domingo, 18 de mayo de 2014

Tamaulipas, ¿hasta cuándo?


Manuel Gómez Granados.

Tamaulipas vuelve a ocupar los principales espacios y tiempos de los medios de comunicación. Varias marchas, unas con más, otras con menos vecinos de las distintas ciudades de ese estado, enviaron un mensaje claro y sencillo: “queremos paz”…

El gobierno federal acertó al reconocer la gravedad de la situación. Eso es muy bueno, pero la respuesta que ofreció no difiere de otras respuestas a la violencia en Tamaulipas y otros estados: más tropas federales, mando único federal de las policías locales y más ministerios públicos federales. Es el inevitable cabestrillo luego de que alguien se rompe un brazo. Qué bueno que se reconozca la gravedad de la situación, pero eso no basta para resolver el complicado problema.

En Ciudad Juárez, donde hace unos años se vivía una situación similar, se tuvo que aceptar que la presencia de más policías o tropas federales, por sí misma, no resuelve problemas tan complejos, que tienen que ver con el fracaso del modelo de desarrollo orientado a las exportaciones con el que México se comprometió en los noventa. No es que el Tratado de Libre Comercio haya sido un error. El Tratado y el énfasis dado a la exportación es una de muchas posibles políticas y sería absurdo que México no se beneficiara de la cercanía con Estados Unidos. Pero la cercanía geográfica, con o sin TLC, no puede resolver problemas estructurales como la falta de empleos en el sector industrial, que permitan que las familias obtengan algún salario. Esta ausencia es más grave, pues México no invirtió, como hizo China, en la construcción de grandes parques industriales, y es peor porque EU no consume como lo hacía hace 20 años, por lo que —para decirlo coloquialmente— nos quedamos sin cliente.

A pesar de ello, se ha logrado reducir la violencia en Ciudad Juárez gracias a programas orientados a reconstruir el tejido social y restaurar la confianza entre los vecinos, que incluyen —por ejemplo— la producción local de alimentos. Eso implica la transformación de espacios que, de otro modo, serían desérticos. Tamaulipas tiene la ventaja, en cambio, de ser, en su gran mayoría, un estado fértil que, todavía en 2009, era líder productor de sorgo, entre otros granos. La violencia terminó con esa productividad y ahora ya se calculan apoyos de la Cruzada Nacional contra el Hambre, lo que quizás sea bueno si se trata de una intervención temporal pero resulta preocupante si se impone la lógica de control electoral de ese tipo de programas, en momentos en que Tamaulipas se prepara a realizar elecciones locales y federales en 2015.

Parte del problema con la más reciente intervención es que aunque la Federación puede ayudar, por ejemplo, con mayor presencia de la Procuraduría General de la República, hay delitos del fuero común que requieren que el gobierno estatal reconozca que ha sido omiso, por la corrupción de muchos funcionarios en materia de seguridad y procuración de justicia. Al mismo tiempo, los tamaulipecos deben evitar engañarse. Es cierto, Los Zetas llegaron de fuera y eso explica parte del problema. Sin embargo, así como en Michoacán la violencia se nutrió de la sed de dinero fácil de quienes creían que no eran vulnerables, también en Tamaulipas hubo ciudadanos y autoridades que se prestaron a ser cómplices, pasivos o activos, de los criminales. Parece que los Jesús Reyna abundan. La pacificación no es algo que se pueda imponer “desde fuera” a una población pasiva, implica que los ciudadanos reconozcan en qué se equivocaron que los llevó a la pesadilla que ha vivido Tamaulipas y decidan cambiar para vivir en paz.

manuelggranados@gmail.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario