lunes, 17 de febrero de 2014

¿El Momento de México?

Manuel Gómez Granados

Desde distintos frentes, especialmente en la prensa extranjera, se habla en estos días de un “momento de México”. Ojalá todos los minutos de nuestra vida fueran momentos de México; ojalá todos hiciéramos que así fuera. El problema de este “momento de México” es que corremos el riesgo que sea como aquella figura de la que el profeta Daniel habla en la Biblia: un gigante con pies de barro. Y no es que  desee mal al país o a quienes lo administran. Todo lo contrario, qué bueno que a México le vaya bien y qué bueno que se hable bien.

El problema es que “la mula no era arisca”, al menos no por naturaleza; la hicieron los palos. No es la primera vez, en los últimos años, que se nos habla de un “momento de México” o de algo parecido. Con las variaciones inevitables del caso, lo han hecho todos los presidentes de los últimos 50 años, acaso con la excepción de Miguel de la Madrid. Las denominaciones han sido muchas: con López Mateos nos acostumbramos a hablar de un milagro mexicano. Luis Echeverría creyó que él podría hacer de México un líder mundial, del mismo modo que José López Portillo habló de la necesidad de “administrar la riqueza”. Carlos Salinas, ahora tan activo en la defensa de su legado, no perdía la oportunidad de hablar de las ventajas que daría a México la participación en el Tratado de Libre Comercio. Ernesto Zedillo quiso presentarse a sí mismo como el padre de la democracia. Muchos no hemos olvidado las promesas que hizo Vicente Fox al asumir el cargo ni la decepción que causó que no se cumpliera con lo ofrecido. Felipe Calderón ofreció la guerra contra el crimen organizado como la guerra que terminaría con todas las guerras.

Hay una especie de callosidad en nuestros oídos cada vez que se nos habla de estos momentos en que todo puede cambiar, como si bastara nuestra voluntad o proyección psicológica. Y no es algo aislado, que sólo afecte a los resentidos. En estos días, la empresa internacional Edelman publicó los más recientes resultados de Barómetro Global de la Confianza (http://www.edelman.com/insights/intellectual-property/2014-edelman-trust-barometer/about-trust/global-results/). Una de las sorpresas más desagradables en esta nueva edición, de ese instrumento, es que México es uno de los países en los que se registró una mayor pérdida de la confianza.

En 2013, México registró 68 puntos en este Barómetro, lo que nos hacía el cuarto país de la muestra de 27 naciones con la que se elabora y una de las pocas sociedades en la que predominaba la confianza. Para 2014, nuestro país perdió nueve puntos y pasó a ocupar la novena posición, además de que nos hizo el tercer país con la mayor pérdida de confianza de 2013 a 2014, sólo detrás de Polonia y Estados Unidos.

Lo más grave es que una de las pérdidas más notables de confianza en México ocurra en la pregunta sobre la confianza en el gobierno. En 2013, el índice de confianza en el gobierno ya era bajo, pues se ubicaba en 41 por ciento. Un año después, el valor de esa variable es ya de sólo 28 por ciento, 13 puntos porcentuales para abajo.

Los datos de Edelman no permiten establecer con precisión por qué ocurren estas pérdidas de confianza en las autoridades, pero si nos atenemos a la información que publicó en septiembre del año pasado Transparencia Internacional, como parte de su Índice de Percepción de la Corrupción, sabemos que esta pérdida de la confianza en las autoridades crece junto con la percepción de que en México todavía ocurren actos de corrupción que nos lesionan a todos. Y hoy tendríamos que decir que la percepción aumentó mucho más.

Esta pérdida de la confianza y el aumento en la percepción de corrupción está, por ejemplo, en el fondo de las razones que muchas personas adelantan cuando se les pide su opinión sobre las llamadas “auto-defensas” en Michoacán. También son un tema recurrente cuando se consideran los efectos demoledores que tienen descubrimientos como el que hizo la caravana que encabeza en Guerrero el obispo de Saltillo, don Raúl Vera, que sin esperarlo se topó con una bodega tan inmensa como la desesperanza de miles de guerrerenses, llena de despensas que el pueblo había enviado a Guerrero luego del huracán Manuel, echadas a perder.

Más que preocuparnos por el “momento de México” en el exterior, deberíamos ocuparnos de reconstruir la confianza. Ese es el reto. Esa es la clave.



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