domingo, 27 de abril de 2014

¿A quién culpará Dilma?




Manuel Gómez Granados.

Estamos a menos de dos meses de que se silbe el inicio del primer partido de la Copa del Mundo de Futbol Brasil 2014 y a poco más de dos años y cinco meses de que se encienda el pebetero con la llama que presidirá la Olimpiada de Río de Janeiro 2016. Esto es importante porque, a diferencia de lo que ha ocurrido en otros países, la organización de estas dos actividades no ha traído los efectos esperados.

Las expectativas, por ejemplo, de que la construcción de los estadios y la infraestructura básica para la celebración de la Copa del Mundo tuviera un efecto de “derrame” o de “dominó” sobre la economía brasileña no se cumplieron. Lo que ha ocurrido es un notable aumento en los precios de casi todos los productos y en la inflación. No es claro, además, si detrás del comportamiento errático de los precios está la voracidad de algunos empresarios o si se trata de un fenómeno más complejo, que refleje la inestabilidad de los precios internacionales de los alimentos. Esta posibilidad resulta difícil de creer dado el carácter proteccionista y cerrado de la economía brasileña que, al menos en principio, tendría que aislarla de ese tipo de movimientos.

No sería la primera vez que ocurre algo así. Grecia, por ejemplo, nunca pudo recuperarse de los efectos perversos que tuvo la organización de las Olimpiadas de 2004, que algunos ven como la causa de la profunda crisis que padece desde 2007. No es difícil imaginar por qué. A diferencia de la experiencia mexicana en 1968, que fue relativamente positiva, como lo había sido para prácticamente todas las naciones que organizaron ese tipo de actos en el siglo XX, los Juegos Olímpicos y la Copa del Mundo entraron desde los ochenta en una dinámica de gigantismo, con exigencias cada vez más absurdas.

No en balde, a mediados de los ochenta del siglo pasado, Colombia debió renunciar a organizar la Copa del Mundo de Futbol de 1986, lo que permitió que México fuese uno de los pocos países que organizó en dos ocasiones ese torneo. Las olimpiadas y la copa se han convertido en actividades muy caras, que plantean exigencias que no siempre son fáciles de cumplir. Es el caso, por ejemplo, del “Carril Olímpico” que debe construirse o habilitarse para que los atletas y organizadores puedan transportarse sin retrasos. Están, por ejemplo, las exigencias para hacer posible la transmisión de los juegos, así como las relativas a la seguridad, y, encima de todo eso, los requisitos en materia de construcción de la llamada Villa Olímpica.

Esa es una de las razones de las tensiones al alza en Río de Janeiro. Miles de personas deben ser desplazadas de viviendas precarias pero ubicadas en lugares estratégicos de esa ciudad. El resultado han sido enfrentamientos que se suman al enojo que provoca el dispendio en la construcción de estadios, que quedarán desiertos al concluir las competencias, así como las alzas recientes al transporte público. No puede perderse de vista lo que ocurre en Venezuela, donde las movilizaciones ya suman más de dos meses y no hay signos de que vayan a desaparecer pronto del horizonte político de ese país.

De ahí la pregunta, ¿a quién culpará doña Dilma de lo que ocurre ahora y en el futuro inmediato? En Venezuela, la reacción ha sido culpar “al Imperio”, esa entelequia tan cómoda a los intereses del chavismo, pero que sólo la aceptan quienes ignoran que, dados los ingresos petroleros y todos los otros recursos naturales que abundan en Venezuela, no hay razón para que haya pobreza o escasez.

El caso de Brasil es similar. Es la novena economía global, pero —como lo hace ver The Economist— Brasil (como México) vive una siesta de 50 años en que no ha aumentado la productividad. A Brasil nadie lo obligó a buscar ser sede de las dos competencias deportivas internacionales más importantes. Nadie lo obligó a asignar los contratos como lo hizo, ni le obligó a generar y tolerar la corrupción que rodea a Petrobras ¿Se excedió Lula al buscar la celebración de la Copa del Mundo y los Olímpicos? ¿Dilma no supo hacer lo necesario para organizarlas? Y algo más, entre la Copa y la Olimpiada, Brasil se sumirá en la dinámica de una elección general. La situación es tan mala para Dilma que se habla del regreso de Lula, ¿ocurrirá? ¿Dilma asumirá su responsabilidad y la de su partido o, como Maduro, culpará “al Imperio”?

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2014/830163.html

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