jueves, 12 de junio de 2014

Eficacia contra eficiencia, ¿el dilema de la lucha contra la pobreza?



Fernando López Anaya.

En el mundo de la planeación estratégica y de los procesos de gestión de las organizaciones, es común hablar de dos términos básicos para alcanzar objetivos específicos según los intereses de las agrupaciones y su ámbito: la eficacia y la eficiencia. La eficacia se entiende como la relación que existe entre las actividades planificadas y los resultados que se obtienen de esas actividades. Por otro lado, la eficiencia se refiere a la relación entre el resultado alcanzado y los recursos utilizados.

El ideal de la gestión es que tanto eficiencia como eficacia vayan de la mano como dos eslabones que se complementan y se superan mutuamente en una relación de tensión, a esto le llaman calidad, pero en realidad, hablar de calidad es coquetear con el mundo de lo abstracto, que puede resultar complicado de aterrizar en lo cotidiano de todo proceso de gestión. Incluso, la eficiencia y la eficacia son dos lógicas que pueden responder a intereses distintos.

En el binomio eficacia-eficiencia conviven posiciones punitivas; por ejemplo, como la que pueden tener los partidarios de la eficiencia al decir: “No se puede pensar en que hay que lograr resultados cueste lo que cueste", en contra de los adeptos a la eficacia cuando declaran: “Debemos hacer que las cosas sucedan”. 

Sin embargo, lo que no se puede eludir es que en toda iniciativa programada y planeada que busca mitigar, acotar y/o erradicar la pobreza de manera focalizada, no se discutan los objetivos específicos, las formas y los recursos para lograr el cometido. La discusión sobre la formulación de objetivos de una iniciativa tiene repercusiones en el grado de productividad o en el grado de consumo de los beneficiarios de un proyecto, de tal manera que se puede establecer una relación de “simbiosis” o de “huésped-parásito” entre los beneficiarios y la organización que tenga funciones de agencia de desarrollo.

Algunas acciones ordenadas e implementadas según parámetros de calidad pueden solucionar la situación de emergencia de la población pobre a través de incentivos al consumo; pero por otro lado, también están aquellas acciones que hacen de los beneficiarios de un proyecto gente más productiva y menos dependiente de incentivos al consumo. Lo ideal es que elevemos la productividad de la gente pobre, pero esta meta tiene elementos que pueden contravenir principios de la eficiencia como aquella que dice: “lo que no se mide no se mejora”. El ingrediente que puede detonar la productividad de los beneficiarios y que no se puede medir es aquello que hace que la gente experimente un cambio de mentalidad, y que repercute en su cultura, su visión del mundo y sus actitudes. 

¿Cómo se le llama a aquello que hace que la gente cambie de mentalidad? No lo sabemos. Muchos alcohólicos cambiaron sus hábitos de consumo de alcohol y se hicieron responsables de su propia vida al tener una mirada diferente de la religión, a otros los cambia cierto fanatismo por una ideología, a otros la indignación y el sufrimiento, a otros tantos una experiencia y hasta una película de motivación personal. Nadie sabe con exactitud lo que se necesita para que cada individuo, en su infinita subjetividad, cambie de mentalidad y descubra motivos suficientes para emprender el camino de la productividad.

Lo que sí es cierto, es que satisfacer e incentivar el consumo de los pobres se acomoda más a un ejercicio eficiente del presupuesto, incluso aumentarlo y controlarlo mejor, pero poco garantiza aquel elemento absolutamente subjetivo que hace que los beneficiarios del presupuesto cambien de mentalidad y dejen de ser dependientes de la ayuda asistencial.

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