generar riqueza, ingresos. Las políticas de combate a la pobreza necesitan atender las realidades del mercado. Si se dejan de lado esas realidades, más que combatir la pobreza se administra la miseria y el descontento que esa condición genera en quienes la padecen.

El segundo factor clave es la capacidad que tienen los gobiernos locales (municipales en el caso de México) para orientar y aumentar el nivel de la inversión pública a fin de resolver sus problemas: seguridad pública, tránsito, áreas verdes, recolección de basura, mantenimiento de espacios comunes que favorezcan la construcción de sentidos de pertenencia, como los parques en los que juegan los niños o las canchas deportivas en las que pueden practicar deportes los jóvenes y los adultos, además de mejoras en la infraestructura de las escuelas o las bibliotecas públicas. Si una política de desarrollo no mejora la capacidad de los gobiernos municipales para ser más autónomos y orientar la inversión pública a satisfacer esas necesidades básicas, poco se avanzará para combatir la pobreza.

Finalmente, Chetty considera que tanto la capacidad de las ciudades para incluir, en lugar de discriminar a sus habitantes, así como “la estructura familiar” son los factores más importantes para explicar si las personas pueden o no superar la miseria y la pobreza, de modo que sus hijos vayan a la escuela y prosperen.

Los datos disponibles en EU demuestran que ciudades como Salt Lake City, con una alta proporción de familias en el sentido tradicional del término y con una práctica relativamente constante de su religión, tienen mayores probabilidades de ver que los niños pobres superen esa condición que ciudades como Atlanta, en las que existen altos índices de segregación o discriminación racial.

El análisis de Chetty permitiría explicar, por ejemplo, por qué es tan difícil erradicar la pobreza en Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Michoacán, Puebla o algunas regiones de Chihuahua. Se trata de regiones de México marcadas por la pobreza y formas de exclusión, segregación y racismo similares a las de ciudades del Sur Profundo de EU como Atlanta, así como por la debilidad presupuestal de sus gobiernos municipales. De igual modo, los datos nos dicen que es necesario fortalecer a la familia, no socavarla. La información disponible deja ver que los niños que crecen en familias en las que madre y padre colaboran y comparten las responsabilidades de la crianza, tienen mayores posibilidades de superar la pobreza que los niños de familias con sólo uno de los padres.

¿Podemos aprender de esta experiencia para México? O, ¿se aplicará el refrán de que nadie experimenta en cabeza ajena?

manuelggranados@gmail.com


Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2014/807862.html

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