sábado, 25 de octubre de 2014

Iglesia de misericordia


Manuel Gómez Granados.

Durante dos semanas, cerca de 200 obispos, teólogos, expertos, y laicos de distintos países se reunieron en Roma para celebrar la primera parte del Sínodo de la Familia, convocado por el papa Francisco. Se trató de un evento especial por la manera como se organizó la discusión y por la forma en que las conferencias nacionales o regionales de obispos procesarán el documento que se generó al final de esta etapa del sínodo.

Lo más notable de la discusión fue que el Papa, en lugar de hablar al inicio —lo que hubiera guiado el desarrollo del debate— habló al final. Además, en el breve mensaje inicial hizo un llamado a los participantes para que hablaran con parresía, es decir, que hablaran libremente, con valentía, sin tratar de quedar bien o seguir alguna línea. Y eso fue lo que ocurrió.

El resultado es que, por primera vez en muchas décadas, fue posible observar algo distinto a la supuesta unanimidad de otras reuniones similares. Sería infantil creer, como algunos insinúan, que antes de 2014 no había diferencias entre obispos, entre fieles y obispos y entre los fieles mismos. Nos acostumbramos demasiado a la idea, cómoda, pero falsa, de que todos los católicos pensamos igual y de que todos los católicos aceptan sin chistar lo que digan los obispos o el Papa mismo. El sínodo demostró que no es así. Sin embargo, a despecho de los que hubieran querido que el sínodo siguiera ese patrón de supuesta unanimidad, también demostró que la Iglesia es una realidad viva, cambiante, cuyas preocupaciones no se limitan sólo al apego formal a normas rígidas, que muchas veces lastiman a los más necesitados. En realidad la Iglesia es una comunidad siempre necesitada de reforma (Ecclesia semper reformanda).

Los obispos comparten con el Papa y la inmensa mayoría de fieles la preocupación por practicar la misericordia como expresión de la fe en Cristo. Eso quedó claro en los votos de cada uno de los párrafos del documento final del sínodo y en un número abrumador de estudios de opinión de distintos países del mundo. Y lo más importante, los resultados de las votaciones en cada uno de los párrafos del documento deja ver que los obispos participantes en el sínodo tienen claro que la misericordia empieza en casa con los que más la necesitan.

El Papa no intentó, como algunos de buena o mala fe insinuaron, cambiar la doctrina de la Iglesia. Eso no lo podría hacer un sínodo. La preocupación del Papa es encontrar formas más eficaces de aplicar y promover el mejor conocimiento del Evangelio, de manera que la aplicación de la doctrina no se convierta en un obstáculo, y que la Iglesia sea un suelo fértil para la construcción de comunidades que vivan la fe en Cristo, practiquen la caridad y vivan con la activa esperanza de que las cosas pueden ser mejores, desde aquí y ahora.

Al evaluar el resultado de esta primera parte del sínodo es importante que tengamos en claro que, desde la convocatoria, se sabía que sería una actividad con reglas nuevas, distintas, orientadas a reducir la distancia que existe entre lo que los documentos oficiales de la Iglesia dicen y lo que los católicos hacen en su vida cotidiana.

Algunos creen que es un error; temían que se pusiera a votación la doctrina. Pierden de vista que si el Papa hubiera deseado hacer eso, hubiera podido recurrir a otros medios. Su preocupación ha sido, desde el primer día de su pontificado, sacar a la Iglesia de la autoreferencialidad, para que cumpla la misión que su fundador le encomendó.

*Analista


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