domingo, 13 de julio de 2014

Futbol y desarrollo

Manuel Gómez Granados.

Este domingo la atención del mundo donde se practica el futbol se centrará en el resultado del partido Alemania—Argentina. Más allá de las incidencias que explican cómo llegaron a Maracaná a disputarlo, es posible observar qué representan esos dos equipos en términos de organización de la vida pública, promoción del desarrollo, y los vínculos que se pueden establecer entre el deporte y otros ámbitos de la vida pública, como la educación o la salud.

Esto es importante no sólo por lo que el deporte puede representar. Lo es también porque, muy frecuentemente, se les presenta a los políticos la tentación de crear, gracias al deporte, atajos para el desarrollo. Los casos de los países de la antigua cortina de hierro fueron emblemáticos: la antigua República Democrática Alemana, incapaz de igualar a la otra Alemania, la República Federal, destinó muchos de sus recursos a los programas de desarrollo de atletas de alto rendimiento, como lo hicieron la antigua Checoslovaquia o países más pobres, como Bulgaria con la halterofilia y Rumania y su equipo de gimnasia femenil, que ganaba medallas y servía para satisfacer los deseos de la familia Ceausescu. Todos estos programas eran el reflejo de los que desde Moscú impulsaba el régimen soviético y se replicaron en Cuba y China. Uno podría ir más atrás, a la historia del régimen nazi. Sin olvidar que no todo el abuso del deporte ocurrió en los países socialistas. Está presente también en las economías de mercado. Tanto, que por lo menos en dos ocasiones en el último año, el papa Francisco ha llamado a no explotar a los atletas, a evitar la discriminación en todas sus formas y a evitar que la avaricia determine los resultados deportivos. Incluso podríamos encontrar casos en que el deporte sirvió para sanar, al menos parcialmente, algunas heridas, como en la Sudáfrica de Nelson Mandela con el rugby.

Al observar la magnificencia del espectáculo deportivo existen, sin embargo, acotaciones que uno no puede evitar formular. En el caso alemán es digno de celebrarse que el éxito deportivo refleje cabalmente el alto grado de desarrollo observado en otros ámbitos de la vida pública. Alemania es uno de los equipos mejor integrados porque tiene un sistema educativo de primera, es una de las naciones con menor proporción de jóvenes nini (apenas uno de cada diez), tiene un sistema de salud envidiable, e incluso su liga de futbol vive en la mesura y el equilibrio. Existen topes salariales y sus atletas —como norma— no evaden impuestos y cuando los evaden, como en el caso de Franz Beckenbauer, son castigados.

Del lado argentino la situación es la opuesta. En la medida que Argentina ha ganado campeonatos mundiales (1978 y 1986), su desempeño educativo ha empeorado. Basta ver sus resultados en la prueba PISA que hablan de la decadencia del que fue el mejor sistema educativo de América Latina. No sólo eso. Su liga, la Asociación de Futbol Argentino, la AFA, debió de ser rescatada por el gobierno por medio del programa Futbol Para Todos. Que una liga exitosa, que vende decenas de jugadores al extranjero, haya requerido un subsidio de mil 300 millones de dólares habla de cómo, en el futbol, se repiten los errores que marcan a Argentina en otros ámbitos de la vida pública: desperdicio de recursos, mala administración, proyectos faraónicos que no logran sus objetivos y la dolorosa realidad de tres de cada diez jóvenes en la condición nini. El deporte es también un tema ideológico-político.

Que gane el mejor en la cancha, aunque es claro que en otros ámbitos ya sabemos quién gana.

manuelggranados@gmail.


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