domingo, 1 de junio de 2014

Europa, ¿a la deriva?


Manuel Gómez Granados.

La semana pasada tuvieron lugar las elecciones para el Parlamento Europeo, una de las estructuras que Europa ha construido en los últimos 60 años como parte de sus esfuerzos para que las experiencias de la I y II guerras mundiales no se repitan. Tristemente, los resultados de las elecciones parecen decir que Europa no ha aprendido y ha optado por castigar a sus dirigentes dándole un desafortunado mandato a lo más reaccionario: partidos xenófobos o nacionalistas como en Francia, Holanda y Dinamarca, o partidos de extrema derecha filonazi como Grecia, Hungría o Alemania, partidos de izquierda radical o extrema izquierda como en Grecia y España, partidos independentistas como en España o Bélgica. ¿Es así?

Es difícil dar una respuesta contundente. En primer lugar, el Parlamento Europeo es sólo una de siete distintas instituciones que regulan la vida de Europa y, aunque aumentó sus competencias en los últimos 40 años, los parlamentos nacionales conservan mucho de su poder, así que las elecciones europeas no sustituyen a las elecciones nacionales, más bien las complementan, de modo que dichas elecciones sirven para castigar la ineptitud de los políticos nacionales. Además, en los temas que le competen directamente a esa institución, se debe agregar lo que decide el Consejo Europeo —integrado por un representante de cada uno de los países—, que varía según el tema. Su poder es tal que se le considera el equivalente del Senado de las instituciones europeas, pues contrapesa cualquier posible exceso del Europarlamento.

Otro factor es que el Parlamento Europeo funciona de tal manera que, —a diferencia de los gobiernos de cada uno de los Estados miembros, en los que los partidos forman directamente al gobierno—, prevalece la llamada “gran coalición”, es decir, un acuerdo muy amplio entre los partidos populares/conservadores y socialistas/laboristas. Esa “gran coalición” conserva, incluso luego de la “debacle” de 2014, una mayoría relativamente cómoda.

Hay un cuarto factor que debe considerarse también: la tasa de participación en las elecciones europeas tiende a ser muy baja. Sólo dos países de Europa consideran obligatorio votar en las elecciones europeas (Bélgica y Luxemburgo) y hay países, como la República Eslovaca, en los que la tasa de participación es de 20 por ciento. En el resto del continente, la participación ha pasado de 62 por ciento en los 1970 a 43 por ciento en las dos elecciones más recientes (2009 y 2014). En ese sentido, aunque los resultados de esta elección impactarán a la crisis económica europea, no moviliza a la mayoría de los europeos.

Por ello, resulta difícil aceptar que la elección del Parlamento Europeo sea una catástrofe. Ello no implica que se pueda desestimar el voto de castigo dado por los europeos. Hay un peligro claro en que el Frente Nacional francés de Jean Marie Le Pen haya ganado la mayoría de los votos franceses, como resulta preocupante que los neonazis de Alemania y Grecia hayan logrado enviar representantes a Bruselas.

Hay un claro hartazgo con el estado de cosas que sirve muy bien a oportunistas y extremistas, pero los gobiernos de Alemania, Francia y Gran Bretaña tienen la capacidad para realizar ajustes que dejen en claro que son capaces de escuchar a sus electores, que alivien la crisis en sociedades más débiles y que envíen un claro mensaje a Moscú, el verdadero gran peligro para Europa hoy, de que el futuro no es el retorno al imperialismo. El futuro implica incrementar su relación con la ciudadanía, luchar contra la corrupción, afrontar los grandes desafíos sobre inmigración, demografía, y una constante expansión de las nociones de libertad, de responsabilidad y de derechos.


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