lunes, 22 de septiembre de 2014

Filosofía de la buena alimentación





Son muchas las filosofías alrededor de nuestra forma de alimentarnos, que optan y aconsejan el crudivorismo.

Una de ellas, el Higienismo (que significa “el arte de vivir”) es una forma de vida basada fundamentalmente en fortalecer al cuerpo a través de los medios naturales, (su pionero investigador fue Sebastián Kneipp, sacerdote alemán que la dio a conocer con sus famosas curas de hidroterapia).

Esta opción de alimentarse lleva a la práctica la máxima de que debemos consumir lo que el cuerpo necesita, y no lo que la mente desea. El concepto de alimentación propuesto por los higienistas, en su base, es despedirnos para siempre de las harinas blancas, el azúcar, el arroz blanco y la sal.

El Higienismo, a diferencia del vegetarianismo, no sustituye las proteínas de la carne por proteínas vegetales, sino que elige su alimentación de una manera combinada, para que el cuerpo produzca sus propias proteínas. Y aunque tampoco comen carne, su importancia radica en abordar las compatibilidades e incompatibilidades de los alimentos. Existe un higienismo frugal que practica la simplicidad en la alimentación como la forma natural de nuestros orígenes, entendiendo que nuestra naturaleza es frugívora, y que esto da como resultado unos beneficios en la salud. El objetivo principal de esta vertiente higienista es no medicarse alopáticamente.

A este respecto existen muchos testimonios de personas que cambiando su alimentación de forma radical, dejaron el uso de medicinas, principalmente los antihistamínicos.

Las personas vegetarianas practican un amplio abanico de posibilidades alimenticias, con una gran variedad de opiniones y debates al respecto, entre ellas, la del crudivorismo. En realidad tienen un sólo factor en común que es el de no consumir carne animal. A este respecto se amplían las informaciones con los ovolácteos vegetarianos. Ellos consideran que una alimentación exclusivamente vegetal, lleva implícitas carencias de proteínas, y consumen huevos, leche y sus derivados. Entre los vegetarianos los hay crudívoros, y los que comen tanto crudo como cocinado.

El veganismo por el contrario, no consume ningún tipo de derivados de productos animales, pero además lo llevan a una práctica más amplia de experiencia y filosofía de vida, ya que tampoco usan prendas cuyos tejidos sean de procedencia animal como por ejemplo, la lana.

Otra opción que podemos escoger a la hora de alimentarnos, es la Macrobiótica. Esta alimentación está inspirada en la medicina china y el budismo zen. Su filosofía está basada en los principios ying (femenino, frío, oscuro) y yang (masculino, calor y luminoso). Estos conceptos están presentes en toda la naturaleza. Según la macrobiótica, el equilibrio entre estos dos principios, hace que el estado de salud se mantenga, y esto se consigue a través de la alimentación, dependiendo incluso nuestros estados de ánimo y salud emocional, de los alimentos que ingerimos.

La diferencia fundamental entre los vegetarianos y los macrobióticos es que estos últimos ingieren carne de pescado dos veces en semana, y ante compromisos sociales y como casos excepcionales, ingieren carne de pollo o de pavo. Las personas macrobióticas no comen productos cosechados con pesticidas químicos, y normalmente cocinan todos sus alimentos. Pero no existe un prototípico de persona que se alimente bajo esta filosofía, ya que este conocimiento mantiene que cada uno debe encontrar su macrobiótica. Así, pueden existir tantas formas de alimentarse como caracteres humanos.

Los expertos partidarios de la cocción en los alimentos dicen que hay que equilibrar los nutrientes que se pierden en el proceso con la opción de hacernos una alimentación atractiva, gustosa y variada. Que existen riesgos en comer algunos alimentos crudos, como por ejemplo, los huevos, donde se puede enfermar de salmonelosis.

Por el contrario, los expertos en contra de los fogones informan de las muchas modificaciones que sufren los alimentos cuando se someten al calor (cocción, evaporación, pasteurización, escaldado, microondas, aceite caliente, horneado o asado) siendo las dos más importantes la inactivación de sus enzimas (lo que provoca que tengamos digestiones lentas). Y la destrucción de vitaminas tan importantes como la riboflavina o el ácido fólico. Y los aceites calientes cuando freímos, hace que sufran oxidaciones que potencian el colesterol.

En la actualidad y en un proceso continuado por alimentarnos sana y conscientemente, se investiga hacia soluciones prácticas para llevarlas a cabo en nuestras realidades. Así, por ejemplo, Kerry Torren, terapeuta nutricional, nos dice que los vegetales y la fruta cruda es una opción saludable, pero que existe una gama de vegetales capaces de ofrecer más beneficios para la salud cuando se han cocinado.

Entre ellos menciona los espárragos, los tomates y las zanahorias. Estos alimentos pierden partes de sus vitaminas, pero nuestro organismo obtiene mejor con la cocción antioxidantes protectores. No así con el brócoli, el ajo o el berro, que es aconsejable echarlo al final de la cocción (en el caso del ajo) o comerlos crudos, ya que cocinados reducen los beneficios de sus sustancias benefactoras para nuestra salud.

Kenn resume que ni chicha ni limoná, sino un equilibrio: que disfrutemos del crudivorismo para beneficiarnos de la fuente esencial de vitamina C y de las candelas cuando queramos subir nuestras reservas de antioxidantes protectores.

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