domingo, 31 de agosto de 2014

Infraestructura y desarrollo rural

Manuel Gómez Granados .

Un factor clave, que explica algunos de los más graves problemas que enfrentamos como país en las áreas de seguridad pública y desarrollo económico tiene que ver con la existencia de amplias extensiones del territorio de difícil acceso, con una orografía muy accidentada, mal comunicadas y con muy mala infraestructura de transporte. Estas condiciones facilitan la existencia de cacicazgos y otras formas de organización política autoritaria que, a su vez, favorecen la existencia y operación de los cárteles del crimen organizado.

El mejor ejemplo de ello es Michoacán. A pesar de la relativa cercanía y buenas carreteras que conectan a Morelia con varias de las más grandes zonas metropolitanas de México (Ciudad de México, Toluca, Guadalajara, Puebla, León y Querétaro), la infraestructura de transporte en Michoacán es mala. Es fácil llegar de Morelia a Uruapan, Zamora y Pátzcuaro y algunas otras poblaciones de la Meseta Tarasca, pero bajar de Uruapan a la Tierra Caliente (Tacámbaro, Apatzingán o Lázaro Cárdenas) ha sido difícil y peligroso desde siempre. Ni siquiera el impulso que trajo consigo la construcción de la siderúrgica Lázaro Cárdenas o las 10 presas que existen en ese estado, sirvieron para resolver el problema. No es de sorprender que en un territorio así, haya dado vida al fenómeno de violencia y corrupción que ha conocido en los últimos diez años Michoacán.

En otros estados, la situación es similar. Viajar del DF a Acapulco, Chilpancingo y Taxco es fácil, aunque brutalmente caro dados los costos de ese monumento a la ineptitud conocido como Autopista del Sol; pero viajar de Acapulco a Zihuatanejo ya no es tan fácil y menos lo es tratar de ir, por carretera, de Zihuatanejo a Lázaro Cárdenas, Michoacán, o de Acapulco a la costa de Oaxaca.

En Oaxaca la situación es similar en términos de transporte: es caro, difícil, peligroso y, salvo la supercarretera que conecta a Tehuacán, Puebla, con Oaxaca y algunos tramos en el istmo de Tehuantepec, es claro que se necesitan mejores carreteras que, ya existen en papel, pero que no logran concretarse.

En Chiapas, ocurre una paradoja, pues a pesar de ser el estado de la costa sureste del Pacífico más alejado de la capital del país, el temor que generó el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, hizo que se integraran tramos de carretera que facilitaran el transporte (tropas y pertrechos militares incluidos) a Chiapas, al mismo tiempo que se terminó con el aislamiento de Los Altos con la supercarretera que ahora conecta a Tuxtla Gutiérrez con San Cristóbal de Las Casas.

No es difícil ver las ventajas que ha conseguido Chiapas con esas obras de infraestructura. San Cristóbal tiene ahora tantos cuartos de hotel como Zihuatanejo. Las preguntas son, ¿por qué no se ha hecho algo parecido entre Lázaro Cárdenas y Morelia, entre Apatzingán y Morelia, por una parte, y entre Apatzingán y Guadalajara o por lo menos con Ciudad Guzmán, Jalisco? ¿Por qué no se da una solución definitiva al transporte entre el DF y Acapulco y el resto del estado de Guerrero que sepulte los errores cometidos en la Autopista del Sol?

Mucha de la violencia y el subdesarrollo que padece México en el sureste y en estados del norte como Sinaloa, Durango, Coahuila y Chihuahua, tiene su origen en el aislamiento y la mala infraestructura de transporte. Ahora que el segundo informe de Gobierno de Enrique Peña celebrará la nueva abundancia petrolera, convendría preguntar si convienen las carreteras o si sería preferible regresar al uso de ferrocarriles como medios principales de transporte de carga y pasaje.

manuelggranados@gmail.com

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