domingo, 2 de febrero de 2014

No llores por mí...

Manuel Gómez Granados.

Una vez más Argentina hace sonar todas las alarmas. Una vez más, como muchas veces antes en la historia de ese país, la razón de las alarmas es un problema de confianza.

Hace poco más de un año, el gobierno argentino creyó que las condiciones eran óptimas para hacerse, a precio de remate, de las instalaciones de la petrolera española Repsol. Los elevados precios de los productos del campo llevaron a doña Cristina Fernández a creer que todo estaba puesto para eliminar las restricciones a la reelección indefinida, algo que —por cierto— Daniel Ortega recién logró en Nicaragua esta semana. El cielo era el límite en la imaginación del primer círculo de la presidenta. Ello la llevó a imponer, una vez más, un “corralito” para controlar la compra de dólares. Pero la mula no era arisca, los palos la hicieron y así, lejos de evitar que la gente comprara dólares, el mensaje fue claro: compren dólares.

Lo que siguió fue el retorno del llamado “dólar blue”, el eufemismo porteño para hablar de la cotización paralela a la oficial; y como tantas otras veces, en el Microcentro, en Ezeiza o San Telmo, retoñaron los “arbolitos”, los cambistas informales, que venden y compran dólares de manera informal. La cotización del dólar paralelo llegó el 24 de enero a más de 12.40 pesos por dólar. Nada que ver con la cotización oficial de poco más de 8 pesos y, sobre todo, nada que ver con la cotización de 4 pesos por dólar que estaba vigente todavía a finales de 2007, cuando no había mercado paralelo.

La desconfianza en doña Cristina le ha costado al banco central argentino varios millones de dólares de sus reservas que se han desplomado por debajo de los 30 mil millones de dólares en una corrida que sólo los funcionarios del gobierno argentino fueron incapaces de diagnosticar por aferrarse a mantener la ficción de un peso fuerte. Lo que es peor, como ha sucedido tantas veces en la historia reciente de Argentina, se respira en el aire de Buenos Aires el olor a crisis y bronca.

No ayuda a doña Cristina que luego de la operación para reducir un hematoma craneal, haya otorgado exilios dorados en las embajadas europeas de su país a algunos de sus más cercanos colaboradores. La medida —se argumentó— trataba de sacarlos de Argentina de modo que no intervinieran en la elección de 2015. Y menos ayuda que se sepa poco de las actividades de la presidenta aunque ahora abunden fotografías de doña Cristina en La Habana, con Raúl y Fidel Castro y otros presidentes de América Latina, que —de todos modos— no pueden acallar las dudas sobre su salud y personalidad.

Lo que queda como moraleja de la situación es demoledor. En primer término, es un proceso que apenas inicia. La diferencia entre la cotización oficial y la cotización del “dólar blue” es de más del 30 por ciento y nada indica que las presiones vayan a amainar en el corto plazo; entre otras cosas porque se probó la debilidad de las medidas que doña Cristina impuso en 2012 para impedir la compra de dólares. Más bien, las previsiones apuntan a que la cotización oficial seguirá devaluándose hasta, por lo menos, emparejarse con la del mercado paralelo.

En segundo lugar, la clase política argentina no ha aprendido de sus errores. Lejos de apostarle a construir confianza en las instituciones, le apuesta a proyectos personales o familiares. Pasó con Perón, pasó con Menem y ahora ha pasado con los Kirchner, que no sería difícil que buscaran extender su estancia en la Casa Rosada con alguien que garantizara lealtad absoluta, como la cuñada de la presidenta, la actual secretaria de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, o su hijo Máximo. De ser así, sólo se probaría que la política argentina es un asunto de individuos y familias, y no de instituciones.

Que esto sea así en uno de los países más prósperos de América Latina, sólo confirma que el problema del subdesarrollo no es un asunto sólo económico; al menos no en primera instancia. Es un problema político, de la manera en que se diseñan las instituciones políticas y de la manera en que se comportan los políticos. La familia Kirchner no supo entender esa realidad y, lejos de institucionalizar y despersonalizar la política, la hizo más personal, más emocional y, al hacerlo, lejos de contribuir a restaurar la confianza perdida luego de los años de Menem, la socavaron todavía más.

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2014/812591.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario