domingo, 20 de abril de 2014

El laberinto de Maduro


Manuel Gómez Granados.

Hay en la historia reciente de Venezuela una serie de hechos irrefutables: la antigua clase política, la de Rafael Caldera, Jaime Lusinchi y Carlos Andrés Pérez fue tan incapaz como las dictaduras a las que sucedieron. A la IV república, la República de Punto Fijo, la hundieron los mismos males que hundieron a las dictaduras de Marcos Pérez Jiménez o, mucho antes, de Antonio Guzmán Blanco. Las dictaduras militares, lo mismo que los gobiernos democráticos formales, fueron incapaces de usar los vastos recursos naturales, primero el cacao o las maderas, luego el petróleo, para construir instituciones viables. Más bien lo contrario. Militares y civiles, autoritarios y demócratas, de la costa o de los Andes, todos creyeron que la abundancia de recursos garantizaba, por una parte, el progreso o el desarrollo y, sobre todo, que ellos y sus más cercanos colaboradores podían cometer cualquier error, cualquier exceso, pues siempre habría manera de compensarlos. Todo lo opuesto de los países más desarrollados de América Latina, Chile y Uruguay, que son lo que son por su capacidad política para administrar territorios relativamente pequeños, en comparación con sus vecinos.

Pero si las dictaduras y democracias formales se equivocaron al no saber administrar los abundantísimos recursos, las democracias populares, las que han encabezado Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en los últimos 16 años, tampoco han hecho un buen trabajo. Es cierto, los contingentes de personas en pobreza más extrema se redujeron de manera notable y el ingreso se distribuyó de manera más homogénea en los últimos años de vida del coronel Chávez. Esas ganancias ocurrieron, sin embargo, a un costo muy elevado, pues lejos de alentar actividades económicas distintas a la extracción o producción de materias primas, el país se hizo más dependiente de los recursos derivados de la venta de petróleo y, sobre todo, de los créditos de corto plazo.

Lo que es peor, las expectativas de muchos venezolanos de una mejora respecto de la inestabilidad política que se vivió en los últimos años del siglo XX se derrumbó, pues ahora Venezuela es un lugar tan inestable o más que hace 20 años y a ello hay que agregar el delicado problema de la violencia, cuyo impacto es tan poderoso que ha hecho de Caracas una ciudad más cara que Nueva York y al menos tan cara como Tokio, algo absurdo cuando se consideran las diferencias en los salarios, mínimos y promedio, de esas urbes, pero que se comprende cuando se considera que Venezuela importa 50 por ciento de todos sus alimentos y el hecho que la vivienda es escasa y mala. Tan mala, que uno de los decretos más recientes de Maduro anunciaba la decisión de expropiar las viviendas que se hayan alquilado por más de 20 años. La venta no es una posibilidad, es una obligación que—al más puro estilo del chavismo—se debe cumplir so pena de multas o incluso la incautación del inmueble.

Todos esos factores, además del pésimo manejo del tipo de cambio y la inexistencia de políticas de desarrollo, contribuyeron a darle forma a una crisis política que parece no tener final en el corto plazo. Una crisis que acumula muertos, heridos y arrestados por manifestar su oposición al regimen, así como la desazón que se percibe en el ánimo del venezolano promedio. El conflicto, que en medio de una polémica internacional tiene entre los detenidos al dirigente opositor Leopoldo López, parece no tener un final claro a la vista. A pesar de ello, la Santa Sede aceptó ser medidora. A esa mediación contribuyó que el nuevo secretario de Estado del papa Francisco sea Pietro Parolin, antiguo nuncio apostólico en Caracas, quien conoce Venezuela como pocos.

El conocimiento que tiene del terreno implica un riesgo monumental para Parolin y Francisco. No es difícil intuir las razones. Es uno de esos escenarios en el que es imposible quedar bien. Venezuela tiene una larga historia de anti-clericalismo, que resucita de cuando en cuando; especialmente en épocas de crisis. No es que sea imposible, pero para que la mediación sea exitosa y se eviten acusaciones gratuitas contra Parolin y el Vaticano, se antoja necesaria la presencia de un co-mediador, quizás de algún socialista francés, alemán o italiano, a quien el aparato de propaganda de Venezuela no pueda acusar de “fascista”, un adjetivo que Maduro, Diosdado Cabello y el resto de la dirigencia venezolana suelen lanzar contra quienes disienten de ellos, y que tenga también la suficiente credibilidad como para que la negociación sirva para impulsar—ahora sí— la paz, la democracia y el desarrollo económico venezolano.

manuelggranados@gmail.com

Enlace: http://www.cronica.com.mx/notas/2014/828956.html

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