miércoles, 12 de febrero de 2014

El potencial de las pequeñas acciones


Fernando López Anaya.

En México sabemos que cuerpos policiacos están infiltrados por miembros del crimen organizado; que instituciones públicas que se han manejado con cierto grado de discrecionalidad en la gestión de sus recursos, se sitúan al margen del bien común, que en el caos de inseguridad y en nombre de la legítima defensa, grupos de familias toman las armas para recuperar la paz que les quitaron grupos de delincuentes. Esta narrativa muestra el caldo de cultivo para que en algunas zonas del país se configure una tormenta de ingobernabilidad. 

No podemos negar que existan responsables concretos de este escenario, y que haya en las calles, ideólogos del crimen que operan con impunidad comprada. Pero también es cierto que estos líderes que mueven al caos no se explican sin una red de cómplices voluntarios, y también, una cierta colaboración de personas que "nunca se meten con nadie" y que vienen de familias con tradiciones ancladas a principios éticos, pero que por miedo y/o amenazas, de alguna manera, tienen que hacer eco al llamado de la delincuencia. El fenómeno de violencia en distintas regiones del país es complejo; sin embargo, debemos aprender de las lecciones del pasado, especialmente de las que se relacionan con personajes como Hitler en Alemania, Mussolini en Italia, Stalin en Rusia... que también apuntan a una sociedad enajenada frente a liderazgos que apagan la crítica y la autoreflexión. Los grandes capos del crimen que operan en México, de alguna manera y en cierto sentido, también establecen un vínculo de enajenación con sus seguidores que los hacen soslayar todo aquello que no tenga que ver con el poder y los medios para conseguirlo, es una especie de reduccionismo del sentido de la vida centrado en el deseo de dominio que sofoca la reflexión crítica de las huestes.

En México, los líderes de grupos delincuenciales encontraron una sociedad que piensa poco en la gravedad de las pequeñas acciones y omisiones, que no por ser pequeñas dejan de tener importancia. Estamos acostumbrados a no-pensar que el desarrollo, que incluye la reconstrucción del tejido social, las relaciones de confianza, la solución de conflictos desde la casa, también tiene que ver con escenarios que se han hecho costumbre: la basura en las calles, el soborno para el policía de tránsito, la propina al funcionario público para que realice bien su trabajo...  Si en las cosas pequeñas sólo entendemos el juego ganar-perder, ¿por qué no vamos juzgar de la misma manera las cosas más grandes? En las pequeñas acciones y/u omisiones podemos salvaguardar un reducto de conciencia crítica. 

Nos parecemos cada vez más a lo que Viktor Frankl narra en "El hombre en busca de sentido"  cuando en el campo de concentración nazi sólo se tiene opción de elegir entre ser víctima o victimario. ¿No se parece a lo que juegan en Michoacán las autodefensas y los sicarios del crimen? En algunos pueblos, quien no es autodefensa es traidor. ¿Será que el verdadero cambio a este clima de violencia se encuentra en que cada persona logre descubrir que el sentido de la vida puede ser más amplio que el deseo de dominar, someter y buscar venganza? 

Concluir que México es sinónimo de lo que pasa en Michoacán y en otras regiones del país es un despropósito. Existen muchas personas que intentan azuzar la conciencia crítica y que levantan la voz para que escapemos de la espiral de violencia con pequeñas acciones. Es necesario que resaltemos la importancia de las pequeñas cosas que nos hacen recobrar un sentido de vida más amplio, aquellas cosas que nos hacen más humanos: respetar los altos de los semáforos, ceder los asientos y lugares reservados para los ancianos y discapacitados... Urge recordar lo que Schumacher dijo: "lo pequeño es hermoso".

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