domingo, 4 de mayo de 2014

La palabra clave


Manuel Gómez Granados.

Existe, para quien quiera encontrarla, una palabra clave que recorre las redes sociales, las discusiones académicas y de diseño de políticas públicas: desigualdad. Es una palabra incómoda para quienes se acostumbraron a creer que primero había que crecer y la distribución se nos daría por añadidura, sin intervenir, ni preocuparnos; como un don.

La realidad demostró que no ocurre así. Ya desde mediados de la década pasada, cuando estalló la crisis global de la que todavía no salimos, algo quedó claro: con o sin crisis, la riqueza del uno por ciento de personas que concentra el grueso del ingreso a escala global, aumentaba. No importaba si empresas como AIG o Lehman Brothers caían como castillos de naipes, si General Motors necesitaba ayuda para evitar la quiebra o si ciudades enteras, como Detroit, tenían que declararse en bancarrota. Sin importar qué ocurra, el uno por ciento más rico continúa acumulando el grueso del ingreso global e incluso aumentó la proporción del ingreso que acumularon.

La palabra se empezó a pronunciar en las protestas de Occupy en Estados Unidos y los Indignados en Europa y, desde ahí, detonó una preocupación que ahora se refleja en estudios que enfatizan el carácter perverso del modelo de desarrollo global, pero que se agrava en casos como el mexicano donde es muy claro que existe lo que los expertos llaman un “Estado rehén,” de los intereses de grupos que, como con la ley de telecomunicaciones, buscan imponer sus intereses o sabotear la posibilidad de que se les regule.

Uno de esos estudios fue el que, en de enero de 2014, publicó la Oxfam que llamaba la atención del Foro Económico Mundial de Davos. El documento Gobernar para las elites (disponible en http://bit.ly/1aNaxVE) resume de manera demoledora las desigualdades a escala global: 83 personas concentran la riqueza equivalente a la de las tres mil millones de personas más pobres del mundo.

Más recientemente, el 30 de abril de este año, la OCDE hizo público un breve reporte (disponible en www.oecd.org/social/inequality.htm) sobre los efectos de la concentración del ingreso tanto en países miembros, como no miembros, de esa organización. El reporte no es una ocurrencia; continúa reflexiones de la OCDE sobre la necesidad de mejorar los sistemas de recaudación de impuestos de manera que quienes más acumulan efectivamente paguen más.

Y se puede encontrar un argumento similar en un best-seller: Capital en el siglo XXI, es un libro de más de 900 páginas escrito por Thomas Picketty, profesor de la Ecole d’Economie de París, especialista en desigualdad, que se ha convertido en una “estrella de rock de la economía”, pues además de las ventas masivas recibió elogios de distintos premios Nóbel que ven en su obra una solución a los problemas que enfrenta la economía global. Su receta es simple, es lógica, pero el uno por ciento la ve con desconfianza: quienes más tienen deben contribuir más.

No es que se olviden problemas como la corrupción o el dispendio. Pero incluso en los países en los que esos males son un fenómeno muy aislado, como Alemania o las cinco economías de Escandinavia, la concentración del ingreso es un problema grave y creciente.

La discusión también ocurre en México. El 29 de abril, el Consejo Nacional para la Evaluación de las Políticas Sociales, el Coneval, público un informe sobre la pobreza entre los niños: uno de cada dos niños, la mitad de todos los menores de 17 años son pobres (disponible en http://www.coneval.gob.mx/Informes). Y peor: la democracia, la alternancia que llegó con los gobiernos del PAN y de otros partidos en los estados y municipios, no resolvió el problema; es ya un oprobio al que todos los partidos han contribuido.

Una de las voces más activas en señalar los males que provoca la concentración del ingreso, la desigualdad, ha sido el papa Francisco. Él no ha perdido oportunidad para decir, en sus intervenciones en público, en documentos como La alegría del Evangelio (disponible en http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/index.html), o en Twitter que “la desigualdad es la causa de todos los males sociales”, frase que cuando la publicó el Papa en su cuenta de Twitter el 28 de abril de este año recibió más de 35 mil retuits y favoritos.

Y es inevitable preguntar, si existe este consenso acerca de la necesidad de cambiar el modelo a partir del cual opera la economía global, ¿por qué resulta tan difícil cambiarlo? ¿Será que la codicia del uno por ciento puede más que las razones y la capacidad de la sociedad para organizarse?



No hay comentarios:

Publicar un comentario