domingo, 7 de septiembre de 2014

La crisis en Irak


Manuel Gómez Granados.

Cuando George W. Bush invadió Irak el 20 de marzo de 2003, sus más íntimos en Washington, DC, creyeron que bastaba una intervención militar que depusiera a Saddam Hussein para resolver los problemas de seguridad en el Medio Oriente. Era, una vez más, “la guerra para terminar con las guerras”; para evitar, se dijo, que se propagara el terrorismo islámico que era el gran enemigo de Occidente. Los años han demostrado que para justificar la intervención militar, EU mintió; inventó aquellas “armas de destrucción masiva” que sólo sirvieron como “armas de distracción masiva” para lograr la reelección de Bush en 2004, pero no logró sus otros objetivos. Acaso acabó con los ataques iraquíes sobre la minoría kurda, pero esa minoría está muy lejos de crear un Estado propio, pues sería suicida quitar territorio y desestabilizar a Turquía, uno de los pocos estados estables en la región, que sería la única forma de crear Kurdistán.


Algo similar se dijo de otros estados de Medio Oriente con malas prácticas en materia de derechos humanos: Siria, Libia, Egipto, Sudán, Yemen y Bahréin, estaban en la lista de las naciones de mayoría musulmana que se beneficiarían —en el contexto de la Primavera Árabe— por cambios de régimen. La realidad resultó más complicada. En Siria se ha generado una situación tan inestable como peligrosa. Egipto ha transitado más de una ocasión de la esperanza al desencanto y en el caso de Libia con Moamar Khadafi, como en el de Irak con Hussein, la desaparición del dictador no trajo mejoras ni en las condiciones materiales de vida, ni en el respeto a los derechos humanos.

Lo que quedó en Irak ha sido una situación que está fuera de control no sólo por la corrupción del actual gobierno iraquí, una verdadera entelequia, incapaz de controlar siquiera las armas que EU le entregó a lo largo de poco más de 8 años de ocupación. Además, se generaron las condiciones idóneas para que apareciera el Estado Islámico, una coalición de guerrilleros, algunos de ellos veteranos de varios de los conflictos que han afectado a Medio Oriente desde finales de los ochenta del siglo pasado, que —sin embargo— han logrado convencer a poco más de dos millares de europeos, canadienses, australianos e incluso estadunidenses de convertirse al Islam. Lo preocupante es que algunos se suman a una carnicería contra las minorías religiosas de la región. Esta realidad, de por sí frágil, se agrava por la violencia que induce, por razones electorales, Likud, el partido en el gobierno en Israel en la actualidad que, en repetidas ocasiones en los últimos diez años, ha usado el temor objetivo a posibles agresiones de Hamas, para hacer cada vez más difícil construir algún modelo de paz para el Medio Oriente.

Y lo más grave es que son las minorías religiosas, especialmente las distintas denominaciones cristianas en la región, las que más sufren por la demencial violencia. Es comprensible que Barack Obama no desee arriesgar el capital político que le queda en una nueva intervención militar que, como la de 2003, no tiene modo de ganar en el corto plazo. El pasado viernes 5 de septiembre, la OTAN aprobó una intervención que ampliará la ayuda militar a los kurdos y el bombardeo contra el Estado Islámico, pero que no llevará tropas de EU u OTAN. Muchos países de Europa tienen largas historias de fracasos coloniales en esa región, pero ¿no hay maneras de utilizar la fuerza militar que no impliquen la ocupación colonial y proteja a cristianos, kurdos, yazedíes y otras minorías que no pueden defenderse?

manuelggranados@gmail.com



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