domingo, 9 de febrero de 2014

Nuestra crisis de generosidad



Manuel Gómez Granados.

En diciembre de 2013, la Charities Aid Foundation, una institución británica dedicada a ayudar a fundaciones a obtener los recursos necesarios para realizar trabajo filantrópico, publicó la más reciente edición de su World Giving Index, el Índice Mundial de Donaciones (IMD, disponible en https://www.cafonline.org/publications/2013-publications/world-giving-index-2013.aspx). La edición anterior fue en 2010. En ambos casos, el IMD se construye a partir de tres medidas: la disposición a “ayudar a un extraño”, una persona desconocida; la disposición a donar dinero y la disposición a donar tiempo. Se trata de un instrumento construido a partir de la información que la encuestadora global Gallup genera cada año.

A escala mundial, los resultados entre los dos años considerados (2010 y 2013) presentan poca o ninguna variación. Las naciones de habla inglesa tienden a ocupar la parte superior del índice. En América Latina tampoco han ocurrido grandes cambios. Lejos de que sean las naciones más desarrolladas de la región, como Argentina, Uruguay, Brasil o México, las que se muestran más dispuestas a ofrecer ayuda a extraños o a donar tiempo o dinero para actividades altruistas, son las naciones más pobres del continente, como Guatemala u Honduras. No es una regla que se cumpla al pie de la letra, pues Chile y Costa Rica, que se encuentran entre las que mejor califican en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, califican alto en el IMD, mientras que Nicaragua y El Salvador, que son tan pobres como Guatemala u Honduras, califican bajo en el IMD.


En el caso de México, hay algo que resulta interpelante. Lejos de mejorar nuestra disposición a ayudar a otros y contribuir con tiempo o recursos conforme pasa el tiempo, los mexicanos tendemos a estar menos dispuestos a ayudar, a cooperar y colaborar. Es difícil formular un juicio definitivo acerca de lo que ocurre en México en materia de prácticas filantrópicas, pues sólo contamos con los datos del IMD de 2010 y 2013, y los resultados son mixtos.


En 2010, 50 por ciento de la población estaba dispuesto a ayudar a un extraño. En 2013, sólo  38 por ciento lo hizo. Es una pérdida de 12 puntos que no puede considerarse poca cosa. En 2010, una de cada cuatro personas, 25 por ciento, se decía dispuesto a donar dinero; en 2013, sólo 22 por ciento estaba dispuesto a hacerlo; es una pérdida mucho menor, de sólo tres puntos porcentuales. En la categoría de donar tiempo, en 2010, 20 por ciento de la población se decía dispuesto a hacerlo. Para 2013, esa cifra aumentó en cinco por ciento. Con los resultados de 2010 y 2013 lo que resulta para México es lamentable, pues pasamos de un valor de 32 por ciento en el 2010, a uno de 28 por ciento en 2013.


Se trata pues de una situación que no puede ser evaluada del todo. Puede ser una variación temporal que se revertirá en el futuro. Sin embargo, también podría ser una tendencia de más largo plazo, una suerte de síntoma o, quizás incluso, un elemento que pudiera ayudarnos a comprender por qué tantas cosas no funcionan como deberían en México.


¿Por qué, por ejemplo, nos hemos insensibilizado ante los abusos que se cometen en México contra los indígenas? ¿Por qué hemos terminado por creer que la miseria en la que vive cerca de la tercera parte de la población es algo natural? ¿Por qué le negamos ayuda a los emigrantes centroamericanos que pasan por México, en su camino a Estados Unidos? ¿Por qué admitimos que las autoridades no apliquen las leyes contra la trata de menores?


Los datos del IMD nos ofrecen pistas para revisar cómo vivimos la solidaridad.  Las instituciones responsables de la socialización, como las escuelas, las iglesias, los medios, hospitales, tribunales y policías no están cumpliendo con su tarea y eso empieza a notarse en este abandono de las prácticas que dan forma a la solidaridad en su sentido más básico.


El hecho que los países de América Latina con menor o superior grado de desarrollo muestren variaciones tan marcadas en el IMD deja ver que el problema no es está en la pobreza, la riqueza o la cultura. Está en lo que hacen las instituciones, la manera en que forman la conciencia social a sus jóvenes, a sus sociedades y si alientan o no la participación, la cooperación, el altruismo. Chesterton decía que una sociedad se salva por un grupo de hombres capaces de oponerse a sus gustos. El reto no es pequeño: todo indica que nos estamos convirtiendo en una sociedad cada vez más insolidaria.

manuelggranados@gmail.com


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